CAPITULO 9
Atravesé la oxidada verja que cercaba aquel manicomio donde sus locos ocupantes vagaban sin ningún tipo de sujeción y me adentré en el hediondo y tenebroso agujero mal ventilado que era mi hogar.
Cuando me disponía a subir las escaleras, una especie de mastodonte alto como una montaña trotó haciendo temblar todos los escalones por su desmesurado peso, atropellándome en su cobarde huida sin ni siquiera mirar atrás. Me costó un gran esfuerzo no perder el equilibrio después de semejante embestida, aquella mala bestia parecía estar poseída por el mismísmo diablo.
A penas pude apreciar su joven rostro descompuesto que buscaba freneticamente una salida como si la casa estuviera siendo desbastada por las llamas. Pero su fuerte olor corporal y sus oscuros ropajes, que usaba para camuflarse entre las tinieblas de su alma, no se borrarían tan fácilmente de mi memoria.
Deduje que aquel gigante de brazos largos y desproporcionados, sería uno de los dos inquilinos que aún me quedaban por conocer. El melancólico Franklyn, la embriagada Julia, el depravado David y en penúltimo lugar, un perturbado de nombre desconocido y dotado con una fuerza sobrenatural.
Sentí tal desasosiego que me costaba respirar. Pensé en mi madre y me arrepentí profundamente de no haberme despedido de ella. Indagué esperanzada en mi bolsillo en busca de mi medicación e inhalé dejando reposar aquellos milagrosos polvos en el interior de mis pulmones. Expulsé paulatinamente el aire experimentando una gran mejoría que me permitió tomar aire con normalidad.
Los nervios no beneficiaban en absoluto a mi enfermedad respiratoria pero las penosas y vacias existencias de los inquilinos de aquella casa no dejarían impasible a nadie. Todos y cada uno de ellos habían llegado allí arrastrados por un destino inapelable del que no pudieron escapar. Soñadores desilusionados, corazones consumidos y mentes atrofiadas que ya no regían con normalidad compartían las mismas cuatro paredes aparentemente en paz. Sacudí mi cabeza enérgicamente intentando expeler aquellos pensamientos y avancé por el angosto pasillo que parecía estrecharse más y más a medida que me aproximaba a mi habitación.
Abrí la puerta y un chillido desesperado -que conseguí ahogar con mi mano- se escapó silencioso entre mis dientes. Patricia estaba acomodada sobre la cama con las piernas cruzadas y con mi libreta de notas apresada entre sus enjutos dedos. La ojeaba entretenida como si estuviera leyendo un periódico o un buen libro de acción y estaba tan absorta que ni siquiera se percató de mi congelada presencia bajo el marco de la puerta. El moreno tono de mi piel se tornó escarlata, me abalancé sobre ella encolerizada y le arrebaté el cuadernillo de su poder sin darle opción a rechistar.
- ¿ Pero que demonios te pasa ? - gritó con una mezcla entre pavor y sorpresa.
- ¿ Qué que me pasa ? ¿ Quien te has creido que eres tú para urgar en mis cosas ? - grité exasperada mientras revisaba la libreta pasando las páginas compulsivamente para comprobar que todo estaba en su lugar.
Después de un interminable silencio me tranquilicé. Patricia no se había movido ni un milímetro y no se atrevía ni a levantar la cabeza. La ausencia de palabras empezaba a ser molesta y entonces, aprovechando aquella calma, reflexioné sobre mi actuación y llegué a la conclusión de que me había excedido en las maneras debido a toda la tensión acumulada semanas atrás. La joven Patricia había pagado toda mi amargura y mis preocupaciones. En aquel momento me sentí como el ser más abjecto y despreciable del mundo y rompí a llorar.
Ella -respetando nuestro voluntario mutismo- continuó sin articular sonido alguno, se acercó hacia mi y me rodeó con sus largos brazos, meciéndome como a una niña pequeña que pedía, a gritos inaludibles, el consuelo que tanto necesitaba.
Después de meses ocultando mis conjeturas, desconfiando de todo aquel que me rodeaba y mortificandome por no poder recordar, tenía la ocasión de compartir aquella pesada carga con alguien.
Cuando me encontré recompuesta y serena del todo, le conté a mi confidente el torbellino de sucesos que me habían impelido hasta la ciudad de Nueva York. Sus enormes ojos negros -abiertos casi tanto como su desajustada boca- revelaban su fascinación ante mi relato.
Patricia, lejos ahora de las ataduras de sus sobreprotectores y conservadores padres, veía ante ella la aventura que llevaba toda su vida esperando.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario