lunes, 2 de marzo de 2009

ROMEO Y JULIETA NO EXISTEN

Francisco no pudó más y se derrumbó rompiendo a llorar. Apoyó su fornida espalda en la muralla de aquella fortaleza impenetrable y se dejo caer. Estaba totalmente abatido.

Apretó con furia su magullado puño derecho y un hilo de sangre mancho sus ropas. Ni siquiera podía sentir el dolor de sus huesos rotos, ya que sufría una herida mucho más profunda y de más difícil curación.
Las lágrimas corrían despavoridas por su rostro limpiándolo de restos de tierra y hollín y resvalando ennegrecidas por su pronunciada barbilla. No paraba de repetirse lo estúpido que había sido al pensar que podría vencer el solo a todo un imperio. No había amor suficiente para semejante proeza.

Estaba lejos de casa, a semanas a caballo del pueblo del que nunca debió haber salido. Poco a poco su cuerpo se fue escurriendo preso del cansancio hasta queda posicionado de cuclillas sobre la hierba. Aquel olor a tierra mojada le recordaba a su hogar y a su anciana madre.
De pronto oyó a lo lejos fuertes ladridos y divisó luces de antorchas. Estaban buscándole y habían soltado a los perros para darle caza. No le había bastado a aquel hombre con arruinarle la vida sino que también deseaba verlo hecho trizas.
Se incorporó y aunque ralentizado por la cojera que le afectada a la pierna izquierda, corrió para salvar su vida.

Consiguió escabullirse entre la maleza hábilmente. Arrancó un trozo de su camisa y lo puso cerca de un riachuelo que bañaba aquellas tierras. Su infancia en el pueblo entre pícaros, proscritos y ladrones le habían enseñado ,entre otras cosas, a sobrevivir.
Con esta inocente artimaña ganaría el tiempo suficiente como para salir de esa trampa mortal. Francisco estaba desfallecido, el largo viaje sin a penas provisiones y en condiciones precarias le habían dejado muy debilitado y la paliza que había recibido no hacía más que agrabar su situación.
La vista se le nublaba pero no dejaba de correr mientras se agarraba con fuerza su pierna dolorida para facilitar su marcha. Las lágrimas brotaban de sus ojos, pero esta vez no era de tristeza, sino de puro dolor.
Durante unos segundos que parecieron una vida entera, dejó de escuchar las voces de sus perseguidores y los ladridos de las fieras que rastreaban su sangre fresca. Sentía que perdía el equilibrió y estaba completamente desorientado.
Apoyó la ensangrentada mano en la corteza de un árbol y cuando estaba a punto de desplomarse una dulce fragancia le envolvió por completo y se dejó caer. Antes de cerrar completamente los ojos le pareció ver a un ángel sin rostro que susurraba su nombre.

Cuando despertó se encontró solo en medio del bosque, a salvo de todo peligro y con una hermosa yegua blanca atada a un árbol y un saco de provisiones.
Ya no vestía aquellos arapos sucios, alguien se había tomado las molestias de cambiarle y curarle las heridas. Aquellas prendas limpias tenían un olor que le resultaba tan familiar... no podía ser que su ángel salvador fuera Mariana. Se arrancó aquella descabellada idea de la cabeza y se alejó de allí sin rumbo cierto y sin dirigir la vista atrás.

No hay comentarios: