CAPITULO 6
No fue necesario inventarme una buena excusa para justificar que estaría toda la tarde por mi cuenta y así poder ir al hotel. Patricia no hizo muchas preguntas ya que su prima -que también había viajado allí- quería que se viesen para tomar algo.
Después de informarme en internet sobre su ubicación me dirigí hacia el tren "L" downtown dirección al conocido barrio de Manhattan. Nada más bajar a las profundidades del metro noté como aquel ambiente cargado obstaculizaba mis pulmones. Para un asmático, estar bajo tierra es una trampa mortal, pero el sótano de una ciudad tan monstruosa como aquella suponía pasar un rato de lo mas angustiante. Respiré hondo y continué mi descenso a los infiernos.
Hacía un calor insoportable y a pesar de mi atuendo bastante ligero, sentía que el sudor brotaba por los poros de mi piel impregnándose en mi camiseta.
Me dió la sensación de que en aquella ciudad siempre era hora punta. La masa de gente de todas las edades, colores y estilos se movía acompasada por los pasillos como si de una marcha militar se tratase. Era lo más parecido a una estampida urbana, incluido por el riesgo de caer y ser arollado sin ningún tipo de escrúpulo por cientos de zapatos que no pensaban detenerse ante nada ni nadie.
Avisté un asiento a pocos metros de mí y me lancé hacia él cruzando los dedos para que nadie se adelantase. Una inmensa mujer africana se interpusó en mi camino empujándome con su corpulente brazo para después arrebatarme el sitio en mis propias narices. Me miró triunfante y se acomodó en su trofeo desplazando a los demás viajeros con las sacudidas de su orondas posaderas.
Me agarré a la barra de seguridad e hice verdaderos esfuerzos para no pensar en el bochorno que hacía, en los olores desagradables y en mis burbujeantes pies que se estaban cociendo dentro de mis zapatillas.
Cuando a penas quedaban cinco paradas para llegar a mi destino un chico mestizo muy atractivo me ofreció su plaza muy amablemente y yo la acepté sin pestañear. Observando aquel vagón me di cuenta de la diversidad de culturas que allí coexistían. Las uniones de diferentes razas estaban a la orden del día, y el resultado de aquella mezcolanza eran nuevas generaciones con rasgos mucho más espectaculares que los de sus progenitores.
Un niño pequeño y su hermano mayor deleitaron a los pasajeros con toques de tambor y un baile de lo más pegadizo. El menor de los dos pasaba un sombrero de copa lleno de dólares y regalaba piropos a las mujeres que encantadas le hacían carantoñas mientras desembolsaban su aportación. Entretenida con aquel espectáculo, me había olvidado por completo de fijarme en la parada y tuve que salir disparada para no quedarme atrapada en aquel cocedero.
Salí a la superficie y una vez allí pregunté por la ubicación exacta del hotel ya que olvidé apuntar la dirección cuando lo consulté en internet. Me fijé en una mujer joven rubia que llevaba un portafolios y pensé que quizás trabajara cerca y conociera la zona.
- Disculpe, ¿ sabría indicarme donde queda el New Yorker Hotel ? - pregunté sonriente.
- Sí, está a dos calles, cerca del Madison Square Garden, en la calle 34 con la 8ª avenida. -me contestó sin a penas mirarme y sin aminorar su marcha. Le di las gracias y me puse en camino a la vez que me rompía los sesos intentando averiguar de que me sonaban tantísimo aquellos dos números juntos. Miré el reloj y al ver la chapita de la pulsera de colores que colgaba de mi muñeca caí en la cuenta. Mi amiga Sandra había creado meses atrás una firma de joyas llamada "34st8av" pero jamás me había dicho de donde surgió la idea de aquel logotipo y ahora entendía el porqué. No podía confiar en nadie, ni siquiera en mis propios recuerdos que jugaban a emborronarse cada dos por tres.
En el corto trecho que anduve me encontré con varios puestos de brochetas de pollo. Aquel olor no solo disparó mis jugos gástricos, sino también mi debilitada memoria.
Seguí al pie de la letra las indicaciones y en cinco minutos me planté en las doradas puertas giratorias de la monumental entrada del hotel. Una sensación de emoción me invadió por dentro hasta estallar en una carcajada histérica difícil de controlar y entonces empecé a entender algunas cosas. Yo había vivido allí.
Quise avanzar pero mis piernas no respondían. Sabía que tras esas paredes podría encontrarme algo que no me gustara. Saque la foto -que siempre llevaba conmigo- del bolsillo del pantalón, la miré durante unos segundos y me introduje en el espacio de la puerta dejándome llevar por el movimiento de las otras personas que rotaban conmigo.
Me quedé paralizada entre la multitud de gente hasta que un empujón que me propinó un desconsiderado que pasaba por allí me hizo reaccionar. No me hizo falta preguntar en la recepción por Miguel ya que él no tardó en encontrarme a mí.
- ¡ Muñeca !, no me lo puedo creer dios mío... ¡ eres tú ! - exclamó mientras me abrazaba y levantaba mi cuerpo del suelo hasta que dejé de tocarlo con los pies.
- ¿ Miguel ?...- pregunté dubitativa.
- ¿ Quien si no ?, que pronto se olvidan ustedes las españolas de los buenos dominicanos que las cuidan cuando tienen fiebre y echan de menos a su mamá. - me dijo con mucha ternura mientras me acariciaba la mejilla.
No hicieron falta muchas palabras para que Miguel se diera cuenta de que yo no recordaba nada. Al principio le costaba creerse que no le reconociera, pero cuando vio mi gesto de preocupación y mi cara descompuesta por los nervios supo que todo era verdad. Me invitó a una taza de chocolate caliente y mientras me agarraba cariñoso de la mano empezó a narrarme la historia con todo lujo de detalles. Yo era consciente de que aquellas lagunas en mi memoria me hacían vulnerable y esto me atemorizaba, pero algo en mi interior me incitó a confiar en él.
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