viernes, 19 de diciembre de 2008

LA ISLA

Una isla desierta, hermosa, pero sobre todo desierta. Siempre quise llevarte allí, donde pudiéramos vivir alejados de todo aquello que terminó erosionando nuestros sentimientos y condicionando nuestras decisiones.
Alejados de la mediocridad, a salvo del murmullo terjiversador, de las terceras opiniones ausentes de razón, de las miradas envidiosas y del amor convertido en sobreprotección destructura.

Un mar que no tiene fin sería nuestro único escenario. Sería una barrera impenetrable. Sus turbulentas aguas mar adentro purificarían todo lo que a nosotros llegara, convirtiéndolo en una blanca espuma que acariciaría nuestros pies mientras juegan en la orilla.
Los comentarios malintencionados serían un agradable cosquilleo en nuestra piel; los prejuicios dañinos quedaría reducidos a gotas de sal que salpicarían nuestro cuerpo desnudo y nuestras almas expuestas al sol.
Los malos entendidos, los miedos y temores de quien nos pretendría proteger en exceso,quedarían echos polvo por la fuerza del viento que choca contra el acantilado, entremezclándose con la blanca arena y con los fósiles que duermen en ella.

Si pudiera, te llevaría a mi isla. Allí los malos gestos, las inseguridades y los celos son mecidos con suavidad por las olas, envolviéndolos y haciéndoles descender al fondo del mar, donde jamás puedan hacernos temblar ni dudar sobre nuestros sentimientos.
Las malas experiencias que nos hacen desconfiados, serían arrancadas de nuestras memorias y se perderían en el follaje, enterrándose muy profundo para con el tiempo, germinar con una nueva forma.

Nuestro amor en la isla no estaría magullado por el día a día y sus sinsabores, no se apagaría jamás por la odiosa rutina que acabaría por convertirlo en algo vulgar. Lo alimentaríamos cada mañana con el néctar de las frutas más dulces, con caricias eternas y con miradas cómplices que nos harían estremecer.

Ante cualquier atisbo de enfado entre nosotros, el cielo se tornaría oscuro, el viento nos reprendería por nuestra absurda actitud y silbaría fuerte en nuestros oidos con aire amenzante.
Las nubes se pondrían nerviosas y sin querer chocarían unas con otras por culpa del enfado del viento que las balancearía a su merced.
Litros de agua caerían sin piedad sobre nuestros cuerpos ya empapados y el cielo nos intimidaría con sus gruñidos, iluminándonos por instantes para que encontráramos cobijo. Una vez allí, las ramas de los árboles nos susurrarían palabras de amor y sentirías la imperiosa necesidad de abrazarme para siempre.

Una relación aislada del mundo no sería real, sería una mera proyección de nuestra felicidad. No obstante, hace falta tener mucha fuerza y sentir mucho amor por alguien, para dejar a un lado lo externo.
La familia, los amigos, el trabajo... a veces lo que mas amamos puede costarnos una relación sino tomamos las medidas adecuadas.
Haciendo balanza de los bueno y de lo malo, discerniendo entre la relación personal y del resto del mundo, podemos valorar que fue lo que acabó con nuestra relación. ¿ Se agotó el amor? ¿o quizás nos dejamos llevar demasiado por los demás?
Yo ya se mi respuesta. Ahora te toca a ti.


Un saludo. María

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