sábado, 7 de marzo de 2009

EN BUSCA DE ADAM BACKER

CAPITULO 5



Cuando regresé a la habitación Patricia ya no estaba durmiendo y en el baño se escuchaba el trajín mañanero típico de alguien recién levantado.
Con la intención de hacer tiempo me dispuse a vaciar mi maleta -o al menos en su mayor parte- para así evitar que algunos vestidos con telas delicadas se echaran a perder. Le tocó el turno a uno negro de seda muy elegante que aún llevaba colgando la etiqueta. En aquel momento -y por primera vez desde que aterricé- eché de menos a Francisco*, quien muy a regañadientes me lo había regalado semanas antes. Al recordar su quebradiza voz pidiéndome que no me fuese se me colocó un incómodo nudo en el estómago que me impedía respirar con normalidad.

Intenté alejar esos pensamientos y continué acomodando la ropa en aquel pequeño armario de puerta corrediza. Introduje la mano en un bolsillo interno de la maleta y allí encontré varios dolares de mi anterior viaje a Nueva York. Continué escarbando hasta que mi mano se topó con algo consistente y pequeño. Era un teléfono móvil de diseño más que sencillo, arcaico diría yo y presentí que no era la primera vez que estaba entre mis manos.
Presioné un botón durante unos segundos y la pantalla se iluminó dando aviso de que le quedaba poca batería. Después de comprobar que el cargador no se encontraba en la maleta, revisé con prisa el buzón de entrada. Había unos veinte mensajes de texto y no me hizo falta leerlos todos para saber que iban dirigidos para mí.
Después de la euforia por mi nuevo descubrimiento, llegó una profunda desilusión al darme cuenta de que no había ninguno de Adam. Otro aviso de batería baja hizo que me apresurara a leer cada uno de ellos con la idea de encontrar algún hilo del que poder tirar.
En su gran mayoría eran de Ronny y Miguel, aunque sus nombres a priori no me decían absolutamente nada. Me paré en uno en concreto que me llamó la atención:

" Lo siento linda, he revisado desde el New Yorker Hotel* el número de vuelo que me diste y estoy completamente seguro de que no existe, le faltan dos dígitos al código del localizador. Lo siento de corazón. Un abrazo. Miguel "

Me quedé perpleja durante unos segundos. Me concentré con todas mis fuerzas y saqué mi libreta de notas. Un intenso dolor de cabeza me presionaba las sienes, casi me impedía leer aquellas letras que se nublaban y parecían simples pintarrajos, pero continué haciéndolo. Las taquicardias aumentaban y una quemazón en el lado izquierdo del pecho me impedía escribir con una correcta caligrafía. De repente la luz se apagó y el dolor se esfumó por completo.

Un contundente manotazo en la cara me hizo despertar. Poco a poco volví en mí y y me dí cuenta de que una vez más había perdido el conocimiento.

- ¿ Estás bien ?, me has dado un susto de muerte tía - exclamó Patricia que estaba más pálida de lo normal.

- Estoy perfectamente. Me suele ocurrir desde hace un año más o menos. - me justifiqué con tono relajado para intentar quitarle el miedo de encima.

- ¿ Y este móvil tan cochambroso ? - fisgoneó mientras lo toqueteaba dispuesta a hurgar en su interior. Entonces se lo arrebaté de las manos con una sonrisa postiza y cambié radicalmente de tema.


Alguien golpeó dos veces la puerta sobresaltándonos a ambas y haciéndonos olvidar por el momento el tema del móvil.
Salté de la cama aún con las piernas temblorosas y abrí la puerta. Era María, La Casera. LLevaba unas mallas color fucsia tan ajustadas que se le marcababa cada curva de su voluminosa anatomía. La celulitis cubría sus muslos dejándose ver a través de la fina tela que contrastaba con el color de su oscura piel, haciendo imposible que pasara desapercibida con semejante indumentaria.
Esta vez llevaba el pelo suelto y parecía aún más joven que la primera vez que la a pesar de las arrugas que se marcaban en su entrecejo debido al gesto de enfado que traía.

- Buenos días María, ¿ Cómo está ? - le preguntó cortesmente Patricia.

- Buenos días serán para usted lindura. Yo no he pegado ojo gracias a su alboroto de anoche. - añadió acusante mientras sus enormes ojos negros nos sentenciaban sin darnos lugar a ningún tipo de justificación. Su recriminante dedo índice apuntó hacia nosotras y su enorme boca se abrió sin llegar a articular palabra debido a la intromisión de mi compañera.

- Disculpe María pero no sé de que demonios me está hablando... - saltó Patricia cuyo rostró se empezó a desencajar de su sitio.

- Ayer de madrugaba no paraban de dar golpes en el piso, dejar caer cosas y andar de un lado para otro de la habitación... mi dormitorio está justamente encima del suyo y como comprenderán, mi pobre Alfonso no pudo pegar ojo en toda la noche y trabaja doce horas al día conduciendo un camión. Estas casas tienen las paredes bien finas y se oye todo, les ruego mamitas que tengan más cuidado o tendrán que largarse de aquí. Esta es una casa decente. - finalizó María sin darnos opción a contestar ya que se dió media vuelta y salió de la habitación indignada y musitando sola.



Quedaba claro que nuestra estancia en aquella peculiar casa del barrio de Broocklyn no iba a ser sencilla ni agradable, lo más acertado sería intentar pasar el menor tiempo allí e intentar esquivar en la medida de lo posible a sus desequilibrados habitantes.
Mientras nos preparábamos para salir a dar un paseo pensaba en el mensaje de Miguel. Había pocas posibilidades de que en aquel hotel me dieran algún dato sobre él y como encontrarle, pero tenía que intentarlo esa misma tarde. Tenía el presentimiento de que aquel vuelo fantasma de mis sueños estaba relacionado con Adam y Miguel seguramente podría ayudarme a recordar.
No veía el momento de atravesar las puertas del New Yorker Hotel.

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