viernes, 19 de diciembre de 2008

PRINCESA BUSCA HOMBRE DE A PIE

"El príncipe azul es un personaje tipo que se originó en varios cuentos de hadas. Es un príncipe que va al rescate de la dama en apuros, y típicamente debe emprender una búsqueda para liberarla de un malvado hechizo. Se ha llamado así a los héroes de varias historias del folclore tradicional, entre ellas Blancanieves, La bella durmiente y Cenicienta.El príncipe azul es típicamente un joven bien plantado. Con frecuencia luce un fajín o cinta alrededor de su uniforme principesco, y a menudo pequeño y lustroso bigote. En muchas representaciones habla con acento francés o británico"



Así se define en la enciclopedia el buscado "principe azul". No obstante el amor no se puede definir en un libro, escapa a todo entendimiento.No vivimos en un mundo perfecto. Ni nosotros mismos lo somos. Por lo tanto no existe una relación idílica ni de cuento de hadas porque la vida sin nosostros querelo nos pone trabas.El Principe Azul es un mito pero encierra un sentido aplicable a nuestra vida real. Quizá no es sinónimo de perfección pero si ese principe que anhelamos es quien nos coge la mano cuando estamos enfermos, quien nos hace sentir bonitas cuando el espejo nos dice lo contrario o aquel que nos sabe arrancar una sonrisa en los momentos más escabrosos.El Principe Azul del siglo XXI no es un caballero de tirabuzones perfectos que brillan al sol, quizá es un chico normal y corriente, que a primera vista no nos llamó la atención pero que con los días empezamos a verle de otra manera...El Principe Azul que necesitamos, no será de la realeza, será un hombre normal, que tiene los pies en la tierra y con quien compartiremos las diferentes etapas del camino pudiendo apoyarnos el uno en el otro y conversar en la cama durante horas. Este hombre de ensueño que añoramos no vivirá en un castillo ni nos salvará de peligros espeluznantes. Esto es así porque el también necesitará de nosotras, tanto o más que nosotras a él. Él no es un héroe invencible. Sereis un equipo de dos que si será indestructible.Sin duda alguna, tiene que existir un moderno principe de estos para cada una de nosotras... solo que algunos están mas escondidos que otros.

LA ISLA

Una isla desierta, hermosa, pero sobre todo desierta. Siempre quise llevarte allí, donde pudiéramos vivir alejados de todo aquello que terminó erosionando nuestros sentimientos y condicionando nuestras decisiones.
Alejados de la mediocridad, a salvo del murmullo terjiversador, de las terceras opiniones ausentes de razón, de las miradas envidiosas y del amor convertido en sobreprotección destructura.

Un mar que no tiene fin sería nuestro único escenario. Sería una barrera impenetrable. Sus turbulentas aguas mar adentro purificarían todo lo que a nosotros llegara, convirtiéndolo en una blanca espuma que acariciaría nuestros pies mientras juegan en la orilla.
Los comentarios malintencionados serían un agradable cosquilleo en nuestra piel; los prejuicios dañinos quedaría reducidos a gotas de sal que salpicarían nuestro cuerpo desnudo y nuestras almas expuestas al sol.
Los malos entendidos, los miedos y temores de quien nos pretendría proteger en exceso,quedarían echos polvo por la fuerza del viento que choca contra el acantilado, entremezclándose con la blanca arena y con los fósiles que duermen en ella.

Si pudiera, te llevaría a mi isla. Allí los malos gestos, las inseguridades y los celos son mecidos con suavidad por las olas, envolviéndolos y haciéndoles descender al fondo del mar, donde jamás puedan hacernos temblar ni dudar sobre nuestros sentimientos.
Las malas experiencias que nos hacen desconfiados, serían arrancadas de nuestras memorias y se perderían en el follaje, enterrándose muy profundo para con el tiempo, germinar con una nueva forma.

Nuestro amor en la isla no estaría magullado por el día a día y sus sinsabores, no se apagaría jamás por la odiosa rutina que acabaría por convertirlo en algo vulgar. Lo alimentaríamos cada mañana con el néctar de las frutas más dulces, con caricias eternas y con miradas cómplices que nos harían estremecer.

Ante cualquier atisbo de enfado entre nosotros, el cielo se tornaría oscuro, el viento nos reprendería por nuestra absurda actitud y silbaría fuerte en nuestros oidos con aire amenzante.
Las nubes se pondrían nerviosas y sin querer chocarían unas con otras por culpa del enfado del viento que las balancearía a su merced.
Litros de agua caerían sin piedad sobre nuestros cuerpos ya empapados y el cielo nos intimidaría con sus gruñidos, iluminándonos por instantes para que encontráramos cobijo. Una vez allí, las ramas de los árboles nos susurrarían palabras de amor y sentirías la imperiosa necesidad de abrazarme para siempre.

Una relación aislada del mundo no sería real, sería una mera proyección de nuestra felicidad. No obstante, hace falta tener mucha fuerza y sentir mucho amor por alguien, para dejar a un lado lo externo.
La familia, los amigos, el trabajo... a veces lo que mas amamos puede costarnos una relación sino tomamos las medidas adecuadas.
Haciendo balanza de los bueno y de lo malo, discerniendo entre la relación personal y del resto del mundo, podemos valorar que fue lo que acabó con nuestra relación. ¿ Se agotó el amor? ¿o quizás nos dejamos llevar demasiado por los demás?
Yo ya se mi respuesta. Ahora te toca a ti.


Un saludo. María

jueves, 11 de diciembre de 2008

EN BUSCA DE ADAM BACKER

CAPITULO 3


Toda había sido una vez más, un terrible sueño al que no encontraba explicación aparente. Me cambié de camiseta ya que la anterior estaba empapada en sudor e intenté tranquilizarme mientras ojeaba mi libreta de notas hasta que el agotamiento tiró de mis párpados y me quedé dormida.
Después de dos horas más de descanso, ufana porque mi recurso para burlar la claridad había funcionado a la perfección, me levanté de la cama y busqué con la mirada a Patricia que ya no se hallaba en la habitación. Su lado de la cama aún estaba caliente.
Afiné el oído y alcancé a distinguir su voz entre otras con las que charlaba animadamente en lo que parecía una presentación.

Atravesé el pasillo hasta llegar al recibidor, donde se encontraba mi amiga acompañada de Franklyn y otro hombre desconocido para mí.
Una triste bombilla que colgaba en la pared amenenazaba con fundirse, emitiendo intermitentemente suaves zumbidos como si una desdichada abeja estuviera volviéndose loca en su interior. La luz iba y venía al igual que la vida de la sentenciada abeja, que se apagaba por momentos.
Franklyn se percató de esto y mojando sus agrietados dedos en saliba para evitar la quemazón, se dispuso a enroscarla con fuerza para asegurarse de que hiciera contacto. El zumbido cesó.
Quedó patente que es un hombre habilidoso y servicial, quizá demasiado y de eso se aprovechaba María. La Casera no tenía ningún tipo de remordimiento al disponer de sus servicios a cualquier hora del día y de la noche, acudiendo a Franklyn mucho antes incluso que a su propio marido. Parecía un hombre de carácter impetuoso, pero en presencia de su dueña, solamente era un muñeco de goma desdentado y endeble al que le latía el corazón demasiado deprisa.


A pesar de mi aspecto desaliñado, el otro inquilino examinó descaradamente cada parte de mi cuerpo, de una manera tan soez que me provocó cierta repulsión. Cuando llegó a mi busto se detuvo unos instantes como si una fuerza magnética le impidiera avanzar en su pervertida exploración. Su manera de mirar era tan descarada que me sentí como si estuviera desprovista de mis ropas, crucé los brazos sobre mi regazo a modo de coraza y entonces volvió la vista a su primera víctima.
David, que así se llamaba, rondaría los 40 años y como la mayoría de los dominicanos que conocí, era faldero y muy deslenguado. Estaba apoyado en el marco de la puerta de su habitación con la actitud de un gallito de corral que se contonea vanidoso marcando su territorio. Vestía un pantalón corto y una camiseta de algodón de una talla demasiado pequeña, que marcaba su prominente y blandurria barriga.
Sus ojos verdes eran inquietantes y no me inspiraban ninguna confianza. Lucía una línea de pelo bien trazada y muy fina que bordeaba su boca y se extiendía hasta su barbilla, proporcionándole una apariencia un tanto hortera. Sus cejas, extremadamente depiladas, confirmaban su falta de buen gusto y sus ganas de parecer más joven de lo que realmente era.

Respiré hondo y me uní a la conversación en un intento por integrarme en mi nuevo entorno. El nuevo, no contento con mi saludo general extendió su brazo y me estrechó su mano llena de callosidades durante unos segundos sin dejar de examinarme minuciosamente. Retiré la mano en cuanto pude y disimuladamente me sequé en el pantalón el sudor que me había transferido. Me costó esconder tras una sonrisa mi gesto de repugnancia ante aquel ser tan desagradable. Dos muelas de oro asomaron por los lados de su oscura boca deslumbrándome como dos tesoros escondidos en una recóndita cueva de ladrones.
David no tardo mucho en ofrecerse cordialmente a llevarnos donde necesitáramos ya que tenía un vehículo propio. Ni por un segundo se me pasó por la cabeza hacer uso de tal proposición.
Entretenidos con el palique, permanecían ajenos a quien nos espiaba sigilosamente desde la puerta entreabierta de su habitación. Ese par de canicas pequeñas y azules conseguían ponerme realmente nerviosa, me era imposible mantener fija la mirada.
De alguna manera forcé el fin de la conversación y con un guiño de complicidad indiqué a Patricia que se dirigiese a la habitación.

Intercambiamos durante un buen rato nuestras impresiones sobre el lugar donde habíamos ido a parar. Cierto es que nuestro viaje había sido un tanto atropellado, pero jamás nos hubiéramos imaginado aquella situación tan precaria. La casa de los horrores había sido toda una contrariedad en nuestros planes.
Patricia a pesar de su apariencia de mujer y su pronto incontenible, era tan solo una niña. Sus ojos parecían dos cubos repletos de agua salada a punto de desbordarse y entonces me invadió un insoportable cargo de conciencia. No podía negar que yo -movida por mi propio interés y mis ganas de descubrir la verdad- la había arrastrado conmigo sin ningún tipo de miramiento.
Ambas estábamos bastante irascibles y el ambiente estaba tan tenso que cortaba la respiración. Me irritaba estar en esa casa de papel con aquella gente tan extraña, pero no iba a permitir que un pequeño contratiempo truncara el verdadero motivo que me había arrastrado de nuevo a aquella isla. Mi objetivo en Nueva York tenía nombre y apellidos: Adam Backer.

Nos dimos una ducha rápida –solo con agua ya que no teníamos jabón- y decidimos explorar el barrio en busca de un supermercado. Nuestro primer cometido era abastecer la repisa de la nevera que nos había sido adjudicada y que sería invadida -de manera habitual- por otros miembros de la casa durante nuestra permanencia.
El barrio de Brooklyn bajo un sol en pleno esplendor tenía una perspectiva muy diferente a la que percibí la noche anterior. Me cautivó su autenticidad.
Todas las casas estaban cortadas por el mismo patrón: grandes dimensiones, pésimos materiales, peores distribuciones y diminutos jardines; sin duda alguna son prisioneros de su propio sueño americano. Era una zona muy bonita, daba gusto pasear por allí. El tiempo era espléndido y aunque el viento se empeñaba en despeinarnos no se echaba en falta ropa de abrigo.
Una pareja de niños se divertía montando en monopatín y esquivando a las vecinas que, sin inmutarse, continuaban como si nada su tranquilo paseo matinal y su intercambio de chismes.

Bajamos nuestra calle dejando a nuestro paso dos o tres tiendas de alimentación, un parque -bastante descuidado- donde un grupo de chicos amenizaban la mañana jugando al basketball y lo que se suponía que era un rudimentario taller mecánico.
Al pasar por delante de este, dos hombres hispanos que -a juzgar por su aspecto- podrían ser nuestros padres perfectamente, nos obsequiaron con unas cuantas “lindezas” que nos hicieron ruborizar y aligerar el paso. Patricia se negaría en rotundo a pasar por esa acera de ahí en adelante.

Continuamos con nuestra caminata. Al llegar al final de la calle y girar a la izquierda nos encontramos con un instituto de un tamaño considerable. Su moderna fachada me hizo intuir que habría sido construido recientemente. También había una biblioteca en las inmediaciones.
La mayoría de los críos que jugaban en el patio eran latinoamericanos. A estas alturas ya me había dado cuenta de que iba a necesitar más bien poco el inglés en ese barrio.
En una zona apartada, había un corro de chicos que se agitaban y reían a carcajada limpia. Parecían estar pasándolo en grande entre saltos y gansadas de chavales. Cual fue mi sorpresa cuando distinguí en aquel círculo de brazos y piernas adolescentes, un muchacho postrado en el suelo que lloraba desconsoladamente. Su cuerpo raquítico temblaba de miedo al compás de su llanto y cubría avergonzado su oscuro rostro bañado en lágrimas con ambas manos, protegiéndose así de las agresiones de sus compañeros. La escena me hizo estremecer.


Patricia hizo un alto en el camino para llamar a su casa desde un teléfono público. A causa del desfase horario, no pudimos dar aviso a nuestros padres al aterrizar en Nueva York. Después de probar en varias cabinas y comprobar que casi todas estaban averiadas por fin dimos con una que funcionaba afortunadamente. Mientras ella se dedicaba a tranquilizar los histerismos de su madre, yo me debatía entre si llamar o no llamar.

Estaba angustiada y a pesar del frío que se colaba por mi ropa, empecé a transpirar. Lo que menos necesitaba en aquel momento era una interminable lista de reproches a cerca de mí precipitada decisión de marcharme de viaje sin tener en cuenta la opinión de mi novio Francisco*ni mi delicado estado de salud. Introduje mi mano derecha en el bolsillo del pantalón y extraje una fotografía que desdoblé varias veces. La contemplé durante un par de minutos mientras me recreaba pensando en lo bien que había hecho no mostrándosela a nadie cuando la encontré oculta entre mis pertenencias.
Analizándola me asaltó la misma sensación de familiaridad que la primera vez que la vi, aunque no era capaz de reconocer el rostro de aquel hombre retratado. Una escueta dedicatoria en su reverso escrita a mano era la única información de la que disponía: "Los Ángeles y yo te estamos esperando: Adam Backer".
Por un momento me quedé ensimismada rebuscando en mi desconcierto pero la llamada de mi amiga me sacó bruscamente de mi trance. Me apresuré a guardar la foto y corrí a su encuentro.

martes, 9 de diciembre de 2008

EN BUSCA DE ADAM BACKER

CAPITULO 2


Noté una mano en mi hombro y entonces supe que me había quedado dormida presa del cansancio. Patricia me miraba estupefacta, con la boca entre abierta y esos grandes ojos que parecía que se le iban a salir de las órbitas. Parecía una estatuilla de cera carente de movilidad.
Seguidamente me interrogó sobre quien era ese tal Adam y yo francamente no supe ni que contestar a semejante pregunta.

Patricia tiene 20 años. Fuimos juntas a clase el curso pasado, pero cuando me la presentaron tres meses atrás en la cafetería, mi sensación era la de no haberla visto en mi vida.
Es muy alta, tiene una frondosa melena larga y de color negro, con un rizo pequeño bastante molesto que intenta domar a base de productos para el cabello en un intento de lucirlo liso. Sus enormes ojos oscuros y rasgados los suele perfilar con una línea negra que recorre su párpado de extremo a extremo y que no siempre atina a hacer con buen pulso.
Tiene un rostro de lo más expresivo e inconscientemente moviliza de una manera pasmosa todos y cada uno de sus músculos faciales, haciendo imposible el disimular sus emociones en situaciones extremas.

Sin ni siquiera ponernos el pijama nos metimos en la cama y a penas cruzamos palabra alguna debido al agotamiento. A falta de almohadas había un cojín, que además de tener un aspecto bastante sucio estaba más duro que una piedra. Decidimos entre bromas echárnoslo a suerte con el mítico juego de “pares y nones”, pero finalmente Patricia -con un gesto muy gentil- me lo cedió aquella noche. Me tapé con la manta como pude, dejando para el día siguiente todo tipo de pudores o remilgos y cerré los ojos. Entre pensamiento y pensamiento fui notando como el sueño se iba apoderando de mí hasta dominarme por completo.

Desde primera hora de la mañana, me empezó a incordiar la luz que se hacía paso, sin impedimento alguno, a través del enorme cristal. En esos momentos hubiera matado por cambiarlo por una ventanita minúscula que diera al más oscuro de los patios de luces. Intenté cubrirme la cabeza con la manta -que desprendía un olor raro- pero fue en vano ya que la luz se filtraba por el tejido y las costuras. Jamás hubiera predicho que viviría en aquellas condiciones tan austeras, pero no me había quedado más remedio.

Cuando pensaba que la situación no podía ir a peor una agitada conversación en el pasillo terminó por despertarme. Una de las voces, que comenzaba a exasperarse, me resultaba familiar. Era la de Franklyn quien dialogaba en medio del pasillo con una mujer, sobre sus respectivas tendencias políticas. El tema estaba candente debido a que las próximas elecciones a Presidente de los Estados Unidos serían en escasas semanas y habían creado grandes expectativas.
La otra voz con la que interactuaba era la de Julia, la única fémina –por denominarla de alguna manera- de todos los arrendatarios.

Julia, había ahogado hace tiempo la delicadeza en alguno de los litros de cerveza que religiosamente consumía a diario. Sus 69 años – de los que hacía alarde muy a menudo- no la impedían mostrarse activa y dicharachera cual adolescente.
Su pelo lucía engominado, de corte masculino y de color rojizo, que conseguía a base de tintes que aplicaba con fervor cada 20 días.
Sus atuendos –varoniles también- y su encorvada manera de menearse al andar –más parecida a la de un cowboy del oeste que a la de una anciana de casi 70 años- me hicieron sospechar a cerca de sus inclinaciones sexuales.
Julia derrochaba vitalidad. A pesar de las enfermedades que decía que padecía, conservaba energía suficiente como para tener atemorizados a todos los inquilinos de la casa y a medio barrio. Pero tras aquella apariencia de mujer ruda y desprovista de sentimientos, se escondía una luchadora nata.
Aquella mañana llevaba una camiseta blanca de tirantes, metida por debajo de unos vaqueros de cintura alta, que amarraba con un grueso cinturón marrón, evitando así que se escurrieran de su esmirriado cuerpo, en uno de sus múltiples vaivenes.

La claridad de la camiseta dejaba intuir la ausencia de ropa interior, transparentándose casi por completo, dos turgentes senos, que nadie hubiera adivinado que pertenecían a una mujer de dicha edad. Seguramente Julia –en su atolondrada juventud- fue pionera en operaciones de estética, tan frecuentes en la actualidad. Jamás conseguí saberlo con certeza.

Apreté los ojos fuertemente intentando evadirme de aquel bullicio pero fue inútil. Su elevado tono de voz malintencionado y sus risotadas me impedían permanecer ajena a su conversación que –dicho sea de paso- no alcanzaba a entender en su totalidad porque mezclaban inglés con castellano, resultando de aquella fusión, un lenguaje casi cifrado para oídos inexpertos.

Decidí levantarme, me lavé la cara y dejé durmiendo un rato más a Patricia que parecía no inmutarse con nada de lo que allí estaba sucediendo.
Temerosa, abrí lentamente la puerta y asomé la cabeza para ver el percal. Alcé la vista y para mi sorpresa, el pasillo estaba completamente desierto.
Lo que no me esperaba era toparme con dos ojos azules redondos y pequeños al agachar mi cabeza. Julia no paraba de observarme de arriba a abajo desde su metro cuarenta centímetros; entonces me dedicó una mueca de asco y se dio la vuelta en dirección a su habitación.

Opté por regresar a la cama. Mientras despotricaba para mis adentros sobre aquella condenada vieja, me enrollé un pañuelo en la cabeza y cubrí mis ojos con la esperanza de evitar la luz.
Cuando empezaba a encontrarme somnolienta escuché un teléfono que no paraba de sonar. No entendía como no había silenciado el móvil antes de acostarme como acostumbraba a hacer en Madrid. Pronto caí en la cuenta de que no había traído mi móvil a EEUU y Patricia tampoco por miedo a represalias posteriores por elevadas facturas telefónicas. El sonido que insistentemente retronaba en mis oídos no provenía de ningún móvil, sino de teléfono fijo.

Abrí los ojos y el teléfono -no sabía exactamente en que momento- había dejado de timbrar.
Me encontraba en la habitación 1469 otra vez. La misma moqueta azulona cubría el suelo de la habitación atrayendo toda la suciedad que encontraba a su paso. Una retahíla de vestidos estaban desperdigados por el suelo y en un rincón había una maleta a medio hacer. Una nueva llamada me sobresaltó.
Descolgué el aparato y nerviosa esperé una contestación al otro lado de la línea: “Miss Rodríguez, el vuelo X76890 destino Los Ángeles que nos pidió confirmar NO EXISTE”

lunes, 8 de diciembre de 2008

viernes, 5 de diciembre de 2008

EN BUSCA DE ADAM BACKER

CAPITULO 1


Es curioso el ser humano. Consigue de manera innata adaptarse y mimetizarse en nuevos ambientes y peliagudas situaciones por muy alejados que estén de su rutina o costumbres; incluso llegando a echarlos de menos cuando vuelve a su acomodada anterior situación.

Sin ir más lejos, hoy amanecí en mi confortable colchón, arropada con un mullido edredón blanco y sin la más mínima sensación de frío, cuando hace menos de 48 horas solía despertarme una corriente heladora a primera hora de la mañana y un golpe de luz que atravesaba aquel viejo ventanal sin cortina, que miedo daba abrirlo porque pareciera que se fuera a romper en mil pedazos.
Si después de estos contratiempos conseguía seguir dormida, era repentinamente arrancada de mi sueño con alguna balada empalagosa de Luís Miguel a todo volumen acompañada, por supuesto, de su correspondiente coro y baile. A pesar de no ver semejante espectáculo, podía intuir al detalle su improvisada coreografía, retumbando cada paso y cada carcajada en las paredes de mi habitación y en mi cabeza.
Esta mañana cuando amanecí en mi cama, tampoco se oyeron disputas por quien entraba antes al baño o conversaciones chinchonas en un curioso spanglish* que solía sacarme de mis casillas. Hoy invadía un silencio, incluso incómodo, toda mi casa.

Hace 5 semanas -aunque a mí me parecía una eternidad- aterricé en tierras americanas, agotada y sin saber a ciencia cierta cual sería el techo que me salvaguardaría aquella noche. Desde luego viajar a la aventura puede ser muy estresante sobre todo cuando el tiempo juega en tu contra y la noche esta cayendo sobre Nueva York.
Una llamada de teléfono a nuestra futura Casera y -en ese momento- salvadora absoluta fue suficiente para dejarnos respirar. Apunté cuidadosamente la dirección de la casa en el reverso de un panfleto publicitario y busqué -con la ayuda de un chico que trabajaba allí- la calle en uno de los mapas que adornaban las paredes del aeropuerto La Guardia.
Me quedé pasmada cuando aquel muchacho me informó sobre su localización. Estaba situada en el barrio de Brooklyn, el mismo donde algunos taxis newyorkinos no quieren acceder ni por todo el oro del mundo. Nuestro destino en concreto había sido -dos años atrás- nido de toxicómanos, camellos y delincuentes. Actualmente-por ironías de la vida y por suerte para nosotras- estaba custodiado por patrullas de policía cada dos calles, resultando más seguro que el propio Manhattan.

Yo estaba algo escéptica a cerca de encontrar un medio de transporte que nos llevara a la dirección indicada por María -La Casera- pero sin duda alguna la cara de pánico de mi compañera de viaje, reflejaba una actitud mucho más pesimista que la mía.
Estábamos tiradas sobre nuestras maletas mirándonos respectivamente y haciendo verdaderos esfuerzos para no perder los nervios. El viaje nos había dejado exhaustas y la situación era de todo menos alentadora. Francamente, me ví durmiendo bajo el puente de Brooklyn, que por muy glamuroso que suene, no dejaba de ser un maldito puente.

Levanté la mano varias veces con la esperanza de parar a algún intrépido taxista que quisiera llevarnos a esas horas de la noche al barrio de Broocklyn, pero en cuanto oían de mi boca el destino salían despavoridos, algunos de ellos casi llevándome por delante.
Después de varios intentos fallidos encontramos a un hombre que conmovido por nuestra situación accedió a llevarnos a regañadientes, pero en décimas de segundo, lo que era una buenísima noticia pasó a ser motivo de sospecha.
Tendría que ver menos películas y no escuchar tanto a mi madre. Es la persona más desconfiada del mundo, capaz de hacerte ver a una dulce abuelita que te ofrece un caramelo como al más sanguinario de los asesinos en serie. Esto puede deberse a su larga experiencia como enfermera en un hospital psiquiátrico y a su exacerbada imaginación que alimentó a base de cientos de libros durante toda su juventud. A sus ojos, todos tenemos un diagnóstico psiquiátrico -incluida yo- aunque no viene al caso entrar en detalles.

No obstante el cansancio había hecho mella en mí y que el tiempo jugaba en nuestra contra era un hecho irrefutable, por lo tanto nos metimos con todos nuestros bártulos en el taxi, le indiqué la dirección al conductor y nos pusimos rumbo a lo que sería nuestro hogar el próximo mes.
Después de casi 45 minutos de trayecto el taxista aminoró la velocidad hasta parar enfrente de una gran casa de ladrillo rojizo de aparente sólida construcción, con verjas plateadas que la diferenciaban sutilmente del resto, tal y como nos había descrito María.

Aún dentro del taxi divisé entre la negrura de aquel minúsculo jardín a una mujer de mediana edad y piel oscura. Llevaba una vieja bata de estar por casa llena de pelotillas y unos rulos de chillones colores perfectamente colocados en su grueso pelo. Supuse que se trataría de María.
Se acercó a nosotras recibiéndonos con un cálido saludo, bastándome dos o tres palabras suyas para intuir que era dominicana. Conservaba -a pesar de la edad que debía tener- un cutis terso y lozano que cualquier mujer envidiaría.
Abrió la puerta de entrada y emitiendo un sonoro grito -con un timbre de voz bastante molesto- reclamó la presencia de Franklyn que corrió escopetado a la llamada de la dueña de la casa.
Debía tener unos 60 años, bien aseado, piel color café y por su seseo deduje también su origen latinoamericano. Tenía agujereadas las orejas y estaban adornadas por dos aros muy pequeños de oro que se balanceaban con cada uno de sus agitados movimientos. Su barba de dos o tres días y su oscuro pelo sin rastro de canas, le daban un aspecto desenfadado y juvenil y sus escuálidos brazos estaban adornados con tatuajes que habían perdido parte de su color por el paso del tiempo.
Aunque sus ojos pequeños y vivarachos brillaban intensamente, las arrugas y facciones de su rostro delataban una vida llena de sinsabores. Mientras escuchaba atento las indicaciones de María, me sonrió tiernamente dejando entrever una dentadura a la que le faltaban varias piezas, lo que encajaba perfectamente en el perfil de una vida deshecha por las drogas. Me conmovió desde el primer momento aquella manera de mirar tan propia de él.


Franklyn nos ayudó amablemente a cargar las pesadas maletas hasta el piso de arriba donde cambió radicalmente la temperatura, azotándome en la cara una auténtica ola de calor. Percibí un olor a cerrado entremezclado con lo que supuestamente había sido la cena de esa noche que me revolvió el estómago.
Atravesamos el pasillo dejando atrás las habitaciones de los demás inquilinos hasta acceder a la nuestra que estaba apartada del resto. Las paredes estaban pintadas de azul claro y tenían varios desconchones e incluso alguna pequeña humedad que afloraba a pesar de los intentos de la dueña por disimularlas con muebles estratégicamente colocados.
Había una única cama de matrimonio con un cabecero de espejo y una gruesa manta de flores cubriéndola por completo. Evidentemente, el compartir lecho todo el mes no entraba –hasta ese momento- en los planes de ninguna de nosotras dos.
Lo primero que pensé es en la cantidad de historias de las que habrían sido testigos las paredes de aquel habitáculo de menos de siete metros cuadrados con lavabo incorporado. Más adelante sabríamos quienes fueron los anteriores inquilinos y porqué tuvieron que marcharse de allí de un día para otro.

El recibimiento desde luego no tuvo desperdicio. Nos fueron explicadas algunas normas de convivencia como la ducha comunitaria que compartiríamos con otros cinco inquilinos o la prohibición de arrojar papel de WC al WC. No obstante, La Casera se cubrió las espaldas o mejor dicho su inmenso trasero, exigiéndonos astutamente el previo pago del mes completo aquella misma noche. Aquello disipaba toda idea de huir al día siguiente siendo un verdadero punto de no retorno en nuestro viaje.
El tiempo acabaría por desenmascarar a la verdadera María, una mujer muy alejada de aquella imagen de devota creyente y hospitalaria ama de casa que nos pretendió vender en nuestra llegada. Ella es una de los muchos oportunistas que infectan la ciudad de Nueva York nutriéndose de la desgracia ajena y ama a los papeles verdes por encima de todo y de todos, incluso de su propia familia.

Aquella noche caí rendida de cansancio encima de la cama importándome -en ese momento- bien poco la desconocida procedencia de aquella vieja manta y cerré los ojos.
Cuando los volví a abrir me encontraba enfrente de lo que parecía una habitación de hotel, la número 1469 según marcaba la puerta. Un teléfono proveniente de su interior empezó a sonar estrepitosamente. Giré el picaporte lentamente y entré atraída por aquel timbre insoportable que no dejaba de taladrar mi cabeza. Me senté a los pies de la cama y después de dudar durante unos instantes, me decidí a atender la llamada.
Descolgué el teléfono, lo acerqué temblorosamente a mi oido y escuché una entrecortada respiración durante unos segundos hasta que me armé de valor y pregunté: ¿Adam, eres tú?

jueves, 4 de diciembre de 2008

ECLIPSES, ESTRELLAS FUGACES Y AGUJEROS NEGROS

En el Universo de las relaciones interpersonales es fácil sentirse perdido y desorientado. No sirven reglas ni tampoco premisas. No existen las previsiones ni la lógica. Directamente coje tu manual de seducción y quémalo junto a toda esperanza de no salir trasquilado en esta absurda cruzada que es el Amor.

Para aquellas personas que pecan de inconformistas y exijentes, encontrar en medio de este "mercadillo" de ocasiones un artículo sin tara, es un hecho tan poco frecuente como un "Eclipse de Sol", pero ojo, puede resultar tan hermoso como abrasador sin las convenientes precauciones.
El problema de estos "eternos soñadores" es que quizás, cuando por fín se topan con lo que tanto anhelaban, la desilusión que camina de la mano con el idealismo, se apodera de ellos al comprobar que no es lo que esperaban. Definitivamente, no existe nada ni nadie perfecto.



Para los volubles o inestables quizá el verdadero problema no es encontrarlo sino mantener vivo el interés por la nueva adquisición. Este tipo de relaciones "Estrella Fugaz" suelen empezar de una manera demasiado efusiva y deslumbrante. Su aparente perfeccción y su cegadora luz -tan intensa y clara- puede arrastrasnos a decisiones precipitadas a la hora de entregar ,en bandeja de plata, nuestros más profundos sentimientos.
Esta apertura emocional a menudo aburre soberanamente a nuestro "amante veleta". Este se apresurará en su huida dejando tras de sí una estela dorada como único recuerdo de su efímero amor y una herida sangrante que tardará en cicatrizar más de lo que pensábamos.

Por otra parte, los Agujeros Negros, son la guarida de aquéllos que llamamos "chupópteros emocionales".
Son personajes de naturaleza compulsiva, celosos y presos de una terrible inseguridad que les hace cebarse con sus compañeros sentimentales para sentirse así más poderosos ante su propia vulnerabilidad.
Son relaciones enfermizas en las que se desarrolla una dependencia tan fuerte, que a veces hace imposible que la propia víctima se desvincule de su torturador.
Estas oscuras relaciones, cuando finalizan son muy dramáticas y dolorosas, dejando una verdadera sensación de vacio del que es dificil recuperarse.
Sin duda alguna, acabar con ellas es la mejor decisión que se puede tomar ya que son como los parásitos a una planta, una vez eliminados de sus raices, ésta recupera sus flores y la fortaleza de sus tallos. Nace la oportunidad de volver a empezar.

Hay tantos tipos de relaciones como tipos de personas -infinitas combinaciones y un amplio abanico de posibilidades- lo que impregna de misterio e intriga cada nueva relación en la que nos embarcamos.
El que no arriesga no gana y nunca estuve en el bando de los cobardes,testigo de ello son mis innumerables tropiezos en el camino.
Dicho esto, no me queda otra que respirar profundamente y armarme de paciencia. Admito que los nervios alojados en mi estómago se apoderan de mi ante esta nueva aventura que se me presenta como si fuera la primera...

Un saludo. María.

ALERGIA AL COMPROMISO

Te han dicho frases como "te quiero" "nunca me había pasado algo así" o el mítico " cierra los ojos que te voy a hacer volar" en tu primer encuentro sexual y has sentido unas ganas imperiosas de salir por patas de allí?
¿ Eres de los que "invita" a marcharse a tus invitados nocturnos después de la cópula con frases como -Ufff mañana madrugo- o -Que pequeña que es esta cama o me lo parece a mi- ?
Si sientes ataques de pánico/ansiedad/sudoración/punzadas en el brazo izquierdo o cualquier sintomatología similar cuando te "obsequian" con la famosa copia de las llaves del piso o con las presentaciones familiares en las que uno siente que no puede escapar...
Lo siento Amig@: Tienes alergía al compromiso!

Quien no se ha sentido alguna vez agobiado por alguien que ha corrido más de lo debido o que se ha precipitado con sus muestras de afecto?
Tanto mujeres como hombres hemos sido víctimas algunas vez de estos "prematuros amorosos" que nos han causado más de una taquicardia innecesaria.
No solo el sexo masculino puede sentirse agobiado con la típica histérica que no para de llamar y que te pide explicaciones de donde con quien y porque vas o vienes despúes de una única noche de sexo... Estas historias, según me cuenta algún amigo, suelen acabar con el cambio de número de teléfono porque no hay quien se las quite de encima ni con agua caliente.

Pero también si duda alguna, hay hombres muy pesados -aquí ya hablo en primera persona- que te deleitan desde la segunda cita con palabras empalagosas como "bollito" o "cari" que personalmente me revuelven el estómago.También existe el típico osado que te agarra la mano al cruzar -como si fuera un deporte de riesgo extremo- cuando a penas sabeis ni vuestros apellidos; entonces es cuando miras a ambos lados de la calle rezando para que nadie conocido pasara por allí en aquel embarazoso momento y sacas tu mano de aquel embolado como sea.

En las relaciones, como en la vida en general, todo tiene su momento adecuado. Adelantarse o retrarsarse puede conllevar efectos como espantar a la persona que nos gusta o perder un tren que jamás volverá a repetirse.

Un saludo. María