Aunque tenía la sospecha planeando sobre mi cabeza desde hacía tiempo, no pude dejar de sorprenderme cuando abrí la puerta del jardín y ví quien aguardaba detrás de los muros de mi casa. No hacía falta tener muchas luces para saber que al intermediario le incomodaba la situación tanto o más que a mí. Sus pequeñas manos acordes con su estatura temblaban y su mirada hacía verdaderos intentos por desviar la mía que le acechaba constantemente.
Sin apartar mis ojos de la bolsa que cargaba con cierta desgana, eché un vistazo más a mi alrededor con todo el disimulo que me fue posible. Él no estaba allí, quizá a pocos metros, puede que un par de calles. Le imaginé aparcado en algún recoveco de mi barrio y esperando con la cabeza metida debajo del ala a que todo esto acabase de una vez.
Después de asegurarme de que la bolsa contenía lo acordado, entré de nuevo en casa para coger sus cosas. En ese breve espacio de tiempo, me puse a pensar sobre todo lo que estaba aconteciendo. Por más que me estrujé la cabeza no conseguí encontrar parecido alguno entre aquel cobarde títere que aguardaba temeroso en su coche y el hombre que un día conocí.
El improvisado mensajero dibujaba al caminar círculos en el asfalto sin perder de vista la trayectoría de sus descompasados pies.
Hicimos el intercambio de paquetes sin mediar palabra alguna y acto seguido se fue alejando calle abajo con paso ligero hasta perderse entre los coches y los árboles. Todo había acabado y aunque tuve que hacer un gran esfuerzo por contener las lágrimas que rabiosas luchaban por salir, me sentí indudablemente aliviada.
No tenía ganas de entrar a casa y me senté sobre el frío marmol del suelo del portal. Mil recuerdos se pasaron por mi cabeza y tal como los iba rememorando los sumergía en el olvido, prohibiéndoles de alguna manera que volvieran a flote. Abrí la bolsa y saqué mi gabardina. Después de todo lo que había pasado estos meses atrás ya ni siquiera me parecía tan bonita. Estaba completamente arrugada. Quien la empaquetó lo debió hacer lleno de cólera y poseído por aquel sentimiento no pudo evitar emburruñarla para así calmar su desazón. Cada frunce, cada pliegue en el tejido, era un surco cada vez más profundo en su seco corazón.
Observé la chuchurría tela y en aquel instante decidí que pasaría a engrosar la larga lista de vestimentas que almacenan polvo en mi armario, aquellas que sabes que jamás te pondrás pero no te atreves a deshacerte de ellas. Sin embargo, librarme de su traje fue quitarme un enorme peso de encima. Si aquellos dos trapos hablasen, nos sorprenderíamos con la cantidad de recuerdos que albergan en cada una de sus costuras, con los olores impregnados para siempre en en sus forros y con los sentimientos que quedan atrapados en sus bolsillos...Tengo que agradecer que los trajes y las gabardinas no sean buenos conversadores.

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