Capítulo 12
Empujé la descuidada verja metálica y al deslizar mi mano sobre su áspera superficie un trocito de pintura seca se clavó en mi dedo índice.
Mientras maldecía a la avara Casera incapaz de invertir parte de sus jugosos ingresos en mejorar el estado de aquella ruinosa casa, extraje el plateado desconchón y un hilo de sangre comenzó a fluir hasta transformarse en una gota. Absorbí aquella lágrima escarlata y continué mi paso hasta las escaleras, esta vez con suma precaución para no volver a ser arrollada.
Estábamos exhaustas, los escalones se hacían cada vez más empinados tanto que sentí la necesidad imperiosa de sentarme a reposar. Patricia continuó su paso a duras penas, contonéando su casi metro ochenta de estatura hasta llegar a la cima, donde emitió un resoplido de agotamiento. Cuando hubo recobrado el aliento, se introdujo en la cocina y empezó a trastear con las chamuscadas sartenes en busca de la tostadora que seguramente algún inquilino habría recogido de la calle.
Apoyé la cabeza sobre la pared y percibí vibraciones, afiné el oido y efectivamente, era Julia que discutía acaloradamente con la televisión. Se hacía imposible entender dos palabras seguidas de lo que aquella mujer despotricaba, pero a juzgar por su ímpetu y por lo poco que la conocía, seguramente se tratase de algún debate político cara a las elecciones.
Después de unos minutos reanudé mi subida y antes de llegar arriba ya noté el cambio de temperatura. La corriente fresca de la calle se había transformado en una atmósfera cargada en la que era muy difícil respirar. No había iluminación natural en el recibidor, tan solo una triste bombilla que colgaba de la pared y que Franckyn muy a menudo tenía que cambiar porque se fundía ,misteriosamente, cada dos por tres.
Tampoco había ventilación alguna, por lo que era complicado acabar con aquel apestoso olor que no podría definir con exactitud.
Mi intención de acompañar a Patricia en la cena cambió radicalmente cuando vi corretear por las baldosas ennegrecidas de la cocina, una cucaracha rojiza de largas antenas y de tamaño fuera de lo normal. Pasé de largo -obviando los quejidos imparables de mi estómago- y me tumbé sobre nuestro viejo y usado colchón. Sus prominentes muelles se clavaban en mi espalda, chirriando como si se quejasen por cada uno de mis movimientos.
Eché mano a los emails y me puse manos a la obra. La curiosidad me incitaba a leer desordenadamente, como cuando un libro te causa tanta sensación que una parte de ti quiere desvelar ese final tan ansiado...pero contuve mis impulsos y reanudé mi lectura por el email número dos...
De: Adam Backer
Enviado: Lunes, 13 de febrero de 2006 20:45:00
Para: D.R
¡¡¡¡Buen día!!!!
¿ Cómo durmió mi princesa ? Espero que tan bien como yo.
He llegado pronto a la oficina porque quería adelantar algo de trabajo para luego así poder hablar contigo. Ultimamente son días duros aquí, hay un par de compañeros que están empeñados en amonestarme y poner en tela de juicio cada una de mis decisiones solo por el hecho de ser mayores que yo...
En ocasiones, ser hijo de alguien con influencias no es una ventaja ni muchísimo menos, por eso prefiero trabajar en un despacho diferente al de mi madre, para que se me valore por mis esfuerzos personales.
Pero bueno no quiero aburrirte, ¿como fue tú día? ¿ fuiste a la universidad ? Espero que sí y que no se te pegaran las sábanas como de costumbre ¿eh?
Aquí en NewPort Beach hace un día precioso, tal vez vaya más tarde a hacer surf con los muchachos y a comer en el puerto una hamburguesa, que hace muchos días que no les veo.
Sobra decir que te echo de menos... Estoy viendo que días puedo cogerme de vacaciones para ir a verte a Madrid. ¿Te gustaría?
Un beso. Adam
Me costaba creer que alguién aparentemente tan cortés y trabajador, pudiera ser el artífice de semejante cadena de mentiras tan bien armadas.
Agarré la fotografía y me quedé embobada mirándole. Aquellos ojos azules me tenían totalmente absorta. Zarandeé la cabeza y aparté aquella imagen de mi vista.
No podía permitirme el lujo de perder tiempo con vaguedades, ni mucho menos darle el voto de la duda a una persona que era evidente que me había engañado reiteradas veces. No iba a consentir que me embaucara con sus cameladoras palabras en las que parecía un hombre bueno y atento cargado de promesas que jamás se cumplieron.
No debía olvidar quien era el verdadero Adam Backer nunca más.
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