martes, 12 de mayo de 2009

EN BUSCA DE ADAM BACKER

Capitulo número 10



Mis pies desprotegidos avanzaban sobre la moqueta vieja que disfrazaba las humedades que corroían el solado de la habitación. A cada paso que daba, me hundía en una nube de polvo y pelusas que recubrían la alfombra que más que índiga parecía canosa por la sucierdad acumulada.
Un enorme sobre blanco descansaba sobre una mesa de madera a centímetros de un teléfono que de repente empezó a sonar. Esta vez no dudé al descolgarlo, contesté y después de unos segundos en los que el interlocutor permaneció afónico obtuve una respuesta.



- Soy yo, Adam. Lo siento muchísimo, pero no voy a poder coger ese avión. - una voz ronca y entrecortada al otro lado del teléfono me hizo estremecer y recordar.

- ¿Adam, de verdad eres tú? ¿ Por qué no vas a venir? ¿Porqué me haces esto? - repliqué angustiada y entre sollozos ahogados como si aquellas palabras salieran no de mi boca, sino de lo más profundo de mis entrañas.

- Mi amor, mira en el interior del sobre blanco. Me tengo que ir. - y la voz se fue apagando hasta desaparecer en el silencio enjaulado en aquellas descascarilladas paredes de hotel.





Me quedé paralizada mirando aquel sobre blanco que quizá contenía la verdad que tanto me había hecho sufrir. Pero no me importaba, cualquier cosa era mejor que aquella incertidumbre, aquel desasosiego que produce el no distinguir que es verdad y que es mentira, que es sueño y que es realidad.

Me aproximé con paso firme y elevé el misterioso envoltorio hasta la altura de mi ojo izquierdo para mirar en su interior al trasluz. Contenía un papel escrito a máquina y un sello o emblema que no era capaz de identificar. Rasgúe el sobre y despedazándolo con rabia ,casi por completo, extraje el documento perfectamente doblado. Niveles de plaquetas, vitaminas, hormonas...parecían los resultados de algún tipo de análisis médico.
Un gran estruendo proveniente del exterior me sobresaltó e hizo que el papel se escapase de mis temblorosas manos balanceándose en el aire hasta posarse en la mugrienta moqueta sobre la que la blancura resaltaba aún más.

Cuando quise agacharme para recogerlo ya no estaba en la habitación 1469, estaba de nuevo en casa de María, me encontraba gateando a ciegas y palpando desesperadamente el suelo en busca del extraviado documento que albergaba todas mis esperanzas. Escasos segundos fueron suficientes para darme cuenta de que todo había sido una vez más, una desconsoladora ilusión.


Tenía que admitir que estaba totalmente estancada en mi investigación . Mi encuentro con Miguel había confirmado mis sospechas sobre la existencia de mi relación con Adam Backer, pero no me había dado ninguna pista de peso de donde tirar. Sabía que aquel hombre de rostro seráfico me había mentido sucesivas veces y por esa razón se había roto nuestra presunta relación, pero desconocía los motivos y su actual paradero.
En aquel momento Patricia entró en la habitación interrumpiendo mis argumentaciones que no llevaban a nada esclarecedor.


- Hola, ¿ qué hacías ? - me preguntó con una interminable sonrisa que descubría su amplia dentadura.

- Estaba pensando en Adam . No sé por donde continuar en mi indagación y siento que me flaquean las fuerzas, ¿me entiendes? - le confensé con franqueza mientras mis ojos se clavaban en los suyos esperando una idea brillante.

-Perfectamente... Si tuvisteis una relación a distancia, tú viviendo en Madrid y él en los Ángeles, lo más normal es que cuando no pudiérais viajar para veros, contactárais por internet. Es muy extraño que no tengas sus emails guardados, ¿ no crees ?- me planteó Patricia muy coherentemente.

- Tienes toda la razón. Pero comprobé varias veces uno por uno todos los emails de mi bandeja de entrada y salida.- me quedé pensativa unos minutos intentando encontrar una explicación a todo aquello- Espera...ahora que lo pienso detenidamente caigo en la cuenta de que esta dirección la creé hace cosa de un año porque no recordaba la contraseña de mi antigua cuenta. ¡Cómo no pude darme cuenta antes, que estúpida! - rompí a reir descontroladamente mientras zarandeaba mi cabeza reprochandome mi inexcusable falta de lucidez.

Patricia ,sin saber porqué, se unió a mi con una sonora carcajada y me propinó una palmada en la espalda con tal fuerza que me hizo atragantar, aunque aquello no emborronó la sonrisa de mi rostro. A pesar de su cuidada y larga melena y de su femenina silueta, su comportamiento y sus ademanes no eran para nada delicados, todo lo contrario. Quizá por este mismo motivo Patricia hizo tan buenas migas con Julia, quien miraba a la joven con ojitos provocadores y la trataba con mas condescendencia que a mi.


Aún recordaba aquella dirección de internet en desuso, así que nos duchamos y nos pusimos en busca de un ciber-café donde poder acceder a internet.
Estaba realmente emocionada. Bajamos la calle y cruzamos de acera para esquivar el taller mecánico que Patricia tanto detestaba y continuamos hasta llegar a una zona más céntrica donde encontramos una tienda de aparatos electrónicos que también disponía de conexión a internet. En su interior se encontraban tres dependientes latinoamericanos que bailaban y canturreaban canciones pegadizas a ritmo de salsa para matar el aburrimiento. En cuanto notaron nuestra presencia cesaron en su lúdica actividad y nos dedicaron sus cinco sentidos. Uno de ellos se dirigió a mi y después de unos cuantos intentos fallidos de flirtear conmigo, acabó por ofrecerme un ordenador desde el que poder conectarme.

Bajamos unas escaleras de madera que parecían muy poco estables y llegamos a una pequeña habitación con ordenadores no muy modernos numerados del 1 al 10.
Nos sentamos enfrente de uno que estaba más apartado y comencé a escribir la dirección de email con pulso trémulo, lo que dificultaba mi labor de pulsar las teclas adecuadas.
LLegó el momento de introducir la contraseña y toda mi emoción se transformó en malestar. Encontrar la palabra exacta iba a ser una labor practicamente imposible. Patricia se percató de mi gesto desilusionado y me agarró la mano con fuerza insuflandome energía.

- Haz memoria, esa palabra esta en tu cabeza tía. Piensa en cosas cotidianas o relacionadas con él por ejemplo, tu signo del zodiaco o su nombre, no sé...lo típico.- añadió Patricia con tono animoso.

- Probemos con lo más obvio: A-D-A-M. - escribí sin demasiado optimismo.

- Contraseña incorrecta. Bueno, no desesperes. Prueba con esta: A-N-G-E-L-E-S. - tecleó mi amiga mientras cruzaba los dedos.

- Contraseña incorrecta. Esto es un locura...Quizás mi signo del zodiaco, veamos: G-E-M-I-N-I-S. -escribí sin ningún éxito y encolericé por la impotencia. Probamos con unas cuentas palabras más tales como nombres, ciudades, cumpleaños y cosas así, pero fue inútil.

- Tía tranquila, eres demasiado impaciente. Veamos, ¿ como se llama este bicho que tienes tú, este con púas horroroso...?- me preguntó Patricia mientras chasqueba los dedos buscando una respuesta.

- ¿ Horroroso ? ¿ Quién, Leonardo mi erizo africano ?- exclamé indignada, pues Leonardo es un animalito adorable.

-¡ Ese mismo ! L-E-O-N-A-R-D-O... -introdujo rapidamente todas y cada una de las letras y durante unos instantes la pantalla se quedó bloqueada. La página comenzó a cargarse y contra todo pronóstico se abrió la bandeja de entrada. No éramos capaces ni de parpadear. No podía creer que hubiera funcionado, gracias a Patricia había accecido a mi antigua cuenta y tenía en mi mano la oportunidad de descubrir quien era realmente aquel hombre y que ocurrió en aquel tiempo en blanco que era incapaz de recordar.


Nos fundimos en un abrazo y comenzamos a saltar de la alegría. Armamos tantísimo alboroto que uno de los jovenes dependientes tuvo que bajar a comprobar que todo estaba bien. Pero a mi me daba exactamente igual en aquel momento todo.
Agarré contundentemente el ratón y dirigí la flecha a la última de las ocho páginas repletas de emails y de respuestas a todas mis preguntas. Pulsé y cerré los ojos. Al abrirlos de nuevo pude observar una larga lista de emails cuyo remitente era siempre Adam Backer. Patricia no daba crédito, apoyó su mano sobre mi hombro y al ver que yo no era capaz de acertar con mi puntería debido a los nervios, puso su mano sobre la mía y continuó abriendo las restantes siete páginas una a una. Más de cincuenta emails encerraban el porqué de la abominable actuación de Adam, quien a base de calumnias y excusas, consiguió llevarme al límite del dolor que un ser humano puede soportar. Estaba a un "clic" de saber la verdad y a un paso menos de encontrar al hombre que destrozó quien sabe cuantos años de mi vida.

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