viernes, 5 de diciembre de 2008

EN BUSCA DE ADAM BACKER

CAPITULO 1


Es curioso el ser humano. Consigue de manera innata adaptarse y mimetizarse en nuevos ambientes y peliagudas situaciones por muy alejados que estén de su rutina o costumbres; incluso llegando a echarlos de menos cuando vuelve a su acomodada anterior situación.

Sin ir más lejos, hoy amanecí en mi confortable colchón, arropada con un mullido edredón blanco y sin la más mínima sensación de frío, cuando hace menos de 48 horas solía despertarme una corriente heladora a primera hora de la mañana y un golpe de luz que atravesaba aquel viejo ventanal sin cortina, que miedo daba abrirlo porque pareciera que se fuera a romper en mil pedazos.
Si después de estos contratiempos conseguía seguir dormida, era repentinamente arrancada de mi sueño con alguna balada empalagosa de Luís Miguel a todo volumen acompañada, por supuesto, de su correspondiente coro y baile. A pesar de no ver semejante espectáculo, podía intuir al detalle su improvisada coreografía, retumbando cada paso y cada carcajada en las paredes de mi habitación y en mi cabeza.
Esta mañana cuando amanecí en mi cama, tampoco se oyeron disputas por quien entraba antes al baño o conversaciones chinchonas en un curioso spanglish* que solía sacarme de mis casillas. Hoy invadía un silencio, incluso incómodo, toda mi casa.

Hace 5 semanas -aunque a mí me parecía una eternidad- aterricé en tierras americanas, agotada y sin saber a ciencia cierta cual sería el techo que me salvaguardaría aquella noche. Desde luego viajar a la aventura puede ser muy estresante sobre todo cuando el tiempo juega en tu contra y la noche esta cayendo sobre Nueva York.
Una llamada de teléfono a nuestra futura Casera y -en ese momento- salvadora absoluta fue suficiente para dejarnos respirar. Apunté cuidadosamente la dirección de la casa en el reverso de un panfleto publicitario y busqué -con la ayuda de un chico que trabajaba allí- la calle en uno de los mapas que adornaban las paredes del aeropuerto La Guardia.
Me quedé pasmada cuando aquel muchacho me informó sobre su localización. Estaba situada en el barrio de Brooklyn, el mismo donde algunos taxis newyorkinos no quieren acceder ni por todo el oro del mundo. Nuestro destino en concreto había sido -dos años atrás- nido de toxicómanos, camellos y delincuentes. Actualmente-por ironías de la vida y por suerte para nosotras- estaba custodiado por patrullas de policía cada dos calles, resultando más seguro que el propio Manhattan.

Yo estaba algo escéptica a cerca de encontrar un medio de transporte que nos llevara a la dirección indicada por María -La Casera- pero sin duda alguna la cara de pánico de mi compañera de viaje, reflejaba una actitud mucho más pesimista que la mía.
Estábamos tiradas sobre nuestras maletas mirándonos respectivamente y haciendo verdaderos esfuerzos para no perder los nervios. El viaje nos había dejado exhaustas y la situación era de todo menos alentadora. Francamente, me ví durmiendo bajo el puente de Brooklyn, que por muy glamuroso que suene, no dejaba de ser un maldito puente.

Levanté la mano varias veces con la esperanza de parar a algún intrépido taxista que quisiera llevarnos a esas horas de la noche al barrio de Broocklyn, pero en cuanto oían de mi boca el destino salían despavoridos, algunos de ellos casi llevándome por delante.
Después de varios intentos fallidos encontramos a un hombre que conmovido por nuestra situación accedió a llevarnos a regañadientes, pero en décimas de segundo, lo que era una buenísima noticia pasó a ser motivo de sospecha.
Tendría que ver menos películas y no escuchar tanto a mi madre. Es la persona más desconfiada del mundo, capaz de hacerte ver a una dulce abuelita que te ofrece un caramelo como al más sanguinario de los asesinos en serie. Esto puede deberse a su larga experiencia como enfermera en un hospital psiquiátrico y a su exacerbada imaginación que alimentó a base de cientos de libros durante toda su juventud. A sus ojos, todos tenemos un diagnóstico psiquiátrico -incluida yo- aunque no viene al caso entrar en detalles.

No obstante el cansancio había hecho mella en mí y que el tiempo jugaba en nuestra contra era un hecho irrefutable, por lo tanto nos metimos con todos nuestros bártulos en el taxi, le indiqué la dirección al conductor y nos pusimos rumbo a lo que sería nuestro hogar el próximo mes.
Después de casi 45 minutos de trayecto el taxista aminoró la velocidad hasta parar enfrente de una gran casa de ladrillo rojizo de aparente sólida construcción, con verjas plateadas que la diferenciaban sutilmente del resto, tal y como nos había descrito María.

Aún dentro del taxi divisé entre la negrura de aquel minúsculo jardín a una mujer de mediana edad y piel oscura. Llevaba una vieja bata de estar por casa llena de pelotillas y unos rulos de chillones colores perfectamente colocados en su grueso pelo. Supuse que se trataría de María.
Se acercó a nosotras recibiéndonos con un cálido saludo, bastándome dos o tres palabras suyas para intuir que era dominicana. Conservaba -a pesar de la edad que debía tener- un cutis terso y lozano que cualquier mujer envidiaría.
Abrió la puerta de entrada y emitiendo un sonoro grito -con un timbre de voz bastante molesto- reclamó la presencia de Franklyn que corrió escopetado a la llamada de la dueña de la casa.
Debía tener unos 60 años, bien aseado, piel color café y por su seseo deduje también su origen latinoamericano. Tenía agujereadas las orejas y estaban adornadas por dos aros muy pequeños de oro que se balanceaban con cada uno de sus agitados movimientos. Su barba de dos o tres días y su oscuro pelo sin rastro de canas, le daban un aspecto desenfadado y juvenil y sus escuálidos brazos estaban adornados con tatuajes que habían perdido parte de su color por el paso del tiempo.
Aunque sus ojos pequeños y vivarachos brillaban intensamente, las arrugas y facciones de su rostro delataban una vida llena de sinsabores. Mientras escuchaba atento las indicaciones de María, me sonrió tiernamente dejando entrever una dentadura a la que le faltaban varias piezas, lo que encajaba perfectamente en el perfil de una vida deshecha por las drogas. Me conmovió desde el primer momento aquella manera de mirar tan propia de él.


Franklyn nos ayudó amablemente a cargar las pesadas maletas hasta el piso de arriba donde cambió radicalmente la temperatura, azotándome en la cara una auténtica ola de calor. Percibí un olor a cerrado entremezclado con lo que supuestamente había sido la cena de esa noche que me revolvió el estómago.
Atravesamos el pasillo dejando atrás las habitaciones de los demás inquilinos hasta acceder a la nuestra que estaba apartada del resto. Las paredes estaban pintadas de azul claro y tenían varios desconchones e incluso alguna pequeña humedad que afloraba a pesar de los intentos de la dueña por disimularlas con muebles estratégicamente colocados.
Había una única cama de matrimonio con un cabecero de espejo y una gruesa manta de flores cubriéndola por completo. Evidentemente, el compartir lecho todo el mes no entraba –hasta ese momento- en los planes de ninguna de nosotras dos.
Lo primero que pensé es en la cantidad de historias de las que habrían sido testigos las paredes de aquel habitáculo de menos de siete metros cuadrados con lavabo incorporado. Más adelante sabríamos quienes fueron los anteriores inquilinos y porqué tuvieron que marcharse de allí de un día para otro.

El recibimiento desde luego no tuvo desperdicio. Nos fueron explicadas algunas normas de convivencia como la ducha comunitaria que compartiríamos con otros cinco inquilinos o la prohibición de arrojar papel de WC al WC. No obstante, La Casera se cubrió las espaldas o mejor dicho su inmenso trasero, exigiéndonos astutamente el previo pago del mes completo aquella misma noche. Aquello disipaba toda idea de huir al día siguiente siendo un verdadero punto de no retorno en nuestro viaje.
El tiempo acabaría por desenmascarar a la verdadera María, una mujer muy alejada de aquella imagen de devota creyente y hospitalaria ama de casa que nos pretendió vender en nuestra llegada. Ella es una de los muchos oportunistas que infectan la ciudad de Nueva York nutriéndose de la desgracia ajena y ama a los papeles verdes por encima de todo y de todos, incluso de su propia familia.

Aquella noche caí rendida de cansancio encima de la cama importándome -en ese momento- bien poco la desconocida procedencia de aquella vieja manta y cerré los ojos.
Cuando los volví a abrir me encontraba enfrente de lo que parecía una habitación de hotel, la número 1469 según marcaba la puerta. Un teléfono proveniente de su interior empezó a sonar estrepitosamente. Giré el picaporte lentamente y entré atraída por aquel timbre insoportable que no dejaba de taladrar mi cabeza. Me senté a los pies de la cama y después de dudar durante unos instantes, me decidí a atender la llamada.
Descolgué el teléfono, lo acerqué temblorosamente a mi oido y escuché una entrecortada respiración durante unos segundos hasta que me armé de valor y pregunté: ¿Adam, eres tú?

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