CAPITULO 9
Atravesé la oxidada verja que cercaba aquel manicomio donde sus locos ocupantes vagaban sin ningún tipo de sujeción y me adentré en el hediondo y tenebroso agujero mal ventilado que era mi hogar.
Cuando me disponía a subir las escaleras, una especie de mastodonte alto como una montaña trotó haciendo temblar todos los escalones por su desmesurado peso, atropellándome en su cobarde huida sin ni siquiera mirar atrás. Me costó un gran esfuerzo no perder el equilibrio después de semejante embestida, aquella mala bestia parecía estar poseída por el mismísmo diablo.
A penas pude apreciar su joven rostro descompuesto que buscaba freneticamente una salida como si la casa estuviera siendo desbastada por las llamas. Pero su fuerte olor corporal y sus oscuros ropajes, que usaba para camuflarse entre las tinieblas de su alma, no se borrarían tan fácilmente de mi memoria.
Deduje que aquel gigante de brazos largos y desproporcionados, sería uno de los dos inquilinos que aún me quedaban por conocer. El melancólico Franklyn, la embriagada Julia, el depravado David y en penúltimo lugar, un perturbado de nombre desconocido y dotado con una fuerza sobrenatural.
Sentí tal desasosiego que me costaba respirar. Pensé en mi madre y me arrepentí profundamente de no haberme despedido de ella. Indagué esperanzada en mi bolsillo en busca de mi medicación e inhalé dejando reposar aquellos milagrosos polvos en el interior de mis pulmones. Expulsé paulatinamente el aire experimentando una gran mejoría que me permitió tomar aire con normalidad.
Los nervios no beneficiaban en absoluto a mi enfermedad respiratoria pero las penosas y vacias existencias de los inquilinos de aquella casa no dejarían impasible a nadie. Todos y cada uno de ellos habían llegado allí arrastrados por un destino inapelable del que no pudieron escapar. Soñadores desilusionados, corazones consumidos y mentes atrofiadas que ya no regían con normalidad compartían las mismas cuatro paredes aparentemente en paz. Sacudí mi cabeza enérgicamente intentando expeler aquellos pensamientos y avancé por el angosto pasillo que parecía estrecharse más y más a medida que me aproximaba a mi habitación.
Abrí la puerta y un chillido desesperado -que conseguí ahogar con mi mano- se escapó silencioso entre mis dientes. Patricia estaba acomodada sobre la cama con las piernas cruzadas y con mi libreta de notas apresada entre sus enjutos dedos. La ojeaba entretenida como si estuviera leyendo un periódico o un buen libro de acción y estaba tan absorta que ni siquiera se percató de mi congelada presencia bajo el marco de la puerta. El moreno tono de mi piel se tornó escarlata, me abalancé sobre ella encolerizada y le arrebaté el cuadernillo de su poder sin darle opción a rechistar.
- ¿ Pero que demonios te pasa ? - gritó con una mezcla entre pavor y sorpresa.
- ¿ Qué que me pasa ? ¿ Quien te has creido que eres tú para urgar en mis cosas ? - grité exasperada mientras revisaba la libreta pasando las páginas compulsivamente para comprobar que todo estaba en su lugar.
Después de un interminable silencio me tranquilicé. Patricia no se había movido ni un milímetro y no se atrevía ni a levantar la cabeza. La ausencia de palabras empezaba a ser molesta y entonces, aprovechando aquella calma, reflexioné sobre mi actuación y llegué a la conclusión de que me había excedido en las maneras debido a toda la tensión acumulada semanas atrás. La joven Patricia había pagado toda mi amargura y mis preocupaciones. En aquel momento me sentí como el ser más abjecto y despreciable del mundo y rompí a llorar.
Ella -respetando nuestro voluntario mutismo- continuó sin articular sonido alguno, se acercó hacia mi y me rodeó con sus largos brazos, meciéndome como a una niña pequeña que pedía, a gritos inaludibles, el consuelo que tanto necesitaba.
Después de meses ocultando mis conjeturas, desconfiando de todo aquel que me rodeaba y mortificandome por no poder recordar, tenía la ocasión de compartir aquella pesada carga con alguien.
Cuando me encontré recompuesta y serena del todo, le conté a mi confidente el torbellino de sucesos que me habían impelido hasta la ciudad de Nueva York. Sus enormes ojos negros -abiertos casi tanto como su desajustada boca- revelaban su fascinación ante mi relato.
Patricia, lejos ahora de las ataduras de sus sobreprotectores y conservadores padres, veía ante ella la aventura que llevaba toda su vida esperando.
lunes, 23 de marzo de 2009
sábado, 21 de marzo de 2009
EN BUSCA DE ADAM BACKER
CAPITULO 8
El aeropuerto estaba a punto de reventar. Voces mecánicas difundiéndose por megafonía, el ruido de las desgastadas ruedas de los equipajes deslizándose por el suelo y un batallón de transeúntes uniformados de azul recorriendo el recinto de un lado para otro como si de un simulacro de emergencia se tratase.
Aguardé impaciente tras la cinta de seguridad que marcaba la trayectoria a seguir por los viajantes como si fueran un rebaño de carneros desorientados. Decenas de rostros exhaustos cruzaban la Puerta de Llegadas desordenadamente y aturullados. Decenas de pupilas rebuscaban entre la multitud a sus seres queridos y familiares. Pero solo un par de ojos impacientes, los míos, le rastreaban a él.
Los aturdidos corderos recién aterrizados continuaban esparciéndose por todo el perímetro y me empecé a inquietar al no divisarle por ninguna parte. Miré el reloj. Pasados tan solo dos minutos volví a comprobar la hora. El tiempo parecía haberse estancado en algún socavón del camino para jugarme una mala pasada.
Entonces supe que él no iba a aparecer y se hizo el silencio. Ya no percibía los avisos por el altavoz, ni los joviales recibimientos. Ni siquiera podía oirme a mí misma porque prefería no pensar ni en alto ni en bajo. Era menos doloroso no pensar en nada. No sentir nada. Adam Backer me había defraudado una vez más.
Me levanté empapada en un charco de sudor y lágrimas. La angustia era tan profunda que esta vez tuve claro que no había sido un simple sueño. Era un recuerdo tan mordaz y desgarrador que había conseguido arañar las paredes de mi alma, hiriéndolas tan profundo que era imposible que cauterizaran jamás.
Aún llorosa me levante sigilosamente para no despertar a mi compañera. Tanteé con las manos las paredes para no trastabillar con ningún obstáculo de los muchos que había por el suelo ya que mis ojos estaban cubiertos por lágrimas que me impedían ver con claridad.
Cogí los pantalones del día anterior y extraje la fotografía del bolsillo trasero. Contemplé pensativa su rostro angelical. No podía comprender como aquel hombre de mirada añil y transparente podía haberme causado tantísimo detrimento. Le odié con toda mi alma y rompí a llorar en silencio, engullí todo mi desasosiego vorazmente e intenté no atragantarme con tantísimo dolor.
El sonido de una lata siendo estrangulada cortó de cuajo mis gimoteos. La beoda de la casa ya había amanecido precoz como un gallo que de madrugaba comienza sus rutinarios salmos dándo gracias por un nuevo día de trabajo. La diferencia es que en aquella bendita vivienda nadie parecía desempeñar ningún oficio o al menos no uno corriente.
Patricia seguía durmiendo placidamente. El techo de aquel cuartucho se me caía encima -casi literalmente- así que decidí dar un paseo para ir conociendo la zona. Que mi orientación está atrofiada es más que sabido por todo aquel que me conoce, por lo que no estaba de más ir adelántandome teniendo en cuenta mi evidente deficiencia.
Abrí la verja plateada carcomida por las lluvias y la falta de cuidados y comencé a caminar sin prisa disfrutando del buen tiempo y la calma que allí reinaba. Al girar a la derecha divisé a Julia a pocos metros de mí. Retrocedí sobre mis pasos y me oculté tras la esquina para evitar ser descubierta. En casa me sentía protegida pero no tenía ningunas ganas de tener un encontronazo con mi masculina compañera de piso más allá de los frágiles muros de mi residencia. Se tambaleaba a cada paso, no sé si debido a los efectos del alcohol que recorría todo su insignificante cuerpo o por su afán de parecer un hombre de verdad. Iba cabizbaja y distraída, como si quisiera pasar desapercibida para no tropezarse con alguien en particular.
Entró en una pequeña tienda de alimentación-de las muchas que había en los alrededores- y a los pocos minutos salió con una bolsa de cartón que llevó a su sedienta boca en varias ocasiones. Debía habérsele acabado la bebida de su despensa -llena de cervezas, manzanas y arroz- y se vió empujada por el mono a salir a comprar.
Andó dirección a la "casa de los horrores" y pensé en dar la vuelta para no chocarme con ella pero entonces ví algo que me impulsó a quedarme agazapada tras aquella esquina.
Un niño de unos 6 años caminaba de la mano de su padre por la misma acera que Julia. La reacción del crío al verla fue verdaderamente lastimosa. En cuanto reconoció a la anciana se revolvió entre las protectoras manos de su padre en un intento desesperado por escapar y abrazarse a Julia. Su progenitor agarró con mas fuerza su pequeña mano que cada vez estaba más roja impidiéndole acudir a su encuentro. El niño lloraba con la boca totalmente abierta y los brazos extendidos. Era incapaz -debido al disgusto- de tragar saliba la cual se escapaba por la comisura de sus labios cuando balbuceaba entrecortadamente la palabra "yaya". Su llanto era histérico y descontrolado y no cesaba de retorcerse y tirarse al suelo negándose en rotundo a caminar. Las mucosidades que brotaban de los orificios de su pequeña nariz le daban un aspecto todavía más desvalido. Aquel espectáculo parecía no inmutar a ninguno de los caminantes (ni siquiera al propio padre) que daban por hecho que era una rabieta de niño malcriado.
Julia continuó su balanceo inestable sin mirar atrás desviándose por una callejuela. Prosiguió con la cabeza gacha y sus manos secas e hinchadas por el alcohol tapaban sus oidos mientras sacudía su cabeza violentamente intentando ausentarse de aquella situación. A pesar de la distancia, pude apreciar desde mi escondite su rostro roto de dolor.
Los chillidos y sollozos persistieron algunos minutos más hasta que la criatura, totalmente agotada, se quedó dormida en brazos de su padre que se alejó impertérrito de allí.
Después de semejante escena que había presenciado me dispuse a retomar mi paseo, pero esta vez con la mirada perdida y la mente ocupada con la imagen de una infeliz borracha de 69 años a la que la vida y su propio hijo, le habían dado la espalda.
El aeropuerto estaba a punto de reventar. Voces mecánicas difundiéndose por megafonía, el ruido de las desgastadas ruedas de los equipajes deslizándose por el suelo y un batallón de transeúntes uniformados de azul recorriendo el recinto de un lado para otro como si de un simulacro de emergencia se tratase.
Aguardé impaciente tras la cinta de seguridad que marcaba la trayectoria a seguir por los viajantes como si fueran un rebaño de carneros desorientados. Decenas de rostros exhaustos cruzaban la Puerta de Llegadas desordenadamente y aturullados. Decenas de pupilas rebuscaban entre la multitud a sus seres queridos y familiares. Pero solo un par de ojos impacientes, los míos, le rastreaban a él.
Los aturdidos corderos recién aterrizados continuaban esparciéndose por todo el perímetro y me empecé a inquietar al no divisarle por ninguna parte. Miré el reloj. Pasados tan solo dos minutos volví a comprobar la hora. El tiempo parecía haberse estancado en algún socavón del camino para jugarme una mala pasada.
Entonces supe que él no iba a aparecer y se hizo el silencio. Ya no percibía los avisos por el altavoz, ni los joviales recibimientos. Ni siquiera podía oirme a mí misma porque prefería no pensar ni en alto ni en bajo. Era menos doloroso no pensar en nada. No sentir nada. Adam Backer me había defraudado una vez más.
Me levanté empapada en un charco de sudor y lágrimas. La angustia era tan profunda que esta vez tuve claro que no había sido un simple sueño. Era un recuerdo tan mordaz y desgarrador que había conseguido arañar las paredes de mi alma, hiriéndolas tan profundo que era imposible que cauterizaran jamás.
Aún llorosa me levante sigilosamente para no despertar a mi compañera. Tanteé con las manos las paredes para no trastabillar con ningún obstáculo de los muchos que había por el suelo ya que mis ojos estaban cubiertos por lágrimas que me impedían ver con claridad.
Cogí los pantalones del día anterior y extraje la fotografía del bolsillo trasero. Contemplé pensativa su rostro angelical. No podía comprender como aquel hombre de mirada añil y transparente podía haberme causado tantísimo detrimento. Le odié con toda mi alma y rompí a llorar en silencio, engullí todo mi desasosiego vorazmente e intenté no atragantarme con tantísimo dolor.
El sonido de una lata siendo estrangulada cortó de cuajo mis gimoteos. La beoda de la casa ya había amanecido precoz como un gallo que de madrugaba comienza sus rutinarios salmos dándo gracias por un nuevo día de trabajo. La diferencia es que en aquella bendita vivienda nadie parecía desempeñar ningún oficio o al menos no uno corriente.
Patricia seguía durmiendo placidamente. El techo de aquel cuartucho se me caía encima -casi literalmente- así que decidí dar un paseo para ir conociendo la zona. Que mi orientación está atrofiada es más que sabido por todo aquel que me conoce, por lo que no estaba de más ir adelántandome teniendo en cuenta mi evidente deficiencia.
Abrí la verja plateada carcomida por las lluvias y la falta de cuidados y comencé a caminar sin prisa disfrutando del buen tiempo y la calma que allí reinaba. Al girar a la derecha divisé a Julia a pocos metros de mí. Retrocedí sobre mis pasos y me oculté tras la esquina para evitar ser descubierta. En casa me sentía protegida pero no tenía ningunas ganas de tener un encontronazo con mi masculina compañera de piso más allá de los frágiles muros de mi residencia. Se tambaleaba a cada paso, no sé si debido a los efectos del alcohol que recorría todo su insignificante cuerpo o por su afán de parecer un hombre de verdad. Iba cabizbaja y distraída, como si quisiera pasar desapercibida para no tropezarse con alguien en particular.
Entró en una pequeña tienda de alimentación-de las muchas que había en los alrededores- y a los pocos minutos salió con una bolsa de cartón que llevó a su sedienta boca en varias ocasiones. Debía habérsele acabado la bebida de su despensa -llena de cervezas, manzanas y arroz- y se vió empujada por el mono a salir a comprar.
Andó dirección a la "casa de los horrores" y pensé en dar la vuelta para no chocarme con ella pero entonces ví algo que me impulsó a quedarme agazapada tras aquella esquina.
Un niño de unos 6 años caminaba de la mano de su padre por la misma acera que Julia. La reacción del crío al verla fue verdaderamente lastimosa. En cuanto reconoció a la anciana se revolvió entre las protectoras manos de su padre en un intento desesperado por escapar y abrazarse a Julia. Su progenitor agarró con mas fuerza su pequeña mano que cada vez estaba más roja impidiéndole acudir a su encuentro. El niño lloraba con la boca totalmente abierta y los brazos extendidos. Era incapaz -debido al disgusto- de tragar saliba la cual se escapaba por la comisura de sus labios cuando balbuceaba entrecortadamente la palabra "yaya". Su llanto era histérico y descontrolado y no cesaba de retorcerse y tirarse al suelo negándose en rotundo a caminar. Las mucosidades que brotaban de los orificios de su pequeña nariz le daban un aspecto todavía más desvalido. Aquel espectáculo parecía no inmutar a ninguno de los caminantes (ni siquiera al propio padre) que daban por hecho que era una rabieta de niño malcriado.
Julia continuó su balanceo inestable sin mirar atrás desviándose por una callejuela. Prosiguió con la cabeza gacha y sus manos secas e hinchadas por el alcohol tapaban sus oidos mientras sacudía su cabeza violentamente intentando ausentarse de aquella situación. A pesar de la distancia, pude apreciar desde mi escondite su rostro roto de dolor.
Los chillidos y sollozos persistieron algunos minutos más hasta que la criatura, totalmente agotada, se quedó dormida en brazos de su padre que se alejó impertérrito de allí.
Después de semejante escena que había presenciado me dispuse a retomar mi paseo, pero esta vez con la mirada perdida y la mente ocupada con la imagen de una infeliz borracha de 69 años a la que la vida y su propio hijo, le habían dado la espalda.
miércoles, 11 de marzo de 2009
EN BUSCA DE ADAM BACKER
CAPITULO 7
A medida que mi confidente iba descubriéndome mi propia historia me quedaba más y más atónita, no sé si por el hecho de estar hablando con un completo desconocido que sabía más de mí que yo misma o si por el contenido tan significativo de sus revelaciones.
Me reconoció que recordaba con exactitud el día que nos vió aparecer a Sandra y a mí en el hotel, arrastrando con dificultad nuestras maletas y con el rostro demacrado por la falta de sueño. Esto me hizo sonreir ya que sus mejillas se tornaron sonrojadas como dos fresones despúes de aquella confesión. Por el énfasis que puso en sus palabras y por el brillo inconfundible de sus ojos, intuí que en algún momento del pasado debió sentir algo por mí más allá de una simple amistad.
A medida que iba desvelándome anécdotas de los dos meses que estuve allí hospedada fuí encajando algún que otro recuerdo como si de un puzzle de mil piezas se tratase. Aquellas rememoraciones escapaban de mi cabeza a borbotones y me era difícil poner orden en todo aquel caos.
No dudé en sacar de la mochila mi libreta y según me iba exponiendo lo sucedido, yo me apresuraba a escribir algunas observaciones y datos de interés. Cada palabra que salía de su boca me arrastraba al pasado y me obligaba a evocar aquel fatídico viaje que un día decidí olvidar.
Seguía sin tener ninguna imagen nítida de Adam en mi memoria, nada más allá de los datos que me había descubierto el recepcionista del hotel. Su información fue valiosa, pero no lo suficiente.
Al parecer, el año pasado viajé con la excusa de hacer un curso de inglés de dos meses, pero mi verdadero motivo era reecontrarme con mi gran amor que vivía en los Angeles, más concretamente en New Port Beach.
El barrio de Manhattan, su aroma y los relatos de Miguel me fueron de gran ayuda para ir hilando alguno de mis recuerdos que habían querido salir a la luz mediante sueños e incluso pesadillas. Las visiones de aquella habitacíon de hotel cobraban ahora algún sentido, ya que la 1469 fue mi hogar durante dos meses.
En cuanto al viaje a Los Ángeles, también encajaba en la historia de Miguel y en el mensaje de móvil. En un principio yo iba a coger un vuelo Nueva York-Los Ángeles que el mismo Adam me había comprado. Pero según me dijo Miguel no era la primera vez que me mentía y para eliminar cualquier rastro de duda, le pedí que comprobara el supuesto vuelo desde el ordenador del hotel. Sólo hicieron falta un par de minutos para darme cuenta de que aquel billete era una farsa, una más de las múltiples que utilizó. Hasta el momento, la única verdad sobre Adam Backer es que era un tremendo embustero.
Continuamos nuestra provechosa charla en la cafetería, intercalando el tema que me concernía y otros asuntos más livianos que me arrancaron alguna que otra risotada. Estaba realmente agusto en su compañía.
Miguel es un muchacho de piel descafeinada, bajito y no muy agraciado fisicamente la verdad. Cuando se acercó a la barra a por una tercera taza de chocolate, me fijé en sus ademanes rudos y algo torpes. Su apariencia es la de un hombre tosco y carente de delicadeza, pero realmente es tierno y paternal.
Sus rasgos faciales no son del todo desagradables, tiene la punta de la nariz redondeada, los ojos negros y diminutos y una blanca sonrisa que iluminaba su cara. Su ancho y corto cuello se escondía por debajo de la camisa del uniforme y sus manos de dedos gruesos, se debatían constantemente entre si tocar las mías o continuar sobre su taza de chocolate que ya había dejado de humear.
Me puso al día en cuanto a sus estudios universitarios y que estaba a punto de finalizar y su trabajo en el hotel por las tardes. Aparentaba ser una persona responsable y luchadora que había pasado muchas penurias hasta llegar a Estados Unidos donde por primera vez en su vida tuvo la oportunidad de volver a empezar.
También acabó por admitir después de muchos rodeos y preguntas esquivadas, que seguía viviendo con su novia Cristina*, la misma muchacha dominicana con la que empezó a salir al emigrar hace varios años. Cuando me hablaba de ella bajaba la mirada tanto que llegaba a rozar el suelo y le noté algo incómodo. Por su manera de expresarse se notaba que debía quererla mucho, aunque más bien parecía que hablase de una hermana que de una mujer de la que estuviera locamente enamorado.
Algún paso había avanzado en mi investigación. Adam y yo habíamos tenido un idilio pero -hasta donde sabía Miguel- jamás llegamos a vernos en tierras americanas y desconocía el porqué de sus evasivas. Apenado me contó como después de sus reiteradas mentiras y excusas me fui desilusionando poco a poco, aunque yo estaba tan cegada que me negaba a ver la realidad que todos me repetían incansablemente.
- No tienes idea de lo mucho que me alegra verte así de bien. Nunca más supe de ti y como te marchaste a España una semana antes pués no pudimos despedirnos. -dijo un tanto compungido.
-¿ Y porqué motivo adelanté mi vuelta ?- pregunté mirándole a los ojos temiendo su respuesta.
- No lo sé. La última vez que nos vimos, estabas llorando mientras hablabas desde una cabina telefónica del hotel. Sollozabas sin consuelo mientras le contabas a alguien que te habías enterado de toda la verdad sobre él, una verdad imposible de creer - contaba Miguel sin cambiar aquel gesto de tristeza. Realmente parecía apenado por todo aquello que me pasó. Se mostró sincero en su relato, aunque a esas alturas del trayecto sentía que ya no confiar completamente en nadie.
"Una verdad imposible de creer". No podía dejar de repetirme aquellas palabras que embestían mi cabeza durante todo el camino de vuelta a casa. Después de aquella conversación pude entender porqué al mirar aquella fotografía que siempre llevaba conmigo, algo en mí se removía irracionalmente. Aquel hombre me había roto el corazón.
Seguía sin saber verdaderamente quien era él, porqué me engañó y que se escondía tras toda aquella serie de mentiras y ocultaciones que giraban entorno a nuestra desconocida relación.
Después de tanto esfuerzo para llegar hasta allí y de todo lo que había dejado atrás en Madrid, tenía que seguir indagando sobre la verdad, y que mejor manera de hacerlo que llegando hasta el mismísimo Adam Backer.
A medida que mi confidente iba descubriéndome mi propia historia me quedaba más y más atónita, no sé si por el hecho de estar hablando con un completo desconocido que sabía más de mí que yo misma o si por el contenido tan significativo de sus revelaciones.
Me reconoció que recordaba con exactitud el día que nos vió aparecer a Sandra y a mí en el hotel, arrastrando con dificultad nuestras maletas y con el rostro demacrado por la falta de sueño. Esto me hizo sonreir ya que sus mejillas se tornaron sonrojadas como dos fresones despúes de aquella confesión. Por el énfasis que puso en sus palabras y por el brillo inconfundible de sus ojos, intuí que en algún momento del pasado debió sentir algo por mí más allá de una simple amistad.
A medida que iba desvelándome anécdotas de los dos meses que estuve allí hospedada fuí encajando algún que otro recuerdo como si de un puzzle de mil piezas se tratase. Aquellas rememoraciones escapaban de mi cabeza a borbotones y me era difícil poner orden en todo aquel caos.
No dudé en sacar de la mochila mi libreta y según me iba exponiendo lo sucedido, yo me apresuraba a escribir algunas observaciones y datos de interés. Cada palabra que salía de su boca me arrastraba al pasado y me obligaba a evocar aquel fatídico viaje que un día decidí olvidar.
Seguía sin tener ninguna imagen nítida de Adam en mi memoria, nada más allá de los datos que me había descubierto el recepcionista del hotel. Su información fue valiosa, pero no lo suficiente.
Al parecer, el año pasado viajé con la excusa de hacer un curso de inglés de dos meses, pero mi verdadero motivo era reecontrarme con mi gran amor que vivía en los Angeles, más concretamente en New Port Beach.
El barrio de Manhattan, su aroma y los relatos de Miguel me fueron de gran ayuda para ir hilando alguno de mis recuerdos que habían querido salir a la luz mediante sueños e incluso pesadillas. Las visiones de aquella habitacíon de hotel cobraban ahora algún sentido, ya que la 1469 fue mi hogar durante dos meses.
En cuanto al viaje a Los Ángeles, también encajaba en la historia de Miguel y en el mensaje de móvil. En un principio yo iba a coger un vuelo Nueva York-Los Ángeles que el mismo Adam me había comprado. Pero según me dijo Miguel no era la primera vez que me mentía y para eliminar cualquier rastro de duda, le pedí que comprobara el supuesto vuelo desde el ordenador del hotel. Sólo hicieron falta un par de minutos para darme cuenta de que aquel billete era una farsa, una más de las múltiples que utilizó. Hasta el momento, la única verdad sobre Adam Backer es que era un tremendo embustero.
Continuamos nuestra provechosa charla en la cafetería, intercalando el tema que me concernía y otros asuntos más livianos que me arrancaron alguna que otra risotada. Estaba realmente agusto en su compañía.
Miguel es un muchacho de piel descafeinada, bajito y no muy agraciado fisicamente la verdad. Cuando se acercó a la barra a por una tercera taza de chocolate, me fijé en sus ademanes rudos y algo torpes. Su apariencia es la de un hombre tosco y carente de delicadeza, pero realmente es tierno y paternal.
Sus rasgos faciales no son del todo desagradables, tiene la punta de la nariz redondeada, los ojos negros y diminutos y una blanca sonrisa que iluminaba su cara. Su ancho y corto cuello se escondía por debajo de la camisa del uniforme y sus manos de dedos gruesos, se debatían constantemente entre si tocar las mías o continuar sobre su taza de chocolate que ya había dejado de humear.
Me puso al día en cuanto a sus estudios universitarios y que estaba a punto de finalizar y su trabajo en el hotel por las tardes. Aparentaba ser una persona responsable y luchadora que había pasado muchas penurias hasta llegar a Estados Unidos donde por primera vez en su vida tuvo la oportunidad de volver a empezar.
También acabó por admitir después de muchos rodeos y preguntas esquivadas, que seguía viviendo con su novia Cristina*, la misma muchacha dominicana con la que empezó a salir al emigrar hace varios años. Cuando me hablaba de ella bajaba la mirada tanto que llegaba a rozar el suelo y le noté algo incómodo. Por su manera de expresarse se notaba que debía quererla mucho, aunque más bien parecía que hablase de una hermana que de una mujer de la que estuviera locamente enamorado.
Algún paso había avanzado en mi investigación. Adam y yo habíamos tenido un idilio pero -hasta donde sabía Miguel- jamás llegamos a vernos en tierras americanas y desconocía el porqué de sus evasivas. Apenado me contó como después de sus reiteradas mentiras y excusas me fui desilusionando poco a poco, aunque yo estaba tan cegada que me negaba a ver la realidad que todos me repetían incansablemente.
- No tienes idea de lo mucho que me alegra verte así de bien. Nunca más supe de ti y como te marchaste a España una semana antes pués no pudimos despedirnos. -dijo un tanto compungido.
-¿ Y porqué motivo adelanté mi vuelta ?- pregunté mirándole a los ojos temiendo su respuesta.
- No lo sé. La última vez que nos vimos, estabas llorando mientras hablabas desde una cabina telefónica del hotel. Sollozabas sin consuelo mientras le contabas a alguien que te habías enterado de toda la verdad sobre él, una verdad imposible de creer - contaba Miguel sin cambiar aquel gesto de tristeza. Realmente parecía apenado por todo aquello que me pasó. Se mostró sincero en su relato, aunque a esas alturas del trayecto sentía que ya no confiar completamente en nadie.
"Una verdad imposible de creer". No podía dejar de repetirme aquellas palabras que embestían mi cabeza durante todo el camino de vuelta a casa. Después de aquella conversación pude entender porqué al mirar aquella fotografía que siempre llevaba conmigo, algo en mí se removía irracionalmente. Aquel hombre me había roto el corazón.
Seguía sin saber verdaderamente quien era él, porqué me engañó y que se escondía tras toda aquella serie de mentiras y ocultaciones que giraban entorno a nuestra desconocida relación.
Después de tanto esfuerzo para llegar hasta allí y de todo lo que había dejado atrás en Madrid, tenía que seguir indagando sobre la verdad, y que mejor manera de hacerlo que llegando hasta el mismísimo Adam Backer.
domingo, 8 de marzo de 2009
EN BUSCA DE ADAM BACKER
CAPITULO 6
No fue necesario inventarme una buena excusa para justificar que estaría toda la tarde por mi cuenta y así poder ir al hotel. Patricia no hizo muchas preguntas ya que su prima -que también había viajado allí- quería que se viesen para tomar algo.
Después de informarme en internet sobre su ubicación me dirigí hacia el tren "L" downtown dirección al conocido barrio de Manhattan. Nada más bajar a las profundidades del metro noté como aquel ambiente cargado obstaculizaba mis pulmones. Para un asmático, estar bajo tierra es una trampa mortal, pero el sótano de una ciudad tan monstruosa como aquella suponía pasar un rato de lo mas angustiante. Respiré hondo y continué mi descenso a los infiernos.
Hacía un calor insoportable y a pesar de mi atuendo bastante ligero, sentía que el sudor brotaba por los poros de mi piel impregnándose en mi camiseta.
Me dió la sensación de que en aquella ciudad siempre era hora punta. La masa de gente de todas las edades, colores y estilos se movía acompasada por los pasillos como si de una marcha militar se tratase. Era lo más parecido a una estampida urbana, incluido por el riesgo de caer y ser arollado sin ningún tipo de escrúpulo por cientos de zapatos que no pensaban detenerse ante nada ni nadie.
Avisté un asiento a pocos metros de mí y me lancé hacia él cruzando los dedos para que nadie se adelantase. Una inmensa mujer africana se interpusó en mi camino empujándome con su corpulente brazo para después arrebatarme el sitio en mis propias narices. Me miró triunfante y se acomodó en su trofeo desplazando a los demás viajeros con las sacudidas de su orondas posaderas.
Me agarré a la barra de seguridad e hice verdaderos esfuerzos para no pensar en el bochorno que hacía, en los olores desagradables y en mis burbujeantes pies que se estaban cociendo dentro de mis zapatillas.
Cuando a penas quedaban cinco paradas para llegar a mi destino un chico mestizo muy atractivo me ofreció su plaza muy amablemente y yo la acepté sin pestañear. Observando aquel vagón me di cuenta de la diversidad de culturas que allí coexistían. Las uniones de diferentes razas estaban a la orden del día, y el resultado de aquella mezcolanza eran nuevas generaciones con rasgos mucho más espectaculares que los de sus progenitores.
Un niño pequeño y su hermano mayor deleitaron a los pasajeros con toques de tambor y un baile de lo más pegadizo. El menor de los dos pasaba un sombrero de copa lleno de dólares y regalaba piropos a las mujeres que encantadas le hacían carantoñas mientras desembolsaban su aportación. Entretenida con aquel espectáculo, me había olvidado por completo de fijarme en la parada y tuve que salir disparada para no quedarme atrapada en aquel cocedero.
Salí a la superficie y una vez allí pregunté por la ubicación exacta del hotel ya que olvidé apuntar la dirección cuando lo consulté en internet. Me fijé en una mujer joven rubia que llevaba un portafolios y pensé que quizás trabajara cerca y conociera la zona.
- Disculpe, ¿ sabría indicarme donde queda el New Yorker Hotel ? - pregunté sonriente.
- Sí, está a dos calles, cerca del Madison Square Garden, en la calle 34 con la 8ª avenida. -me contestó sin a penas mirarme y sin aminorar su marcha. Le di las gracias y me puse en camino a la vez que me rompía los sesos intentando averiguar de que me sonaban tantísimo aquellos dos números juntos. Miré el reloj y al ver la chapita de la pulsera de colores que colgaba de mi muñeca caí en la cuenta. Mi amiga Sandra había creado meses atrás una firma de joyas llamada "34st8av" pero jamás me había dicho de donde surgió la idea de aquel logotipo y ahora entendía el porqué. No podía confiar en nadie, ni siquiera en mis propios recuerdos que jugaban a emborronarse cada dos por tres.
En el corto trecho que anduve me encontré con varios puestos de brochetas de pollo. Aquel olor no solo disparó mis jugos gástricos, sino también mi debilitada memoria.
Seguí al pie de la letra las indicaciones y en cinco minutos me planté en las doradas puertas giratorias de la monumental entrada del hotel. Una sensación de emoción me invadió por dentro hasta estallar en una carcajada histérica difícil de controlar y entonces empecé a entender algunas cosas. Yo había vivido allí.
Quise avanzar pero mis piernas no respondían. Sabía que tras esas paredes podría encontrarme algo que no me gustara. Saque la foto -que siempre llevaba conmigo- del bolsillo del pantalón, la miré durante unos segundos y me introduje en el espacio de la puerta dejándome llevar por el movimiento de las otras personas que rotaban conmigo.
Me quedé paralizada entre la multitud de gente hasta que un empujón que me propinó un desconsiderado que pasaba por allí me hizo reaccionar. No me hizo falta preguntar en la recepción por Miguel ya que él no tardó en encontrarme a mí.
- ¡ Muñeca !, no me lo puedo creer dios mío... ¡ eres tú ! - exclamó mientras me abrazaba y levantaba mi cuerpo del suelo hasta que dejé de tocarlo con los pies.
- ¿ Miguel ?...- pregunté dubitativa.
- ¿ Quien si no ?, que pronto se olvidan ustedes las españolas de los buenos dominicanos que las cuidan cuando tienen fiebre y echan de menos a su mamá. - me dijo con mucha ternura mientras me acariciaba la mejilla.
No hicieron falta muchas palabras para que Miguel se diera cuenta de que yo no recordaba nada. Al principio le costaba creerse que no le reconociera, pero cuando vio mi gesto de preocupación y mi cara descompuesta por los nervios supo que todo era verdad. Me invitó a una taza de chocolate caliente y mientras me agarraba cariñoso de la mano empezó a narrarme la historia con todo lujo de detalles. Yo era consciente de que aquellas lagunas en mi memoria me hacían vulnerable y esto me atemorizaba, pero algo en mi interior me incitó a confiar en él.
No fue necesario inventarme una buena excusa para justificar que estaría toda la tarde por mi cuenta y así poder ir al hotel. Patricia no hizo muchas preguntas ya que su prima -que también había viajado allí- quería que se viesen para tomar algo.
Después de informarme en internet sobre su ubicación me dirigí hacia el tren "L" downtown dirección al conocido barrio de Manhattan. Nada más bajar a las profundidades del metro noté como aquel ambiente cargado obstaculizaba mis pulmones. Para un asmático, estar bajo tierra es una trampa mortal, pero el sótano de una ciudad tan monstruosa como aquella suponía pasar un rato de lo mas angustiante. Respiré hondo y continué mi descenso a los infiernos.
Hacía un calor insoportable y a pesar de mi atuendo bastante ligero, sentía que el sudor brotaba por los poros de mi piel impregnándose en mi camiseta.
Me dió la sensación de que en aquella ciudad siempre era hora punta. La masa de gente de todas las edades, colores y estilos se movía acompasada por los pasillos como si de una marcha militar se tratase. Era lo más parecido a una estampida urbana, incluido por el riesgo de caer y ser arollado sin ningún tipo de escrúpulo por cientos de zapatos que no pensaban detenerse ante nada ni nadie.
Avisté un asiento a pocos metros de mí y me lancé hacia él cruzando los dedos para que nadie se adelantase. Una inmensa mujer africana se interpusó en mi camino empujándome con su corpulente brazo para después arrebatarme el sitio en mis propias narices. Me miró triunfante y se acomodó en su trofeo desplazando a los demás viajeros con las sacudidas de su orondas posaderas.
Me agarré a la barra de seguridad e hice verdaderos esfuerzos para no pensar en el bochorno que hacía, en los olores desagradables y en mis burbujeantes pies que se estaban cociendo dentro de mis zapatillas.
Cuando a penas quedaban cinco paradas para llegar a mi destino un chico mestizo muy atractivo me ofreció su plaza muy amablemente y yo la acepté sin pestañear. Observando aquel vagón me di cuenta de la diversidad de culturas que allí coexistían. Las uniones de diferentes razas estaban a la orden del día, y el resultado de aquella mezcolanza eran nuevas generaciones con rasgos mucho más espectaculares que los de sus progenitores.
Un niño pequeño y su hermano mayor deleitaron a los pasajeros con toques de tambor y un baile de lo más pegadizo. El menor de los dos pasaba un sombrero de copa lleno de dólares y regalaba piropos a las mujeres que encantadas le hacían carantoñas mientras desembolsaban su aportación. Entretenida con aquel espectáculo, me había olvidado por completo de fijarme en la parada y tuve que salir disparada para no quedarme atrapada en aquel cocedero.
Salí a la superficie y una vez allí pregunté por la ubicación exacta del hotel ya que olvidé apuntar la dirección cuando lo consulté en internet. Me fijé en una mujer joven rubia que llevaba un portafolios y pensé que quizás trabajara cerca y conociera la zona.
- Disculpe, ¿ sabría indicarme donde queda el New Yorker Hotel ? - pregunté sonriente.
- Sí, está a dos calles, cerca del Madison Square Garden, en la calle 34 con la 8ª avenida. -me contestó sin a penas mirarme y sin aminorar su marcha. Le di las gracias y me puse en camino a la vez que me rompía los sesos intentando averiguar de que me sonaban tantísimo aquellos dos números juntos. Miré el reloj y al ver la chapita de la pulsera de colores que colgaba de mi muñeca caí en la cuenta. Mi amiga Sandra había creado meses atrás una firma de joyas llamada "34st8av" pero jamás me había dicho de donde surgió la idea de aquel logotipo y ahora entendía el porqué. No podía confiar en nadie, ni siquiera en mis propios recuerdos que jugaban a emborronarse cada dos por tres.
En el corto trecho que anduve me encontré con varios puestos de brochetas de pollo. Aquel olor no solo disparó mis jugos gástricos, sino también mi debilitada memoria.
Seguí al pie de la letra las indicaciones y en cinco minutos me planté en las doradas puertas giratorias de la monumental entrada del hotel. Una sensación de emoción me invadió por dentro hasta estallar en una carcajada histérica difícil de controlar y entonces empecé a entender algunas cosas. Yo había vivido allí.
Quise avanzar pero mis piernas no respondían. Sabía que tras esas paredes podría encontrarme algo que no me gustara. Saque la foto -que siempre llevaba conmigo- del bolsillo del pantalón, la miré durante unos segundos y me introduje en el espacio de la puerta dejándome llevar por el movimiento de las otras personas que rotaban conmigo.
Me quedé paralizada entre la multitud de gente hasta que un empujón que me propinó un desconsiderado que pasaba por allí me hizo reaccionar. No me hizo falta preguntar en la recepción por Miguel ya que él no tardó en encontrarme a mí.
- ¡ Muñeca !, no me lo puedo creer dios mío... ¡ eres tú ! - exclamó mientras me abrazaba y levantaba mi cuerpo del suelo hasta que dejé de tocarlo con los pies.
- ¿ Miguel ?...- pregunté dubitativa.
- ¿ Quien si no ?, que pronto se olvidan ustedes las españolas de los buenos dominicanos que las cuidan cuando tienen fiebre y echan de menos a su mamá. - me dijo con mucha ternura mientras me acariciaba la mejilla.
No hicieron falta muchas palabras para que Miguel se diera cuenta de que yo no recordaba nada. Al principio le costaba creerse que no le reconociera, pero cuando vio mi gesto de preocupación y mi cara descompuesta por los nervios supo que todo era verdad. Me invitó a una taza de chocolate caliente y mientras me agarraba cariñoso de la mano empezó a narrarme la historia con todo lujo de detalles. Yo era consciente de que aquellas lagunas en mi memoria me hacían vulnerable y esto me atemorizaba, pero algo en mi interior me incitó a confiar en él.
sábado, 7 de marzo de 2009
EN BUSCA DE ADAM BACKER
CAPITULO 5
Cuando regresé a la habitación Patricia ya no estaba durmiendo y en el baño se escuchaba el trajín mañanero típico de alguien recién levantado.
Con la intención de hacer tiempo me dispuse a vaciar mi maleta -o al menos en su mayor parte- para así evitar que algunos vestidos con telas delicadas se echaran a perder. Le tocó el turno a uno negro de seda muy elegante que aún llevaba colgando la etiqueta. En aquel momento -y por primera vez desde que aterricé- eché de menos a Francisco*, quien muy a regañadientes me lo había regalado semanas antes. Al recordar su quebradiza voz pidiéndome que no me fuese se me colocó un incómodo nudo en el estómago que me impedía respirar con normalidad.
Intenté alejar esos pensamientos y continué acomodando la ropa en aquel pequeño armario de puerta corrediza. Introduje la mano en un bolsillo interno de la maleta y allí encontré varios dolares de mi anterior viaje a Nueva York. Continué escarbando hasta que mi mano se topó con algo consistente y pequeño. Era un teléfono móvil de diseño más que sencillo, arcaico diría yo y presentí que no era la primera vez que estaba entre mis manos.
Presioné un botón durante unos segundos y la pantalla se iluminó dando aviso de que le quedaba poca batería. Después de comprobar que el cargador no se encontraba en la maleta, revisé con prisa el buzón de entrada. Había unos veinte mensajes de texto y no me hizo falta leerlos todos para saber que iban dirigidos para mí.
Después de la euforia por mi nuevo descubrimiento, llegó una profunda desilusión al darme cuenta de que no había ninguno de Adam. Otro aviso de batería baja hizo que me apresurara a leer cada uno de ellos con la idea de encontrar algún hilo del que poder tirar.
En su gran mayoría eran de Ronny y Miguel, aunque sus nombres a priori no me decían absolutamente nada. Me paré en uno en concreto que me llamó la atención:
" Lo siento linda, he revisado desde el New Yorker Hotel* el número de vuelo que me diste y estoy completamente seguro de que no existe, le faltan dos dígitos al código del localizador. Lo siento de corazón. Un abrazo. Miguel "
Me quedé perpleja durante unos segundos. Me concentré con todas mis fuerzas y saqué mi libreta de notas. Un intenso dolor de cabeza me presionaba las sienes, casi me impedía leer aquellas letras que se nublaban y parecían simples pintarrajos, pero continué haciéndolo. Las taquicardias aumentaban y una quemazón en el lado izquierdo del pecho me impedía escribir con una correcta caligrafía. De repente la luz se apagó y el dolor se esfumó por completo.
Un contundente manotazo en la cara me hizo despertar. Poco a poco volví en mí y y me dí cuenta de que una vez más había perdido el conocimiento.
- ¿ Estás bien ?, me has dado un susto de muerte tía - exclamó Patricia que estaba más pálida de lo normal.
- Estoy perfectamente. Me suele ocurrir desde hace un año más o menos. - me justifiqué con tono relajado para intentar quitarle el miedo de encima.
- ¿ Y este móvil tan cochambroso ? - fisgoneó mientras lo toqueteaba dispuesta a hurgar en su interior. Entonces se lo arrebaté de las manos con una sonrisa postiza y cambié radicalmente de tema.
Alguien golpeó dos veces la puerta sobresaltándonos a ambas y haciéndonos olvidar por el momento el tema del móvil.
Salté de la cama aún con las piernas temblorosas y abrí la puerta. Era María, La Casera. LLevaba unas mallas color fucsia tan ajustadas que se le marcababa cada curva de su voluminosa anatomía. La celulitis cubría sus muslos dejándose ver a través de la fina tela que contrastaba con el color de su oscura piel, haciendo imposible que pasara desapercibida con semejante indumentaria.
Esta vez llevaba el pelo suelto y parecía aún más joven que la primera vez que la ví a pesar de las arrugas que se marcaban en su entrecejo debido al gesto de enfado que traía.
- Buenos días María, ¿ Cómo está ? - le preguntó cortesmente Patricia.
- Buenos días serán para usted lindura. Yo no he pegado ojo gracias a su alboroto de anoche. - añadió acusante mientras sus enormes ojos negros nos sentenciaban sin darnos lugar a ningún tipo de justificación. Su recriminante dedo índice apuntó hacia nosotras y su enorme boca se abrió sin llegar a articular palabra debido a la intromisión de mi compañera.
- Disculpe María pero no sé de que demonios me está hablando... - saltó Patricia cuyo rostró se empezó a desencajar de su sitio.
- Ayer de madrugaba no paraban de dar golpes en el piso, dejar caer cosas y andar de un lado para otro de la habitación... mi dormitorio está justamente encima del suyo y como comprenderán, mi pobre Alfonso no pudo pegar ojo en toda la noche y trabaja doce horas al día conduciendo un camión. Estas casas tienen las paredes bien finas y se oye todo, les ruego mamitas que tengan más cuidado o tendrán que largarse de aquí. Esta es una casa decente. - finalizó María sin darnos opción a contestar ya que se dió media vuelta y salió de la habitación indignada y musitando sola.
Quedaba claro que nuestra estancia en aquella peculiar casa del barrio de Broocklyn no iba a ser sencilla ni agradable, lo más acertado sería intentar pasar el menor tiempo allí e intentar esquivar en la medida de lo posible a sus desequilibrados habitantes.
Mientras nos preparábamos para salir a dar un paseo pensaba en el mensaje de Miguel. Había pocas posibilidades de que en aquel hotel me dieran algún dato sobre él y como encontrarle, pero tenía que intentarlo esa misma tarde. Tenía el presentimiento de que aquel vuelo fantasma de mis sueños estaba relacionado con Adam y Miguel seguramente podría ayudarme a recordar.
No veía el momento de atravesar las puertas del New Yorker Hotel.
Cuando regresé a la habitación Patricia ya no estaba durmiendo y en el baño se escuchaba el trajín mañanero típico de alguien recién levantado.
Con la intención de hacer tiempo me dispuse a vaciar mi maleta -o al menos en su mayor parte- para así evitar que algunos vestidos con telas delicadas se echaran a perder. Le tocó el turno a uno negro de seda muy elegante que aún llevaba colgando la etiqueta. En aquel momento -y por primera vez desde que aterricé- eché de menos a Francisco*, quien muy a regañadientes me lo había regalado semanas antes. Al recordar su quebradiza voz pidiéndome que no me fuese se me colocó un incómodo nudo en el estómago que me impedía respirar con normalidad.
Intenté alejar esos pensamientos y continué acomodando la ropa en aquel pequeño armario de puerta corrediza. Introduje la mano en un bolsillo interno de la maleta y allí encontré varios dolares de mi anterior viaje a Nueva York. Continué escarbando hasta que mi mano se topó con algo consistente y pequeño. Era un teléfono móvil de diseño más que sencillo, arcaico diría yo y presentí que no era la primera vez que estaba entre mis manos.
Presioné un botón durante unos segundos y la pantalla se iluminó dando aviso de que le quedaba poca batería. Después de comprobar que el cargador no se encontraba en la maleta, revisé con prisa el buzón de entrada. Había unos veinte mensajes de texto y no me hizo falta leerlos todos para saber que iban dirigidos para mí.
Después de la euforia por mi nuevo descubrimiento, llegó una profunda desilusión al darme cuenta de que no había ninguno de Adam. Otro aviso de batería baja hizo que me apresurara a leer cada uno de ellos con la idea de encontrar algún hilo del que poder tirar.
En su gran mayoría eran de Ronny y Miguel, aunque sus nombres a priori no me decían absolutamente nada. Me paré en uno en concreto que me llamó la atención:
" Lo siento linda, he revisado desde el New Yorker Hotel* el número de vuelo que me diste y estoy completamente seguro de que no existe, le faltan dos dígitos al código del localizador. Lo siento de corazón. Un abrazo. Miguel "
Me quedé perpleja durante unos segundos. Me concentré con todas mis fuerzas y saqué mi libreta de notas. Un intenso dolor de cabeza me presionaba las sienes, casi me impedía leer aquellas letras que se nublaban y parecían simples pintarrajos, pero continué haciéndolo. Las taquicardias aumentaban y una quemazón en el lado izquierdo del pecho me impedía escribir con una correcta caligrafía. De repente la luz se apagó y el dolor se esfumó por completo.
Un contundente manotazo en la cara me hizo despertar. Poco a poco volví en mí y y me dí cuenta de que una vez más había perdido el conocimiento.
- ¿ Estás bien ?, me has dado un susto de muerte tía - exclamó Patricia que estaba más pálida de lo normal.
- Estoy perfectamente. Me suele ocurrir desde hace un año más o menos. - me justifiqué con tono relajado para intentar quitarle el miedo de encima.
- ¿ Y este móvil tan cochambroso ? - fisgoneó mientras lo toqueteaba dispuesta a hurgar en su interior. Entonces se lo arrebaté de las manos con una sonrisa postiza y cambié radicalmente de tema.
Alguien golpeó dos veces la puerta sobresaltándonos a ambas y haciéndonos olvidar por el momento el tema del móvil.
Salté de la cama aún con las piernas temblorosas y abrí la puerta. Era María, La Casera. LLevaba unas mallas color fucsia tan ajustadas que se le marcababa cada curva de su voluminosa anatomía. La celulitis cubría sus muslos dejándose ver a través de la fina tela que contrastaba con el color de su oscura piel, haciendo imposible que pasara desapercibida con semejante indumentaria.
Esta vez llevaba el pelo suelto y parecía aún más joven que la primera vez que la ví a pesar de las arrugas que se marcaban en su entrecejo debido al gesto de enfado que traía.
- Buenos días María, ¿ Cómo está ? - le preguntó cortesmente Patricia.
- Buenos días serán para usted lindura. Yo no he pegado ojo gracias a su alboroto de anoche. - añadió acusante mientras sus enormes ojos negros nos sentenciaban sin darnos lugar a ningún tipo de justificación. Su recriminante dedo índice apuntó hacia nosotras y su enorme boca se abrió sin llegar a articular palabra debido a la intromisión de mi compañera.
- Disculpe María pero no sé de que demonios me está hablando... - saltó Patricia cuyo rostró se empezó a desencajar de su sitio.
- Ayer de madrugaba no paraban de dar golpes en el piso, dejar caer cosas y andar de un lado para otro de la habitación... mi dormitorio está justamente encima del suyo y como comprenderán, mi pobre Alfonso no pudo pegar ojo en toda la noche y trabaja doce horas al día conduciendo un camión. Estas casas tienen las paredes bien finas y se oye todo, les ruego mamitas que tengan más cuidado o tendrán que largarse de aquí. Esta es una casa decente. - finalizó María sin darnos opción a contestar ya que se dió media vuelta y salió de la habitación indignada y musitando sola.
Quedaba claro que nuestra estancia en aquella peculiar casa del barrio de Broocklyn no iba a ser sencilla ni agradable, lo más acertado sería intentar pasar el menor tiempo allí e intentar esquivar en la medida de lo posible a sus desequilibrados habitantes.
Mientras nos preparábamos para salir a dar un paseo pensaba en el mensaje de Miguel. Había pocas posibilidades de que en aquel hotel me dieran algún dato sobre él y como encontrarle, pero tenía que intentarlo esa misma tarde. Tenía el presentimiento de que aquel vuelo fantasma de mis sueños estaba relacionado con Adam y Miguel seguramente podría ayudarme a recordar.
No veía el momento de atravesar las puertas del New Yorker Hotel.
viernes, 6 de marzo de 2009
EN BUSCA DE ADAM BACKER. CAPITULO IV
La incesante claridad de un nuevo día se colaba persistentemente por las ventanas de la habitación. El pañuelo -que usaba para protegerme de ella- estaba descolocado después de una larga noche en la que no dejé de revolverme a juzgar por la posición de la manta que se enredaba entre mis piernas.
Me giré desubicada e hice un gran esfuerzo por abrir los ojos mientras los protegía con la palma de mi mano para suavizar los efectos de la luz.
Observé a Patricia roncando suavemente y con la boca tan abierta que podía apreciar algún que otro empaste en su dentadura bien alineada. Aquella desconocida había pasado de ser una compañera de clase como otra cualquiera a una auténtica aliada, aún sin ella saberlo todavía.Me quedé unos minutos mirándola con detenimiento.
Sus rasgos eran muy duros y exagerados y su palidez le daba un aspecto un tanto siniestro al contrastar con su pelo negro. Tenía un atractivo muy exótico que por lo poco que pude apreciar, volvía locos a los hombres.
Me puse boca arriba e intenté relajarme ya que daba por hecho que dormir sería imposible. En ese momentó recordé que había soñado con Adam una vez más, aunque no recordaba el qué. A medida que pasaban las semanas y sus respectivas noches, iba recapitulando más detalles. Tomé la decisión meses atrás de ir anotándolos en una libreta para así no olvidarme de nada, pero por más que releía mis garabatos no parecían cobrar sentido alguno. Habitaciones de hotel, vuelos inexistentes y el rostro de un hombre que se desvanecía en mi memoria. En ocasiones, me era difícil distinguir entre los recuerdos y los sueños y eso me inquietaba.
La única persona en la que podía confiar en este tema era mi mejor amiga Sandra. Por desgracia ella estaba a miles de kilómetros y en esta ocasión, no pudo acompañarme a Nueva York, cosa que lamenté profundamente. Desde su reciente matrimonio, había cambiado mucho y estábamos algo distanciadas. Su marido, un deportista de élite, había sido fichado por un equipo extranjero y -como era de esperar- la arrastró con él. A pesar de lo que sus palabras decían, yo no la notaba muy feliz.
Cuando le sacaba el tema de Adam, me respondía con evasivas y ridiculeces como los demás e intentaba hacerme creer que todo era producto de mi imaginación. Pero yo estaba convencida de que ella sería incapaz de mentirme si me miraba a los ojos. Sandra tenía muchas de las respuestas por las que yo estaba en aquel lugar.
Aún recuerdo como si fuera ayer el día que nos conocimos, ocho años atrás. Estábamos en el aeropuerto de Barajas, Sandra estaba sentada sobre su maleta, mascaba una enorme bola de chicle rosa y jugaba con los cordones de sus deportivas nuevas mientras abochornada escuchaba como sus padres discutían. Yo estaba apoyada en una de las columnas, escondiéndome tras una gorra de la verguenza que me producía ver a mi padre chillándole a aquel monitor recriminándole su falta de organización. Por más que pasaban los años, ni mis hermanas ni yo nos acostumbrábamos a sus numeritos en público donde habitualmente perdía los papeles y algo más. En aquel momento Sandra y yo cruzamos nuestras miradas y nos dedicamos una mueca de desagrado recíproca. Desde luego no empezamos con buen pie.
Unos cánticos en el pasillo me hicieron regresar a mi cruda realidad. No me fue difícil reconocer a Julia ya que era la única voz femenina de la casa. A juzgar por sus devaneos y sus torpes pasos en el piso -que retumbaban por toda la casa- diría que estaba totalmente ebria y aún no eran las 9 de la mañana.
El ruido de una lata al abrirse corroboró mi teoría. Saboreó su contenido haciendo un sonido muy desagradable. Sus finos labios se juntaban y separaban a la vez que pasaba su áspera lengua en busca de todo resto de alcohól que hubiera en su boca. Después eructó como si de un hombre carente de modales se tratase y volvió a beber empinando la lata para asegurarse de que ni una gota se desperdiciaba en su interior.
- Franklyn... ¿ dónde dejó la cazuela viejo ? - preguntó a voz en grito mientras soltó una carcajada malévola y asfixiada, similar a la de un fumador compulsivo. No tenía ese mortífero vicio, aunque si consumía hierba muy de vez en cuando para paliar los dolores de su artrosis que ya se manifestaba en los huesos de sus agarrotadas manos.
No recibió respuesta alguna pero eso no le impidió seguir con sus conversaciones sin sentido mientras apuraba su lata de cerveza y continuaba con otra. Aquella desdichada alcohólica tenía toda la intención de hacernos imposible nuestra estancia en aquella casa de locos.
Me levanté de la cama, enjuagué con ímpetu mi cara con la esperanza de que todo aquello fuera una pesadilla pero no sirvió de nada.
Corrí el pestillo de la puerta y la abrí con sigilo. Esta vez lo primero que hice fue mirar hacia abajo no fuera que la vieja silenciosa estuviera esperando para darme otro susto de muerte.
En esta ocasión el pasillo si estaba realmente vacio. Andé confiada y entré a la cocina de puntillas para no llamar la atención. Me extrañó no encontrar la compra que hicimos el día anterior tal y como la habíamos colocado, pero decidí no darle mayor importancia.
Mis pies descalzos se estaban quedando totalmente congelados y el frío trepaba por todo mi cuerpo. Me senté en la mesa del comedor, me serví unos cereales con leche y comencé a ingerirlos con mucho apetito hasta que una repentina tos me interrumpió, consiguiendo que la leche se me fuera por mal sitio. Entoces noté una fuerte palmada en mi espalda que me hizo escupir parte de los copos de trigo que aún estaban dando vueltas en mi boca.
- Está podrida señorita millonaria - exclamó sarcasticamente Julia mientras se dirigía a su habitación. Cerró la puerta con todas sus fuerzas no sin antes mirarme como si me perdonase la vida.
No podía creerme lo que acababa de suceder. Realmente esta mujer estaba completamente chiflada. Comencé a plantearme sino había sido un grave error haber viajado tan lejos de casa solo por una estúpida corazonada. Quizá, sino recordaba quien era Adam Backer era porque estaba mejor enterrado en el pasado. De cualquier manera ya era demasiado tarde para arrepentimientos.
Había perdido el hambre después de mi encontronazo con Julia.La situación me había puesto nerviosa y sentía la necesidad de inhalar mi medicación del asma. Regresé a la habitación y después de unos minutos tensos rebuscando en la maleta, aspiré profundamente los polvos y los retuve en el interior de mis pulmones. El alivio fue inmediato.
Cuando empezaba a relajarme escuché pasos en la escalera. Era Franklyn que cargaba una enorme bolsa de plástico gris. Me miró y me saludó con un simpático gesto que le devolví con una amplia sonrisa.
Quien diría que aquel desgarbado hombre de paso cansado pero mirada enérgica había sido un muchacho normal con aspiraciones propias de la juventud. Me preguntaba que clase de desgracia le habría obligado a abandonar su particular sueño americano desterrándole a aquel insignificante cuarto empapado de soledad.
Franklyn bajó de nuevo a gran velocidad, saltando los escalones de dos en dos. Al llegar a la puerta tropezó -debido a las prisas- con el molesto perro de la dueña , que emitió un alarido de dolor al recibir el pisotón.
Aproveché que había dejado la puerta abierta y husmeé en su intimidad llevada por las ganas de saber más sobre aquel solitario hombre. Me sorprendió el orden que reinaba en su pequeña habitación donde dormía y vivía practicamente. En un lado de la cama había una carcomida mesa de madera y encima de ella, un marco de plata sucia con una foto familiar. No llevaba las gafas puestas y solo alcanzaba a ver tres figuras borrosas.
La curiosidad pudo conmigo y me acerqué con cautela para apreciar mejor quienes eran aquellos bultos que fueron tomando forma. Me quedé estupefacta al observar la fotografía.
A pesar de que los años habían castigado mucho su rostro podía reconocer esos ojos negros llenos de vida. Al lado del jovencísimo Franklyn estaban una mujer de belleza despampanante, cabello negro azabache y rasgos latinos. Entre ambos un niño de unos tres años sonreía mellado y rebosante de felicidad mientras abrazaba un mugriento oso azul.
Estaba tan ensimismada con aquella imagen que no me percaté de la presencia que aguardaba a mis espaldas.
- ¿ Qué hace aquí niña ? - me interrogó Franklyn con tono recriminante - ¿ A caso no sabe que la curiosidad mató al gato? Aproximó su envejecida cara hasta quedarse a centímetros de la mía. Podía percibir su fuerte aliento a coñac sobre mi piel, pero no sentí miedo ninguno.
- Lo siento muchísimo, bonita familia - fue la única estupidez que se me ocurrió en aquel embarazoso momento y por su reacción me dí cuenta de que no había sido un comentario acertado. Sin mediar palabra alguna me apartó con delicadeza y entró en su habitación
Me giré desubicada e hice un gran esfuerzo por abrir los ojos mientras los protegía con la palma de mi mano para suavizar los efectos de la luz.
Observé a Patricia roncando suavemente y con la boca tan abierta que podía apreciar algún que otro empaste en su dentadura bien alineada. Aquella desconocida había pasado de ser una compañera de clase como otra cualquiera a una auténtica aliada, aún sin ella saberlo todavía.Me quedé unos minutos mirándola con detenimiento.
Sus rasgos eran muy duros y exagerados y su palidez le daba un aspecto un tanto siniestro al contrastar con su pelo negro. Tenía un atractivo muy exótico que por lo poco que pude apreciar, volvía locos a los hombres.
Me puse boca arriba e intenté relajarme ya que daba por hecho que dormir sería imposible. En ese momentó recordé que había soñado con Adam una vez más, aunque no recordaba el qué. A medida que pasaban las semanas y sus respectivas noches, iba recapitulando más detalles. Tomé la decisión meses atrás de ir anotándolos en una libreta para así no olvidarme de nada, pero por más que releía mis garabatos no parecían cobrar sentido alguno. Habitaciones de hotel, vuelos inexistentes y el rostro de un hombre que se desvanecía en mi memoria. En ocasiones, me era difícil distinguir entre los recuerdos y los sueños y eso me inquietaba.
La única persona en la que podía confiar en este tema era mi mejor amiga Sandra. Por desgracia ella estaba a miles de kilómetros y en esta ocasión, no pudo acompañarme a Nueva York, cosa que lamenté profundamente. Desde su reciente matrimonio, había cambiado mucho y estábamos algo distanciadas. Su marido, un deportista de élite, había sido fichado por un equipo extranjero y -como era de esperar- la arrastró con él. A pesar de lo que sus palabras decían, yo no la notaba muy feliz.
Cuando le sacaba el tema de Adam, me respondía con evasivas y ridiculeces como los demás e intentaba hacerme creer que todo era producto de mi imaginación. Pero yo estaba convencida de que ella sería incapaz de mentirme si me miraba a los ojos. Sandra tenía muchas de las respuestas por las que yo estaba en aquel lugar.
Aún recuerdo como si fuera ayer el día que nos conocimos, ocho años atrás. Estábamos en el aeropuerto de Barajas, Sandra estaba sentada sobre su maleta, mascaba una enorme bola de chicle rosa y jugaba con los cordones de sus deportivas nuevas mientras abochornada escuchaba como sus padres discutían. Yo estaba apoyada en una de las columnas, escondiéndome tras una gorra de la verguenza que me producía ver a mi padre chillándole a aquel monitor recriminándole su falta de organización. Por más que pasaban los años, ni mis hermanas ni yo nos acostumbrábamos a sus numeritos en público donde habitualmente perdía los papeles y algo más. En aquel momento Sandra y yo cruzamos nuestras miradas y nos dedicamos una mueca de desagrado recíproca. Desde luego no empezamos con buen pie.
Unos cánticos en el pasillo me hicieron regresar a mi cruda realidad. No me fue difícil reconocer a Julia ya que era la única voz femenina de la casa. A juzgar por sus devaneos y sus torpes pasos en el piso -que retumbaban por toda la casa- diría que estaba totalmente ebria y aún no eran las 9 de la mañana.
El ruido de una lata al abrirse corroboró mi teoría. Saboreó su contenido haciendo un sonido muy desagradable. Sus finos labios se juntaban y separaban a la vez que pasaba su áspera lengua en busca de todo resto de alcohól que hubiera en su boca. Después eructó como si de un hombre carente de modales se tratase y volvió a beber empinando la lata para asegurarse de que ni una gota se desperdiciaba en su interior.
- Franklyn... ¿ dónde dejó la cazuela viejo ? - preguntó a voz en grito mientras soltó una carcajada malévola y asfixiada, similar a la de un fumador compulsivo. No tenía ese mortífero vicio, aunque si consumía hierba muy de vez en cuando para paliar los dolores de su artrosis que ya se manifestaba en los huesos de sus agarrotadas manos.
No recibió respuesta alguna pero eso no le impidió seguir con sus conversaciones sin sentido mientras apuraba su lata de cerveza y continuaba con otra. Aquella desdichada alcohólica tenía toda la intención de hacernos imposible nuestra estancia en aquella casa de locos.
Me levanté de la cama, enjuagué con ímpetu mi cara con la esperanza de que todo aquello fuera una pesadilla pero no sirvió de nada.
Corrí el pestillo de la puerta y la abrí con sigilo. Esta vez lo primero que hice fue mirar hacia abajo no fuera que la vieja silenciosa estuviera esperando para darme otro susto de muerte.
En esta ocasión el pasillo si estaba realmente vacio. Andé confiada y entré a la cocina de puntillas para no llamar la atención. Me extrañó no encontrar la compra que hicimos el día anterior tal y como la habíamos colocado, pero decidí no darle mayor importancia.
Mis pies descalzos se estaban quedando totalmente congelados y el frío trepaba por todo mi cuerpo. Me senté en la mesa del comedor, me serví unos cereales con leche y comencé a ingerirlos con mucho apetito hasta que una repentina tos me interrumpió, consiguiendo que la leche se me fuera por mal sitio. Entoces noté una fuerte palmada en mi espalda que me hizo escupir parte de los copos de trigo que aún estaban dando vueltas en mi boca.
- Está podrida señorita millonaria - exclamó sarcasticamente Julia mientras se dirigía a su habitación. Cerró la puerta con todas sus fuerzas no sin antes mirarme como si me perdonase la vida.
No podía creerme lo que acababa de suceder. Realmente esta mujer estaba completamente chiflada. Comencé a plantearme sino había sido un grave error haber viajado tan lejos de casa solo por una estúpida corazonada. Quizá, sino recordaba quien era Adam Backer era porque estaba mejor enterrado en el pasado. De cualquier manera ya era demasiado tarde para arrepentimientos.
Había perdido el hambre después de mi encontronazo con Julia.La situación me había puesto nerviosa y sentía la necesidad de inhalar mi medicación del asma. Regresé a la habitación y después de unos minutos tensos rebuscando en la maleta, aspiré profundamente los polvos y los retuve en el interior de mis pulmones. El alivio fue inmediato.
Cuando empezaba a relajarme escuché pasos en la escalera. Era Franklyn que cargaba una enorme bolsa de plástico gris. Me miró y me saludó con un simpático gesto que le devolví con una amplia sonrisa.
Quien diría que aquel desgarbado hombre de paso cansado pero mirada enérgica había sido un muchacho normal con aspiraciones propias de la juventud. Me preguntaba que clase de desgracia le habría obligado a abandonar su particular sueño americano desterrándole a aquel insignificante cuarto empapado de soledad.
Franklyn bajó de nuevo a gran velocidad, saltando los escalones de dos en dos. Al llegar a la puerta tropezó -debido a las prisas- con el molesto perro de la dueña , que emitió un alarido de dolor al recibir el pisotón.
Aproveché que había dejado la puerta abierta y husmeé en su intimidad llevada por las ganas de saber más sobre aquel solitario hombre. Me sorprendió el orden que reinaba en su pequeña habitación donde dormía y vivía practicamente. En un lado de la cama había una carcomida mesa de madera y encima de ella, un marco de plata sucia con una foto familiar. No llevaba las gafas puestas y solo alcanzaba a ver tres figuras borrosas.
La curiosidad pudo conmigo y me acerqué con cautela para apreciar mejor quienes eran aquellos bultos que fueron tomando forma. Me quedé estupefacta al observar la fotografía.
A pesar de que los años habían castigado mucho su rostro podía reconocer esos ojos negros llenos de vida. Al lado del jovencísimo Franklyn estaban una mujer de belleza despampanante, cabello negro azabache y rasgos latinos. Entre ambos un niño de unos tres años sonreía mellado y rebosante de felicidad mientras abrazaba un mugriento oso azul.
Estaba tan ensimismada con aquella imagen que no me percaté de la presencia que aguardaba a mis espaldas.
- ¿ Qué hace aquí niña ? - me interrogó Franklyn con tono recriminante - ¿ A caso no sabe que la curiosidad mató al gato? Aproximó su envejecida cara hasta quedarse a centímetros de la mía. Podía percibir su fuerte aliento a coñac sobre mi piel, pero no sentí miedo ninguno.
- Lo siento muchísimo, bonita familia - fue la única estupidez que se me ocurrió en aquel embarazoso momento y por su reacción me dí cuenta de que no había sido un comentario acertado. Sin mediar palabra alguna me apartó con delicadeza y entró en su habitación
lunes, 2 de marzo de 2009
ROMEO Y JULIETA NO EXISTEN
Francisco no pudó más y se derrumbó rompiendo a llorar. Apoyó su fornida espalda en la muralla de aquella fortaleza impenetrable y se dejo caer. Estaba totalmente abatido.
Apretó con furia su magullado puño derecho y un hilo de sangre mancho sus ropas. Ni siquiera podía sentir el dolor de sus huesos rotos, ya que sufría una herida mucho más profunda y de más difícil curación.
Las lágrimas corrían despavoridas por su rostro limpiándolo de restos de tierra y hollín y resvalando ennegrecidas por su pronunciada barbilla. No paraba de repetirse lo estúpido que había sido al pensar que podría vencer el solo a todo un imperio. No había amor suficiente para semejante proeza.
Estaba lejos de casa, a semanas a caballo del pueblo del que nunca debió haber salido. Poco a poco su cuerpo se fue escurriendo preso del cansancio hasta queda posicionado de cuclillas sobre la hierba. Aquel olor a tierra mojada le recordaba a su hogar y a su anciana madre.
De pronto oyó a lo lejos fuertes ladridos y divisó luces de antorchas. Estaban buscándole y habían soltado a los perros para darle caza. No le había bastado a aquel hombre con arruinarle la vida sino que también deseaba verlo hecho trizas.
Se incorporó y aunque ralentizado por la cojera que le afectada a la pierna izquierda, corrió para salvar su vida.
Consiguió escabullirse entre la maleza hábilmente. Arrancó un trozo de su camisa y lo puso cerca de un riachuelo que bañaba aquellas tierras. Su infancia en el pueblo entre pícaros, proscritos y ladrones le habían enseñado ,entre otras cosas, a sobrevivir.
Con esta inocente artimaña ganaría el tiempo suficiente como para salir de esa trampa mortal. Francisco estaba desfallecido, el largo viaje sin a penas provisiones y en condiciones precarias le habían dejado muy debilitado y la paliza que había recibido no hacía más que agrabar su situación.
La vista se le nublaba pero no dejaba de correr mientras se agarraba con fuerza su pierna dolorida para facilitar su marcha. Las lágrimas brotaban de sus ojos, pero esta vez no era de tristeza, sino de puro dolor.
Durante unos segundos que parecieron una vida entera, dejó de escuchar las voces de sus perseguidores y los ladridos de las fieras que rastreaban su sangre fresca. Sentía que perdía el equilibrió y estaba completamente desorientado.
Apoyó la ensangrentada mano en la corteza de un árbol y cuando estaba a punto de desplomarse una dulce fragancia le envolvió por completo y se dejó caer. Antes de cerrar completamente los ojos le pareció ver a un ángel sin rostro que susurraba su nombre.
Cuando despertó se encontró solo en medio del bosque, a salvo de todo peligro y con una hermosa yegua blanca atada a un árbol y un saco de provisiones.
Ya no vestía aquellos arapos sucios, alguien se había tomado las molestias de cambiarle y curarle las heridas. Aquellas prendas limpias tenían un olor que le resultaba tan familiar... no podía ser que su ángel salvador fuera Mariana. Se arrancó aquella descabellada idea de la cabeza y se alejó de allí sin rumbo cierto y sin dirigir la vista atrás.
Apretó con furia su magullado puño derecho y un hilo de sangre mancho sus ropas. Ni siquiera podía sentir el dolor de sus huesos rotos, ya que sufría una herida mucho más profunda y de más difícil curación.
Las lágrimas corrían despavoridas por su rostro limpiándolo de restos de tierra y hollín y resvalando ennegrecidas por su pronunciada barbilla. No paraba de repetirse lo estúpido que había sido al pensar que podría vencer el solo a todo un imperio. No había amor suficiente para semejante proeza.
Estaba lejos de casa, a semanas a caballo del pueblo del que nunca debió haber salido. Poco a poco su cuerpo se fue escurriendo preso del cansancio hasta queda posicionado de cuclillas sobre la hierba. Aquel olor a tierra mojada le recordaba a su hogar y a su anciana madre.
De pronto oyó a lo lejos fuertes ladridos y divisó luces de antorchas. Estaban buscándole y habían soltado a los perros para darle caza. No le había bastado a aquel hombre con arruinarle la vida sino que también deseaba verlo hecho trizas.
Se incorporó y aunque ralentizado por la cojera que le afectada a la pierna izquierda, corrió para salvar su vida.
Consiguió escabullirse entre la maleza hábilmente. Arrancó un trozo de su camisa y lo puso cerca de un riachuelo que bañaba aquellas tierras. Su infancia en el pueblo entre pícaros, proscritos y ladrones le habían enseñado ,entre otras cosas, a sobrevivir.
Con esta inocente artimaña ganaría el tiempo suficiente como para salir de esa trampa mortal. Francisco estaba desfallecido, el largo viaje sin a penas provisiones y en condiciones precarias le habían dejado muy debilitado y la paliza que había recibido no hacía más que agrabar su situación.
La vista se le nublaba pero no dejaba de correr mientras se agarraba con fuerza su pierna dolorida para facilitar su marcha. Las lágrimas brotaban de sus ojos, pero esta vez no era de tristeza, sino de puro dolor.
Durante unos segundos que parecieron una vida entera, dejó de escuchar las voces de sus perseguidores y los ladridos de las fieras que rastreaban su sangre fresca. Sentía que perdía el equilibrió y estaba completamente desorientado.
Apoyó la ensangrentada mano en la corteza de un árbol y cuando estaba a punto de desplomarse una dulce fragancia le envolvió por completo y se dejó caer. Antes de cerrar completamente los ojos le pareció ver a un ángel sin rostro que susurraba su nombre.
Cuando despertó se encontró solo en medio del bosque, a salvo de todo peligro y con una hermosa yegua blanca atada a un árbol y un saco de provisiones.
Ya no vestía aquellos arapos sucios, alguien se había tomado las molestias de cambiarle y curarle las heridas. Aquellas prendas limpias tenían un olor que le resultaba tan familiar... no podía ser que su ángel salvador fuera Mariana. Se arrancó aquella descabellada idea de la cabeza y se alejó de allí sin rumbo cierto y sin dirigir la vista atrás.
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