martes, 20 de enero de 2009

EL LOCO DE LA COLONIA

Dos enormes ojos azules se colaron por las oxidadas rendijas que comunicaban su habitación con el trastero. Como cada mañana, Jose -El Loco- empleaba todas sus energías en asegurarse de que nadie trataba de intoxicarlo a través del aire que se filtraba por el conducto de ventilación. Después de cerciorarse de que todo estaba bajo control, selló cada uno de los espacios entre reja y reja con cinta adhesiva evitando así el paso de ninguna sustancia peligrosa. Retiró la mascarilla protectora de su boca e inhaló aire cautelosamente. No podía fiarse ni un pelo cuando se trataba de su seguridad personal. "Bien hecho muchacho, estos bastardos no saben con quien se la están jugando", una voz ronca y rota le elogió euforicamente por el trabajo realizado. Seguidamente, Jose pensó que su cabeza iba a explotar y se presionó con fuerza las sienes esperando a que aquel calvario cesase. Cuando abrió los ojos de nuevo, la voz se había desvanecido.


Solía levantarse temprano, cuando ni siquiera el sol se había atrevido a asomar la cabeza. Después de abrir los múltiples candados que custodiaban la habitación donde maquinaba todas sus fantasías, continuaba con su "peculiar" rutina matinal. Su aspecto era desaliñado, debido quizá a la gran masa de pelo rizado y espeso que cubría su cabeza y que nunca peinaba. Rondaría los cuarenta años, pero su oscura barba le sumaba algunos más.



En el armario del baño tenía toda una farmacia casera nutrida con docenas de botes de fármacos. En una estantería estaban apilados los envases abiertos, practicamente enteros. En la otra, los envases nuevos y sellados. Las amenazas que sufría constantemente le habían vuelto muy receloso. Estaba convencido de que querían acabar con su vida así que no tomaba nada que no estuviera perfectamente precintado.
Entre tanto envase de colores, había varios suplementos vitamínicos, que compensaban las carencias de su irregular alimentación en la que no incluía cárnicos ni ningún tipo de pescado. Cada mañana abría un nuevo bote, quitaba el precinto y tomaba su dósis diaria.
En sus años de juventud, todo comenzó siendo una dieta vegetariana en protesta por el mal trato que sufrían algunos animales. Adquiría productos biológicos en tiendas especializadas pero al perder la chola por completo el tema se le fue de las manos. Hacía años que no se sometía a un chequeo médico, pero no hacía falta ser un aguililla para intuir por sus ojeras y su palidez enfermiza, que sufría una anemia de caballo.
El Loco a día de hoy, no prescindía de algunos alimentos por ir en contra de sus principios. El motivo principal era porque estaba convencido de que esos alimentos le devorarían por dentro el alma y las entrañas, como si de un buitre carroñero se tratase.



Ingirió un puñado de pastillas de diferentes colores y entró en la cocina, como todos los días, a por un vaso de zumo de tomate que el mismo exprimía. Cultivaba los tomates en un pequeño huerto oculto en su jardín y jamás usaba insecticidas. Lavaba cuidadosamente y varias veces cada pieza antes de meterla en la batidora, y si encontraba algún orificio o marca extraña en el fruto se deshacía inmediatamente de él. De esta manera estaba convencido de la verdadera procedencia de las hortalizas que ingería y de que no estaban envenenadas.

Al oir sus pasos, sus dos únicos amigos entraron en la habitación como alma que lleva el diablo, parecían dos sombras negras teletrasportándose desde el infierno. El Señor Smith y Jenny. Sus enormes ojos color mostaza no perdían detalle de cada uno de los movimientos que su dueño hacía, y se enredaban en sus piernas entorpeciendo su actividad. En una de estas los dos gatos casi provocaron la caida de El Loco, que en un intento desesperado por no pisarlos tropezó, derramando todo el jugo. Enloquecido y lleno de furia arremetió contra ellos con lo primero que tuvo a mano, la escoba. La pareja consiguió escabullirse entre los muebles en un intento por esquivar los mortales golpes que les asediaron incansablemente hasta la puerta del jadín. El lunático de Jose no quedó conforme del todo con la reprimenda. Y entre refunfuños, quejas y alguna que otra palabra fuera de tono, regresó a sus labores, que por esta mañana ya irían con retraso y eso le sacaba aún más de sus casillas. "Malditos gatos", espetó entre dientes. "Algún día de estos deberías quitártelos de en medio. Saldría un buen estofado.", le sugirió una voz de lo más tenebroso y que le susurraba desde muy adentro.


Continuó con sus descabellados balbuceos mientras recogía el liquido derramado sobre los azulejos que revestían el suelo. Se vistió con su camisa favorita de cuadros llena de rotos y sus tejanos desgastados por el uso. La tela de las rodillas estaba totalmente descolorida por la postura que adoptaba cuando realizaba sus experimentos en el jardín, que más bien parecía un laboratorio del CSI. Allí jugaba a destripar aparatos electrónicos, a urgar en el interior de las videoconsolas y a mezclar sustancias químicas en busca de dios sabe que fórmula. El día menos pensado, la calle entera estallaría en mil pedazos.


Una vez ataviado, cogió su carro de la compra y lo empujó hasta la puerta principal. Asomó la cabeza con cautela, su mirada suspicaz reflejaba desconfianza. Nunca se podía estar seguro de que no había nadie acechando.... Esta era su regla de oro.
Jose tenía claro que debía actuar con suma precaución si quería salvar su pescuezo, estaba en el punto de mira y cualquier paso en falso podría ser garrafal. De repente, unas repentinas indicaciones en actitud muy misteriosa le hicieron meter un brinco. " Soy yo muchacho, no te acobardes. Derecha....izquierda... no hay moros en la costa. Vamos a por ese par de cosillas que necesitamos para aquel juguetito que te comenté".

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