CAPITULO 2
Noté una mano en mi hombro y entonces supe que me había quedado dormida presa del cansancio. Patricia me miraba estupefacta, con la boca entre abierta y esos grandes ojos que parecía que se le iban a salir de las órbitas. Parecía una estatuilla de cera carente de movilidad.
Seguidamente me interrogó sobre quien era ese tal Adam y yo francamente no supe ni que contestar a semejante pregunta.
Patricia tiene 20 años. Fuimos juntas a clase el curso pasado, pero cuando me la presentaron tres meses atrás en la cafetería, mi sensación era la de no haberla visto en mi vida.
Es muy alta, tiene una frondosa melena larga y de color negro, con un rizo pequeño bastante molesto que intenta domar a base de productos para el cabello en un intento de lucirlo liso. Sus enormes ojos oscuros y rasgados los suele perfilar con una línea negra que recorre su párpado de extremo a extremo y que no siempre atina a hacer con buen pulso.
Tiene un rostro de lo más expresivo e inconscientemente moviliza de una manera pasmosa todos y cada uno de sus músculos faciales, haciendo imposible el disimular sus emociones en situaciones extremas.
Sin ni siquiera ponernos el pijama nos metimos en la cama y a penas cruzamos palabra alguna debido al agotamiento. A falta de almohadas había un cojín, que además de tener un aspecto bastante sucio estaba más duro que una piedra. Decidimos entre bromas echárnoslo a suerte con el mítico juego de “pares y nones”, pero finalmente Patricia -con un gesto muy gentil- me lo cedió aquella noche. Me tapé con la manta como pude, dejando para el día siguiente todo tipo de pudores o remilgos y cerré los ojos. Entre pensamiento y pensamiento fui notando como el sueño se iba apoderando de mí hasta dominarme por completo.
Desde primera hora de la mañana, me empezó a incordiar la luz que se hacía paso, sin impedimento alguno, a través del enorme cristal. En esos momentos hubiera matado por cambiarlo por una ventanita minúscula que diera al más oscuro de los patios de luces. Intenté cubrirme la cabeza con la manta -que desprendía un olor raro- pero fue en vano ya que la luz se filtraba por el tejido y las costuras. Jamás hubiera predicho que viviría en aquellas condiciones tan austeras, pero no me había quedado más remedio.
Cuando pensaba que la situación no podía ir a peor una agitada conversación en el pasillo terminó por despertarme. Una de las voces, que comenzaba a exasperarse, me resultaba familiar. Era la de Franklyn quien dialogaba en medio del pasillo con una mujer, sobre sus respectivas tendencias políticas. El tema estaba candente debido a que las próximas elecciones a Presidente de los Estados Unidos serían en escasas semanas y habían creado grandes expectativas.
La otra voz con la que interactuaba era la de Julia, la única fémina –por denominarla de alguna manera- de todos los arrendatarios.
Julia, había ahogado hace tiempo la delicadeza en alguno de los litros de cerveza que religiosamente consumía a diario. Sus 69 años – de los que hacía alarde muy a menudo- no la impedían mostrarse activa y dicharachera cual adolescente.
Su pelo lucía engominado, de corte masculino y de color rojizo, que conseguía a base de tintes que aplicaba con fervor cada 20 días.
Sus atuendos –varoniles también- y su encorvada manera de menearse al andar –más parecida a la de un cowboy del oeste que a la de una anciana de casi 70 años- me hicieron sospechar a cerca de sus inclinaciones sexuales.
Julia derrochaba vitalidad. A pesar de las enfermedades que decía que padecía, conservaba energía suficiente como para tener atemorizados a todos los inquilinos de la casa y a medio barrio. Pero tras aquella apariencia de mujer ruda y desprovista de sentimientos, se escondía una luchadora nata.
Aquella mañana llevaba una camiseta blanca de tirantes, metida por debajo de unos vaqueros de cintura alta, que amarraba con un grueso cinturón marrón, evitando así que se escurrieran de su esmirriado cuerpo, en uno de sus múltiples vaivenes.
La claridad de la camiseta dejaba intuir la ausencia de ropa interior, transparentándose casi por completo, dos turgentes senos, que nadie hubiera adivinado que pertenecían a una mujer de dicha edad. Seguramente Julia –en su atolondrada juventud- fue pionera en operaciones de estética, tan frecuentes en la actualidad. Jamás conseguí saberlo con certeza.
Apreté los ojos fuertemente intentando evadirme de aquel bullicio pero fue inútil. Su elevado tono de voz malintencionado y sus risotadas me impedían permanecer ajena a su conversación que –dicho sea de paso- no alcanzaba a entender en su totalidad porque mezclaban inglés con castellano, resultando de aquella fusión, un lenguaje casi cifrado para oídos inexpertos.
Decidí levantarme, me lavé la cara y dejé durmiendo un rato más a Patricia que parecía no inmutarse con nada de lo que allí estaba sucediendo.
Temerosa, abrí lentamente la puerta y asomé la cabeza para ver el percal. Alcé la vista y para mi sorpresa, el pasillo estaba completamente desierto.
Lo que no me esperaba era toparme con dos ojos azules redondos y pequeños al agachar mi cabeza. Julia no paraba de observarme de arriba a abajo desde su metro cuarenta centímetros; entonces me dedicó una mueca de asco y se dio la vuelta en dirección a su habitación.
Opté por regresar a la cama. Mientras despotricaba para mis adentros sobre aquella condenada vieja, me enrollé un pañuelo en la cabeza y cubrí mis ojos con la esperanza de evitar la luz.
Cuando empezaba a encontrarme somnolienta escuché un teléfono que no paraba de sonar. No entendía como no había silenciado el móvil antes de acostarme como acostumbraba a hacer en Madrid. Pronto caí en la cuenta de que no había traído mi móvil a EEUU y Patricia tampoco por miedo a represalias posteriores por elevadas facturas telefónicas. El sonido que insistentemente retronaba en mis oídos no provenía de ningún móvil, sino de teléfono fijo.
Abrí los ojos y el teléfono -no sabía exactamente en que momento- había dejado de timbrar.
Me encontraba en la habitación 1469 otra vez. La misma moqueta azulona cubría el suelo de la habitación atrayendo toda la suciedad que encontraba a su paso. Una retahíla de vestidos estaban desperdigados por el suelo y en un rincón había una maleta a medio hacer. Una nueva llamada me sobresaltó.
Descolgué el aparato y nerviosa esperé una contestación al otro lado de la línea: “Miss Rodríguez, el vuelo X76890 destino Los Ángeles que nos pidió confirmar NO EXISTE”
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario