viernes, 6 de marzo de 2009

EN BUSCA DE ADAM BACKER. CAPITULO IV

La incesante claridad de un nuevo día se colaba persistentemente por las ventanas de la habitación. El pañuelo -que usaba para protegerme de ella- estaba descolocado después de una larga noche en la que no dejé de revolverme a juzgar por la posición de la manta que se enredaba entre mis piernas.

Me giré desubicada e hice un gran esfuerzo por abrir los ojos mientras los protegía con la palma de mi mano para suavizar los efectos de la luz.
Observé a Patricia roncando suavemente y con la boca tan abierta que podía apreciar algún que otro empaste en su dentadura bien alineada. Aquella desconocida había pasado de ser una compañera de clase como otra cualquiera a una auténtica aliada, aún sin ella saberlo todavía.Me quedé unos minutos mirándola con detenimiento.
Sus rasgos eran muy duros y exagerados y su palidez le daba un aspecto un tanto siniestro al contrastar con su pelo negro. Tenía un atractivo muy exótico que por lo poco que pude apreciar, volvía locos a los hombres.
Me puse boca arriba e intenté relajarme ya que daba por hecho que dormir sería imposible. En ese momentó recordé que había soñado con Adam una vez más, aunque no recordaba el qué. A medida que pasaban las semanas y sus respectivas noches, iba recapitulando más detalles. Tomé la decisión meses atrás de ir anotándolos en una libreta para así no olvidarme de nada, pero por más que releía mis garabatos no parecían cobrar sentido alguno. Habitaciones de hotel, vuelos inexistentes y el rostro de un hombre que se desvanecía en mi memoria. En ocasiones, me era difícil distinguir entre los recuerdos y los sueños y eso me inquietaba.
La única persona en la que podía confiar en este tema era mi mejor amiga Sandra. Por desgracia ella estaba a miles de kilómetros y en esta ocasión, no pudo acompañarme a Nueva York, cosa que lamenté profundamente. Desde su reciente matrimonio, había cambiado mucho y estábamos algo distanciadas. Su marido, un deportista de élite, había sido fichado por un equipo extranjero y -como era de esperar- la arrastró con él. A pesar de lo que sus palabras decían, yo no la notaba muy feliz.
Cuando le sacaba el tema de Adam, me respondía con evasivas y ridiculeces como los demás e intentaba hacerme creer que todo era producto de mi imaginación. Pero yo estaba convencida de que ella sería incapaz de mentirme si me miraba a los ojos. Sandra tenía muchas de las respuestas por las que yo estaba en aquel lugar.

Aún recuerdo como si fuera ayer el día que nos conocimos, ocho años atrás. Estábamos en el aeropuerto de Barajas, Sandra estaba sentada sobre su maleta, mascaba una enorme bola de chicle rosa y jugaba con los cordones de sus deportivas nuevas mientras abochornada escuchaba como sus padres discutían. Yo estaba apoyada en una de las columnas, escondiéndome tras una gorra de la verguenza que me producía ver a mi padre chillándole a aquel monitor recriminándole su falta de organización. Por más que pasaban los años, ni mis hermanas ni yo nos acostumbrábamos a sus numeritos en público donde habitualmente perdía los papeles y algo más. En aquel momento Sandra y yo cruzamos nuestras miradas y nos dedicamos una mueca de desagrado recíproca. Desde luego no empezamos con buen pie.

Unos cánticos en el pasillo me hicieron regresar a mi cruda realidad. No me fue difícil reconocer a Julia ya que era la única voz femenina de la casa. A juzgar por sus devaneos y sus torpes pasos en el piso -que retumbaban por toda la casa- diría que estaba totalmente ebria y aún no eran las 9 de la mañana.
El ruido de una lata al abrirse corroboró mi teoría. Saboreó su contenido haciendo un sonido muy desagradable. Sus finos labios se juntaban y separaban a la vez que pasaba su áspera lengua en busca de todo resto de alcohól que hubiera en su boca. Después eructó como si de un hombre carente de modales se tratase y volvió a beber empinando la lata para asegurarse de que ni una gota se desperdiciaba en su interior.

- Franklyn... ¿ dónde dejó la cazuela viejo ? - preguntó a voz en grito mientras soltó una carcajada malévola y asfixiada, similar a la de un fumador compulsivo. No tenía ese mortífero vicio, aunque si consumía hierba muy de vez en cuando para paliar los dolores de su artrosis que ya se manifestaba en los huesos de sus agarrotadas manos.

No recibió respuesta alguna pero eso no le impidió seguir con sus conversaciones sin sentido mientras apuraba su lata de cerveza y continuaba con otra. Aquella desdichada alcohólica tenía toda la intención de hacernos imposible nuestra estancia en aquella casa de locos.
Me levanté de la cama, enjuagué con ímpetu mi cara con la esperanza de que todo aquello fuera una pesadilla pero no sirvió de nada.
Corrí el pestillo de la puerta y la abrí con sigilo. Esta vez lo primero que hice fue mirar hacia abajo no fuera que la vieja silenciosa estuviera esperando para darme otro susto de muerte.
En esta ocasión el pasillo si estaba realmente vacio. Andé confiada y entré a la cocina de puntillas para no llamar la atención. Me extrañó no encontrar la compra que hicimos el día anterior tal y como la habíamos colocado, pero decidí no darle mayor importancia.
Mis pies descalzos se estaban quedando totalmente congelados y el frío trepaba por todo mi cuerpo. Me senté en la mesa del comedor, me serví unos cereales con leche y comencé a ingerirlos con mucho apetito hasta que una repentina tos me interrumpió, consiguiendo que la leche se me fuera por mal sitio. Entoces noté una fuerte palmada en mi espalda que me hizo escupir parte de los copos de trigo que aún estaban dando vueltas en mi boca.

- Está podrida señorita millonaria - exclamó sarcasticamente Julia mientras se dirigía a su habitación. Cerró la puerta con todas sus fuerzas no sin antes mirarme como si me perdonase la vida.

No podía creerme lo que acababa de suceder. Realmente esta mujer estaba completamente chiflada. Comencé a plantearme sino había sido un grave error haber viajado tan lejos de casa solo por una estúpida corazonada. Quizá, sino recordaba quien era Adam Backer era porque estaba mejor enterrado en el pasado. De cualquier manera ya era demasiado tarde para arrepentimientos.

Había perdido el hambre después de mi encontronazo con Julia.La situación me había puesto nerviosa y sentía la necesidad de inhalar mi medicación del asma. Regresé a la habitación y después de unos minutos tensos rebuscando en la maleta, aspiré profundamente los polvos y los retuve en el interior de mis pulmones. El alivio fue inmediato.
Cuando empezaba a relajarme escuché pasos en la escalera. Era Franklyn que cargaba una enorme bolsa de plástico gris. Me miró y me saludó con un simpático gesto que le devolví con una amplia sonrisa.
Quien diría que aquel desgarbado hombre de paso cansado pero mirada enérgica había sido un muchacho normal con aspiraciones propias de la juventud. Me preguntaba que clase de desgracia le habría obligado a abandonar su particular sueño americano desterrándole a aquel insignificante cuarto empapado de soledad.

Franklyn bajó de nuevo a gran velocidad, saltando los escalones de dos en dos. Al llegar a la puerta tropezó -debido a las prisas- con el molesto perro de la dueña , que emitió un alarido de dolor al recibir el pisotón.
Aproveché que había dejado la puerta abierta y husmeé en su intimidad llevada por las ganas de saber más sobre aquel solitario hombre. Me sorprendió el orden que reinaba en su pequeña habitación donde dormía y vivía practicamente. En un lado de la cama había una carcomida mesa de madera y encima de ella, un marco de plata sucia con una foto familiar. No llevaba las gafas puestas y solo alcanzaba a ver tres figuras borrosas.
La curiosidad pudo conmigo y me acerqué con cautela para apreciar mejor quienes eran aquellos bultos que fueron tomando forma. Me quedé estupefacta al observar la fotografía.
A pesar de que los años habían castigado mucho su rostro podía reconocer esos ojos negros llenos de vida. Al lado del jovencísimo Franklyn estaban una mujer de belleza despampanante, cabello negro azabache y rasgos latinos. Entre ambos un niño de unos tres años sonreía mellado y rebosante de felicidad mientras abrazaba un mugriento oso azul.

Estaba tan ensimismada con aquella imagen que no me percaté de la presencia que aguardaba a mis espaldas.

- ¿ Qué hace aquí niña ? - me interrogó Franklyn con tono recriminante - ¿ A caso no sabe que la curiosidad mató al gato? Aproximó su envejecida cara hasta quedarse a centímetros de la mía. Podía percibir su fuerte aliento a coñac sobre mi piel, pero no sentí miedo ninguno.

- Lo siento muchísimo, bonita familia - fue la única estupidez que se me ocurrió en aquel embarazoso momento y por su reacción me dí cuenta de que no había sido un comentario acertado. Sin mediar palabra alguna me apartó con delicadeza y entró en su habitación

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