CAPITULO 3
Toda había sido una vez más, un terrible sueño al que no encontraba explicación aparente. Me cambié de camiseta ya que la anterior estaba empapada en sudor e intenté tranquilizarme mientras ojeaba mi libreta de notas hasta que el agotamiento tiró de mis párpados y me quedé dormida.
Después de dos horas más de descanso, ufana porque mi recurso para burlar la claridad había funcionado a la perfección, me levanté de la cama y busqué con la mirada a Patricia que ya no se hallaba en la habitación. Su lado de la cama aún estaba caliente.
Afiné el oído y alcancé a distinguir su voz entre otras con las que charlaba animadamente en lo que parecía una presentación.
Atravesé el pasillo hasta llegar al recibidor, donde se encontraba mi amiga acompañada de Franklyn y otro hombre desconocido para mí.
Una triste bombilla que colgaba en la pared amenenazaba con fundirse, emitiendo intermitentemente suaves zumbidos como si una desdichada abeja estuviera volviéndose loca en su interior. La luz iba y venía al igual que la vida de la sentenciada abeja, que se apagaba por momentos.
Franklyn se percató de esto y mojando sus agrietados dedos en saliba para evitar la quemazón, se dispuso a enroscarla con fuerza para asegurarse de que hiciera contacto. El zumbido cesó.
Quedó patente que es un hombre habilidoso y servicial, quizá demasiado y de eso se aprovechaba María. La Casera no tenía ningún tipo de remordimiento al disponer de sus servicios a cualquier hora del día y de la noche, acudiendo a Franklyn mucho antes incluso que a su propio marido. Parecía un hombre de carácter impetuoso, pero en presencia de su dueña, solamente era un muñeco de goma desdentado y endeble al que le latía el corazón demasiado deprisa.
A pesar de mi aspecto desaliñado, el otro inquilino examinó descaradamente cada parte de mi cuerpo, de una manera tan soez que me provocó cierta repulsión. Cuando llegó a mi busto se detuvo unos instantes como si una fuerza magnética le impidiera avanzar en su pervertida exploración. Su manera de mirar era tan descarada que me sentí como si estuviera desprovista de mis ropas, crucé los brazos sobre mi regazo a modo de coraza y entonces volvió la vista a su primera víctima.
David, que así se llamaba, rondaría los 40 años y como la mayoría de los dominicanos que conocí, era faldero y muy deslenguado. Estaba apoyado en el marco de la puerta de su habitación con la actitud de un gallito de corral que se contonea vanidoso marcando su territorio. Vestía un pantalón corto y una camiseta de algodón de una talla demasiado pequeña, que marcaba su prominente y blandurria barriga.
Sus ojos verdes eran inquietantes y no me inspiraban ninguna confianza. Lucía una línea de pelo bien trazada y muy fina que bordeaba su boca y se extiendía hasta su barbilla, proporcionándole una apariencia un tanto hortera. Sus cejas, extremadamente depiladas, confirmaban su falta de buen gusto y sus ganas de parecer más joven de lo que realmente era.
Respiré hondo y me uní a la conversación en un intento por integrarme en mi nuevo entorno. El nuevo, no contento con mi saludo general extendió su brazo y me estrechó su mano llena de callosidades durante unos segundos sin dejar de examinarme minuciosamente. Retiré la mano en cuanto pude y disimuladamente me sequé en el pantalón el sudor que me había transferido. Me costó esconder tras una sonrisa mi gesto de repugnancia ante aquel ser tan desagradable. Dos muelas de oro asomaron por los lados de su oscura boca deslumbrándome como dos tesoros escondidos en una recóndita cueva de ladrones.
David no tardo mucho en ofrecerse cordialmente a llevarnos donde necesitáramos ya que tenía un vehículo propio. Ni por un segundo se me pasó por la cabeza hacer uso de tal proposición.
Entretenidos con el palique, permanecían ajenos a quien nos espiaba sigilosamente desde la puerta entreabierta de su habitación. Ese par de canicas pequeñas y azules conseguían ponerme realmente nerviosa, me era imposible mantener fija la mirada.
De alguna manera forcé el fin de la conversación y con un guiño de complicidad indiqué a Patricia que se dirigiese a la habitación.
Intercambiamos durante un buen rato nuestras impresiones sobre el lugar donde habíamos ido a parar. Cierto es que nuestro viaje había sido un tanto atropellado, pero jamás nos hubiéramos imaginado aquella situación tan precaria. La casa de los horrores había sido toda una contrariedad en nuestros planes.
Patricia a pesar de su apariencia de mujer y su pronto incontenible, era tan solo una niña. Sus ojos parecían dos cubos repletos de agua salada a punto de desbordarse y entonces me invadió un insoportable cargo de conciencia. No podía negar que yo -movida por mi propio interés y mis ganas de descubrir la verdad- la había arrastrado conmigo sin ningún tipo de miramiento.
Ambas estábamos bastante irascibles y el ambiente estaba tan tenso que cortaba la respiración. Me irritaba estar en esa casa de papel con aquella gente tan extraña, pero no iba a permitir que un pequeño contratiempo truncara el verdadero motivo que me había arrastrado de nuevo a aquella isla. Mi objetivo en Nueva York tenía nombre y apellidos: Adam Backer.
Nos dimos una ducha rápida –solo con agua ya que no teníamos jabón- y decidimos explorar el barrio en busca de un supermercado. Nuestro primer cometido era abastecer la repisa de la nevera que nos había sido adjudicada y que sería invadida -de manera habitual- por otros miembros de la casa durante nuestra permanencia.
El barrio de Brooklyn bajo un sol en pleno esplendor tenía una perspectiva muy diferente a la que percibí la noche anterior. Me cautivó su autenticidad.
Todas las casas estaban cortadas por el mismo patrón: grandes dimensiones, pésimos materiales, peores distribuciones y diminutos jardines; sin duda alguna son prisioneros de su propio sueño americano. Era una zona muy bonita, daba gusto pasear por allí. El tiempo era espléndido y aunque el viento se empeñaba en despeinarnos no se echaba en falta ropa de abrigo.
Una pareja de niños se divertía montando en monopatín y esquivando a las vecinas que, sin inmutarse, continuaban como si nada su tranquilo paseo matinal y su intercambio de chismes.
Bajamos nuestra calle dejando a nuestro paso dos o tres tiendas de alimentación, un parque -bastante descuidado- donde un grupo de chicos amenizaban la mañana jugando al basketball y lo que se suponía que era un rudimentario taller mecánico.
Al pasar por delante de este, dos hombres hispanos que -a juzgar por su aspecto- podrían ser nuestros padres perfectamente, nos obsequiaron con unas cuantas “lindezas” que nos hicieron ruborizar y aligerar el paso. Patricia se negaría en rotundo a pasar por esa acera de ahí en adelante.
Continuamos con nuestra caminata. Al llegar al final de la calle y girar a la izquierda nos encontramos con un instituto de un tamaño considerable. Su moderna fachada me hizo intuir que habría sido construido recientemente. También había una biblioteca en las inmediaciones.
La mayoría de los críos que jugaban en el patio eran latinoamericanos. A estas alturas ya me había dado cuenta de que iba a necesitar más bien poco el inglés en ese barrio.
En una zona apartada, había un corro de chicos que se agitaban y reían a carcajada limpia. Parecían estar pasándolo en grande entre saltos y gansadas de chavales. Cual fue mi sorpresa cuando distinguí en aquel círculo de brazos y piernas adolescentes, un muchacho postrado en el suelo que lloraba desconsoladamente. Su cuerpo raquítico temblaba de miedo al compás de su llanto y cubría avergonzado su oscuro rostro bañado en lágrimas con ambas manos, protegiéndose así de las agresiones de sus compañeros. La escena me hizo estremecer.
Patricia hizo un alto en el camino para llamar a su casa desde un teléfono público. A causa del desfase horario, no pudimos dar aviso a nuestros padres al aterrizar en Nueva York. Después de probar en varias cabinas y comprobar que casi todas estaban averiadas por fin dimos con una que funcionaba afortunadamente. Mientras ella se dedicaba a tranquilizar los histerismos de su madre, yo me debatía entre si llamar o no llamar.
Estaba angustiada y a pesar del frío que se colaba por mi ropa, empecé a transpirar. Lo que menos necesitaba en aquel momento era una interminable lista de reproches a cerca de mí precipitada decisión de marcharme de viaje sin tener en cuenta la opinión de mi novio Francisco*ni mi delicado estado de salud. Introduje mi mano derecha en el bolsillo del pantalón y extraje una fotografía que desdoblé varias veces. La contemplé durante un par de minutos mientras me recreaba pensando en lo bien que había hecho no mostrándosela a nadie cuando la encontré oculta entre mis pertenencias.
Analizándola me asaltó la misma sensación de familiaridad que la primera vez que la vi, aunque no era capaz de reconocer el rostro de aquel hombre retratado. Una escueta dedicatoria en su reverso escrita a mano era la única información de la que disponía: "Los Ángeles y yo te estamos esperando: Adam Backer".
Por un momento me quedé ensimismada rebuscando en mi desconcierto pero la llamada de mi amiga me sacó bruscamente de mi trance. Me apresuré a guardar la foto y corrí a su encuentro.
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