sábado, 21 de marzo de 2009

EN BUSCA DE ADAM BACKER

CAPITULO 8



El aeropuerto estaba a punto de reventar. Voces mecánicas difundiéndose por megafonía, el ruido de las desgastadas ruedas de los equipajes deslizándose por el suelo y un batallón de transeúntes uniformados de azul recorriendo el recinto de un lado para otro como si de un simulacro de emergencia se tratase.

Aguardé impaciente tras la cinta de seguridad que marcaba la trayectoria a seguir por los viajantes como si fueran un rebaño de carneros desorientados. Decenas de rostros exhaustos cruzaban la Puerta de Llegadas desordenadamente y aturullados. Decenas de pupilas rebuscaban entre la multitud a sus seres queridos y familiares. Pero solo un par de ojos impacientes, los míos, le rastreaban a él.
Los aturdidos corderos recién aterrizados continuaban esparciéndose por todo el perímetro y me empecé a inquietar al no divisarle por ninguna parte. Miré el reloj. Pasados tan solo dos minutos volví a comprobar la hora. El tiempo parecía haberse estancado en algún socavón del camino para jugarme una mala pasada.
Entonces supe que él no iba a aparecer y se hizo el silencio. Ya no percibía los avisos por el altavoz, ni los joviales recibimientos. Ni siquiera podía oirme a mí misma porque prefería no pensar ni en alto ni en bajo. Era menos doloroso no pensar en nada. No sentir nada. Adam Backer me había defraudado una vez más.


Me levanté empapada en un charco de sudor y lágrimas. La angustia era tan profunda que esta vez tuve claro que no había sido un simple sueño. Era un recuerdo tan mordaz y desgarrador que había conseguido arañar las paredes de mi alma, hiriéndolas tan profundo que era imposible que cauterizaran jamás.
Aún llorosa me levante sigilosamente para no despertar a mi compañera. Tanteé con las manos las paredes para no trastabillar con ningún obstáculo de los muchos que había por el suelo ya que mis ojos estaban cubiertos por lágrimas que me impedían ver con claridad.
Cogí los pantalones del día anterior y extraje la fotografía del bolsillo trasero. Contemplé pensativa su rostro angelical. No podía comprender como aquel hombre de mirada añil y transparente podía haberme causado tantísimo detrimento. Le odié con toda mi alma y rompí a llorar en silencio, engullí todo mi desasosiego vorazmente e intenté no atragantarme con tantísimo dolor.

El sonido de una lata siendo estrangulada cortó de cuajo mis gimoteos. La beoda de la casa ya había amanecido precoz como un gallo que de madrugaba comienza sus rutinarios salmos dándo gracias por un nuevo día de trabajo. La diferencia es que en aquella bendita vivienda nadie parecía desempeñar ningún oficio o al menos no uno corriente.
Patricia seguía durmiendo placidamente. El techo de aquel cuartucho se me caía encima -casi literalmente- así que decidí dar un paseo para ir conociendo la zona. Que mi orientación está atrofiada es más que sabido por todo aquel que me conoce, por lo que no estaba de más ir adelántandome teniendo en cuenta mi evidente deficiencia.

Abrí la verja plateada carcomida por las lluvias y la falta de cuidados y comencé a caminar sin prisa disfrutando del buen tiempo y la calma que allí reinaba. Al girar a la derecha divisé a Julia a pocos metros de mí. Retrocedí sobre mis pasos y me oculté tras la esquina para evitar ser descubierta. En casa me sentía protegida pero no tenía ningunas ganas de tener un encontronazo con mi masculina compañera de piso más allá de los frágiles muros de mi residencia. Se tambaleaba a cada paso, no sé si debido a los efectos del alcohol que recorría todo su insignificante cuerpo o por su afán de parecer un hombre de verdad. Iba cabizbaja y distraída, como si quisiera pasar desapercibida para no tropezarse con alguien en particular.
Entró en una pequeña tienda de alimentación-de las muchas que había en los alrededores- y a los pocos minutos salió con una bolsa de cartón que llevó a su sedienta boca en varias ocasiones. Debía habérsele acabado la bebida de su despensa -llena de cervezas, manzanas y arroz- y se vió empujada por el mono a salir a comprar.

Andó dirección a la "casa de los horrores" y pensé en dar la vuelta para no chocarme con ella pero entonces ví algo que me impulsó a quedarme agazapada tras aquella esquina.
Un niño de unos 6 años caminaba de la mano de su padre por la misma acera que Julia. La reacción del crío al verla fue verdaderamente lastimosa. En cuanto reconoció a la anciana se revolvió entre las protectoras manos de su padre en un intento desesperado por escapar y abrazarse a Julia. Su progenitor agarró con mas fuerza su pequeña mano que cada vez estaba más roja impidiéndole acudir a su encuentro. El niño lloraba con la boca totalmente abierta y los brazos extendidos. Era incapaz -debido al disgusto- de tragar saliba la cual se escapaba por la comisura de sus labios cuando balbuceaba entrecortadamente la palabra "yaya". Su llanto era histérico y descontrolado y no cesaba de retorcerse y tirarse al suelo negándose en rotundo a caminar. Las mucosidades que brotaban de los orificios de su pequeña nariz le daban un aspecto todavía más desvalido. Aquel espectáculo parecía no inmutar a ninguno de los caminantes (ni siquiera al propio padre) que daban por hecho que era una rabieta de niño malcriado.
Julia continuó su balanceo inestable sin mirar atrás desviándose por una callejuela. Prosiguió con la cabeza gacha y sus manos secas e hinchadas por el alcohol tapaban sus oidos mientras sacudía su cabeza violentamente intentando ausentarse de aquella situación. A pesar de la distancia, pude apreciar desde mi escondite su rostro roto de dolor.
Los chillidos y sollozos persistieron algunos minutos más hasta que la criatura, totalmente agotada, se quedó dormida en brazos de su padre que se alejó impertérrito de allí.


Después de semejante escena que había presenciado me dispuse a retomar mi paseo, pero esta vez con la mirada perdida y la mente ocupada con la imagen de una infeliz borracha de 69 años a la que la vida y su propio hijo, le habían dado la espalda.









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