lunes, 26 de enero de 2009

TRAJE DE NOVIO

El diminuto joyero de terciopelo negro deambulaba de una mano a otra. Parecía que se tratase
de un pedacito de brasa que conservaba el calor suficiente como para causar escozor en la piel al
entrar en contacto con ella. Tanto movimiento me estaba empezando a poner ciertamente
nervioso.


Carlos se aflojó la corbata, se desabrochó un par de botones de la camisa y tomó una
bocanada de aire.
No apartaba la mirada del elegante estuche que continuaba su travesía de un lado a otro hasta que lo atrapó con su mano derecha y lo abrió con delicadeza. Contempló su interior durante unos minutos y se sintió satisfecho. Estaba seguro de que había acertado de pleno en su elección. LLevaba meses ahorrando, desde su ascenso en el bufette tenía un salario bastante atractivo y pensó que era el momento perfecto para pedírselo. Yo le conocía bien después de tantos años y no cabía duda de que estaba muy emocionado ante el paso que estaba a punto de dar.



Desde hacía 4 años vivíamos en un ático de lo más coqueto en el centro de Madrid. Estaba abuhardillado y decorado de manera sencilla. No era muy grande pero teníamos todo lo que dos solteros como nosotros podíamos desear... una videoconsola, un enorme frigorífico repleto de cervezas y una inmensa pantalla de plasma para los partidos del domingo. Una lástima que este paraiso terrenal fuera a convertirse en un patio de recreo, lloros nocturnos y olor a pañales sucios... No era primerizo en estos temas, pero en esta ocasión me pillaba mayor, con menos paciencia y con la ilusión agotada. Demasiadas decepciones por el camino, supongo...



Carlos es un abogado brillante. A sus 31 años había conseguido ganarse el respeto de
todos sus superiores gracias a su audacia resolviendo casos peliguados y a su carismático carácter.
Una lástima que su difunto padre, el Sr Rivera, no haya vivido para verlo porque, aunque de su boca no saldría elogio alguno, estoy convencido de que se sentiría muy orgulloso. El viejo cascarrabias se había ido al otro mundo sin decirle a su hijo ni una palabra de afecto, ni un gesto reconfortante, nada.


Mi amigo continuaba con gesto reflexivo, sentado en el confortable sofá de piel. Se había despojado de sus zapatos y llevaba la camisa arrugada y por fuera del pantalón. Vestía un traje, que aunque era de corte bastante simplón, le sentaba como un guante.
Tiene buena planta, alto y atlético, aunque no siempre fue así. De pequeño era el gordito patoso del grupo, pero con los años llegó a tener mucho éxito con las mujeres. Doy fé de ello.
Yo contemplaba la situación desde mi ángulo del salón. Me sentía frustrado por no poder darle
una palmadita en la espalda y decirle " tranquilo muchacho, todo va a salir bien", pero por
desgracia no estaba en mi mano o mejor dicho en mi manga.



A todo esto, me llamo Kazán y soy un traje. Pero no un traje cualquiera, sino uno con estilo,
mucho estilo. Fuí diseñado en 1993, y acompañé al padre de Carlos en el día más importante de
su vida y de la mia, su boda.
Me diseñaron para marcar la diferencia y cumplí mi cometido sobradamente, arrebatándole casi por completo el protagonismo al vestido de la novia. Aunque han pasado 35 años, yo me sigo viendo tan espectacular como el primer día. El mejor sastre de la época participó en mi elaboración y no escatimó en emplear las mejores telas y el diseño más favorecedor. Cuanta ilusión tenía, cuantos sueños por cumplir...
Él convirtieron un trozo de tela en una obra de arte, y no estoy exagerando. Mi pantalón, de color gris marengo, cuenta con una tablilla lateral que permite el mejor ajuste del mismo, y tiene una vuelta para así poder disimular los dos alambres que el novio tenía por piernas. En la casa
donde me crearon cuidan todo tipo de detalles. Mi chaqueta, de la misma tonalidad, tiene dos botones que me dan un toque muy elegante y su interior esta adornado con un forro de seda color negro. Incluso dispongo de un bolsillo interno que es de lo más práctico. En resumen, que hasta un hombre escuchimizado como el Sr Rivera lució imponente con un traje como yo.



Cuando me quise dar cuenta, Carlos me estaba observando fijamente y un escalofrío recorrió
todas y cada una de mis costuras. Conocía bien esa mirada.
Yo estaba expuesto sobre un majestuoso maniquí forrado con tela que la novia de Carlos había traído con gran entusiamo. Ana era diseñadora de moda. Tiene algunos años menos que mi amigo y aunque me costaba reconocerlo, es una mujer que te remueve lo cosido.
Su larga melena rubia y sus enormes ojos azules hacían que pareciese un ángel. Es pequeñita pero bien proporcionada y siempre me sorprende con algún modelito original que ella misma esboza. Es una mujer independiente, creativa y muy astuta. Prueba de ello era la manera en la que manejaba a Carlos a su antojo. Parecía ser víctima de algún tipo de lavado de cerebro de última generación. "Querida, a mi no me engañas, esta tela ha visto muchas como tú".

Desde que se conocieron se tomo ciertas atribuciones que no le correspondían, como meter mano a nuestra masculina decoración o colocar toallas rosas de lo más cursi en el baño. La única
buena idea que ha tenido esta mujer es la de dar un poco de glamour a este triste salón colocándome cerca de la ventana. donde la luz resalta todos mis encantos. Hasta una entendidilla en moda como ella, sabía apreciar el valor que yo tenía, tanto por calidad y antiguedad como por lo sentimental.
Carlos cuando se sentía triste o confundido, se pasaba largas horas delante de mí, pensando en voz alta. Me examinaba meticulosamente y en ocasiones se quedaba tan ensimismado que parecía que de verdad estaba viendo una aparición de su fallecido padre. Esta idea me daba un poco de repelús, pero sabía que él se sentía aliviado y era lo menos que podía hacer por él.
Reconozco que soy un traje de novio muy afortunado. He cumplido con creces mi meta, engalanar a un buen hombre enamorado el día de su enlace y además acabar mis días aquí, junto a mi amigo al que ví crecer hasta convertirse en el hombre que es.
¡Qué tiempos aquellos! ¡Cuantísima melancolía!, pensé para mis adentros mientras se me escapaba algún que otro suspiro.
Las semanas en el taller las recuerdo como las más emocionantes de mi vida. Estába muy excitado con cada arreglo, cada modificación que me hacían. Todos los que allí nos conocimos compartíamos la misma aspiración: estar deslumbrantes en nuestro Gran Día.
Me pregunto que será de todos mis camaradas... Colimbo, Gazante, Lodola, Siberia y Kant. Espero que no estén en algún oscuro lugar, apolillados y cubiertos de polvo. Este es uno de los riesgos de ser un atuendo para un día tan específico y puntual, el día que nos estrenan brillamos y somos el centro de atención de todas las miradas, pero esa felicidad dura poco, muy poco.
Pero bueno...¡basta de sentimentalismos absurdos!, ahora es momento de pensar en el futuro y en el nuevo gran día que se avecina.
No podía contener la felicidad que me invadía al pensar en recorrer por segunda vez aquel interminable pasillo. Ni siquiera el tiempo había conseguido saquear ni uno solo de mis recuerdos, ¿como olvidar tal cúmulo de sensaciones?
El olor de las flores recién cortadas, cada nota musical marcando el paso firme de la novia hacia el altar, el cuchicheo incansable de los invitados e incluso el tembleque del novio que a duras penas podía tenerse en pie. ¡Rememorar todo aquello me hacía sentir vivo!
Mi imaginación voló lejos durante unos instantes. Por muy apuesto que me viese tenía que ser franco conmigo mismo, los años habían pasado y seguramente me había quedado un poco desfasado. Nada que no pueda arreglarse con un arreglito por aquí y un añadido por allá, ¿no?
Carlos tenía una altura muy similar a la del Sr Rivera por lo que no habría problema alguno en adaptarme a él, al fin y al cabo, lo importante era la materia prima y de eso andaba sobrado.
Pasé toda la tarde haciéndome conjeturas sobre como sería mi nuevo aspecto después de la transformación. Seguro que me pondrían en manos de los mismos profesionales que me hicieron y eso me inspiraba mucha tranquilidad. Puede que me cambiaran el forro por uno de seda color crema con algún estampado...o quizás me sustituirían mis viejos botones por otros mucho más modernos.
El ruido de la cerradura me arrancó de mis fantasiosos pensamientos transportándome de nuevo a la realidad. Carlos se había quedado dormido en el sofá después de una jornada laboral interminable. La puerta se abrió sigilosamente y apareció ella.
¿Qué hacía aquí? Hoy no era fin de semana...desde luego lo de esta mujer ya no tenía nombre. No paraba de atosigar al muchacho y de hipnotizarle con... aquel aroma tan dulce que desprendía su cabello. Realmente hoy estaba preciosa, había que reconocerlo.
Los botones se me dispararon de los ojales al darme cuenta de que el insensato de él había olvidado guardar el anillo y lo tenía aprisionado en su puño derecho. Ella dejó su bolso en el perchero y se quedó inmóvil unos segundos observando como su novio dormía placidamente.
¡Muchacho espabila por lo que más quieras... tu novia está aquí y va a descubrir tu secreto antes de tiempo y eso da mala suerte!
Ana entró en la cocina y se puso a preparar la cena. Gracias al cielo la chiquilla no era demasiado mañosa y el ruido de los cacharros terminó por despertar a Carlos que escopetado ocultó la alhaja en el bolsillo de su pantalón. Demasiadas emociones en un solo día para este pobre traje.
Aquella noche cenaron y vieron un rato la televisión como un día cualquiera. Estaban acaramelados en el sofá, la verdad que la escena era demasiado empalagosa para mi gusto.
No soportaba tanta incertidumbre. ¿Cúando pensaba decir las palabras mágicas?, no podía creer que fuese a perderme semejante momentazo. Al rato se metieron en el dormitorio y apagaron la luz.
Los sucesivos días fueron un ir y venir de gente, reuniones familiares y fiestas con sus respectivos amigos.
Las visitas de los muchachos me resultaban muy entretenidas y me sentía uno más, aunque el pestazo a humo que dejaban en el salón se había impregnado por todo mi talle irremediablemente. Menos mal que pronto disfrutaría de una maravillosa limpieza en seco, que falta me hacía.
El jolgorío de ocho hombres achispados debatiendo sobre deporte, deportivos y antigüas hazañas de universitarios sacaría de sus casillas a la más paciente de las mujeres. Con gusto dejaría que me metieran mano con unas tijeras de podar oxidadas con tal de ver la cara de asco de Anita escuchando aquellas conversaciones. Se quedaría pálida la pobrecita.

martes, 20 de enero de 2009

EL LOCO DE LA COLONIA

Dos enormes ojos azules se colaron por las oxidadas rendijas que comunicaban su habitación con el trastero. Como cada mañana, Jose -El Loco- empleaba todas sus energías en asegurarse de que nadie trataba de intoxicarlo a través del aire que se filtraba por el conducto de ventilación. Después de cerciorarse de que todo estaba bajo control, selló cada uno de los espacios entre reja y reja con cinta adhesiva evitando así el paso de ninguna sustancia peligrosa. Retiró la mascarilla protectora de su boca e inhaló aire cautelosamente. No podía fiarse ni un pelo cuando se trataba de su seguridad personal. "Bien hecho muchacho, estos bastardos no saben con quien se la están jugando", una voz ronca y rota le elogió euforicamente por el trabajo realizado. Seguidamente, Jose pensó que su cabeza iba a explotar y se presionó con fuerza las sienes esperando a que aquel calvario cesase. Cuando abrió los ojos de nuevo, la voz se había desvanecido.


Solía levantarse temprano, cuando ni siquiera el sol se había atrevido a asomar la cabeza. Después de abrir los múltiples candados que custodiaban la habitación donde maquinaba todas sus fantasías, continuaba con su "peculiar" rutina matinal. Su aspecto era desaliñado, debido quizá a la gran masa de pelo rizado y espeso que cubría su cabeza y que nunca peinaba. Rondaría los cuarenta años, pero su oscura barba le sumaba algunos más.



En el armario del baño tenía toda una farmacia casera nutrida con docenas de botes de fármacos. En una estantería estaban apilados los envases abiertos, practicamente enteros. En la otra, los envases nuevos y sellados. Las amenazas que sufría constantemente le habían vuelto muy receloso. Estaba convencido de que querían acabar con su vida así que no tomaba nada que no estuviera perfectamente precintado.
Entre tanto envase de colores, había varios suplementos vitamínicos, que compensaban las carencias de su irregular alimentación en la que no incluía cárnicos ni ningún tipo de pescado. Cada mañana abría un nuevo bote, quitaba el precinto y tomaba su dósis diaria.
En sus años de juventud, todo comenzó siendo una dieta vegetariana en protesta por el mal trato que sufrían algunos animales. Adquiría productos biológicos en tiendas especializadas pero al perder la chola por completo el tema se le fue de las manos. Hacía años que no se sometía a un chequeo médico, pero no hacía falta ser un aguililla para intuir por sus ojeras y su palidez enfermiza, que sufría una anemia de caballo.
El Loco a día de hoy, no prescindía de algunos alimentos por ir en contra de sus principios. El motivo principal era porque estaba convencido de que esos alimentos le devorarían por dentro el alma y las entrañas, como si de un buitre carroñero se tratase.



Ingirió un puñado de pastillas de diferentes colores y entró en la cocina, como todos los días, a por un vaso de zumo de tomate que el mismo exprimía. Cultivaba los tomates en un pequeño huerto oculto en su jardín y jamás usaba insecticidas. Lavaba cuidadosamente y varias veces cada pieza antes de meterla en la batidora, y si encontraba algún orificio o marca extraña en el fruto se deshacía inmediatamente de él. De esta manera estaba convencido de la verdadera procedencia de las hortalizas que ingería y de que no estaban envenenadas.

Al oir sus pasos, sus dos únicos amigos entraron en la habitación como alma que lleva el diablo, parecían dos sombras negras teletrasportándose desde el infierno. El Señor Smith y Jenny. Sus enormes ojos color mostaza no perdían detalle de cada uno de los movimientos que su dueño hacía, y se enredaban en sus piernas entorpeciendo su actividad. En una de estas los dos gatos casi provocaron la caida de El Loco, que en un intento desesperado por no pisarlos tropezó, derramando todo el jugo. Enloquecido y lleno de furia arremetió contra ellos con lo primero que tuvo a mano, la escoba. La pareja consiguió escabullirse entre los muebles en un intento por esquivar los mortales golpes que les asediaron incansablemente hasta la puerta del jadín. El lunático de Jose no quedó conforme del todo con la reprimenda. Y entre refunfuños, quejas y alguna que otra palabra fuera de tono, regresó a sus labores, que por esta mañana ya irían con retraso y eso le sacaba aún más de sus casillas. "Malditos gatos", espetó entre dientes. "Algún día de estos deberías quitártelos de en medio. Saldría un buen estofado.", le sugirió una voz de lo más tenebroso y que le susurraba desde muy adentro.


Continuó con sus descabellados balbuceos mientras recogía el liquido derramado sobre los azulejos que revestían el suelo. Se vistió con su camisa favorita de cuadros llena de rotos y sus tejanos desgastados por el uso. La tela de las rodillas estaba totalmente descolorida por la postura que adoptaba cuando realizaba sus experimentos en el jardín, que más bien parecía un laboratorio del CSI. Allí jugaba a destripar aparatos electrónicos, a urgar en el interior de las videoconsolas y a mezclar sustancias químicas en busca de dios sabe que fórmula. El día menos pensado, la calle entera estallaría en mil pedazos.


Una vez ataviado, cogió su carro de la compra y lo empujó hasta la puerta principal. Asomó la cabeza con cautela, su mirada suspicaz reflejaba desconfianza. Nunca se podía estar seguro de que no había nadie acechando.... Esta era su regla de oro.
Jose tenía claro que debía actuar con suma precaución si quería salvar su pescuezo, estaba en el punto de mira y cualquier paso en falso podría ser garrafal. De repente, unas repentinas indicaciones en actitud muy misteriosa le hicieron meter un brinco. " Soy yo muchacho, no te acobardes. Derecha....izquierda... no hay moros en la costa. Vamos a por ese par de cosillas que necesitamos para aquel juguetito que te comenté".

domingo, 18 de enero de 2009

ALGUIEN YA VISTE DE TRAJE

( PARTE I)


Aunque tenía la sospecha planeando sobre mi cabeza desde hacía tiempo, no pude dejar de sorprenderme cuando abrí la puerta del jardín y ví quien aguardaba detrás de los muros de mi casa. No hacía falta tener muchas luces para saber que al intermediario le incomodaba la situación tanto o más que a mí. Sus pequeñas manos acordes con su estatura temblaban y su mirada hacía verdaderos intentos por desviar la mía que le acechaba constantemente.

Sin apartar mis ojos de la bolsa que cargaba con cierta desgana, eché un vistazo más a mi alrededor con todo el disimulo que me fue posible. Él no estaba allí, quizá a pocos metros, puede que un par de calles. Le imaginé aparcado en algún recoveco de mi barrio y esperando con la cabeza metida debajo del ala a que todo esto acabase de una vez.



Después de asegurarme de que la bolsa contenía lo acordado, entré de nuevo en casa para coger sus cosas. En ese breve espacio de tiempo, me puse a pensar sobre todo lo que estaba aconteciendo. Por más que me estrujé la cabeza no conseguí encontrar parecido alguno entre aquel cobarde títere que aguardaba temeroso en su coche y el hombre que un día conocí.

El improvisado mensajero dibujaba al caminar círculos en el asfalto sin perder de vista la trayectoría de sus descompasados pies.
Hicimos el intercambio de paquetes sin mediar palabra alguna y acto seguido se fue alejando calle abajo con paso ligero hasta perderse entre los coches y los árboles. Todo había acabado y aunque tuve que hacer un gran esfuerzo por contener las lágrimas que rabiosas luchaban por salir, me sentí indudablemente aliviada.

No tenía ganas de entrar a casa y me senté sobre el frío marmol del suelo del portal. Mil recuerdos se pasaron por mi cabeza y tal como los iba rememorando los sumergía en el olvido, prohibiéndoles de alguna manera que volvieran a flote. Abrí la bolsa y saqué mi gabardina. Después de todo lo que había pasado estos meses atrás ya ni siquiera me parecía tan bonita. Estaba completamente arrugada. Quien la empaquetó lo debió hacer lleno de cólera y poseído por aquel sentimiento no pudo evitar emburruñarla para así calmar su desazón. Cada frunce, cada pliegue en el tejido, era un surco cada vez más profundo en su seco corazón.

Observé la chuchurría tela y en aquel instante decidí que pasaría a engrosar la larga lista de vestimentas que almacenan polvo en mi armario, aquellas que sabes que jamás te pondrás pero no te atreves a deshacerte de ellas. Sin embargo, librarme de su traje fue quitarme un enorme peso de encima. Si aquellos dos trapos hablasen, nos sorprenderíamos con la cantidad de recuerdos que albergan en cada una de sus costuras, con los olores impregnados para siempre en en sus forros y con los sentimientos que quedan atrapados en sus bolsillos...Tengo que agradecer que los trajes y las gabardinas no sean buenos conversadores.


jueves, 15 de enero de 2009

INDEPENDENCIA FINANCIERA, LINEA DIRECTA A LA LIBERTAD

Los tiempos han cambiado. Ahora los pasillos de las Universidades están repletos de mujeres hambrientas de conocimiento y con grandes espectativas laborales. Aunque hemos avanzado mucho en el tortuoso y sacrificado camino hacia la libertad de la mujer, no es suficiente con tener un título o recibir los mismos salarios. Yo voy a un cambio más profundo. Un cambio interno.

Lo que realmente nos hace libres no es el no estar supeditadas a la voluntad de un hombre; tampoco lo es el poder decidir cuando ser madres solteras sin necesitar a un hombre ni para engendrar; No me hace sentirme más independiente ni si quiera el reparto de tareas en el hogar o que una mujer lidere un partido político. La independencia financiera es la clave de la autonomía de la mujer del siglo XXI.
No basta con estudiar o cultivarse leyendo ciento de libros...lo que nos da el poder de manejar nuestras vidas es nuestra cartera (si es de Fendi o Louis Vuitton mejor que mejor). Aún hoy hay muchas mujeres que haciendo uso de su ventajoso físico, buscan y seducen a hombres solventes con posición económica acomodada. A la gran mayoría de las mujeres nos gusta recibir detalles, que nos sorprendan con una cena en un bonito restaurante e incuso el poder puede llegar a ser muy sugerente.
El problema es el siguiente, el hombre enamorado es un ser pesado, insistente, incordiante y que no para hasta conseguir lo que desea. Cartas de amor, mil llamadas telefonicas, palabras envolventes, regalos...lo que sea para conseguir a la mujer de la que estan enamorados en ese momento.Mi madre siempre me dijo:"Delia, si un hombre no te llama, es que no le interesas; cuando una mujer les interesa, son realmente latosos" . Que razón tiene esta mujer! Cuanta sabiduría!
No soy una mujer feminista. No creo en la igualdad entre hombres y mujeres. Saltan a la vista nuestros múltiples diferencias, bien físicas o en la manera de sentir o enfrentar los problemas. Lo que está claro es que un hombre que maneja la pasta en una relación está una posición ventajosa respecto a una mujer que no ingresa dinero y no tiene autosuficiencia. Al principio, mientras dura el estado de enamoramiento y el periodo de conquista, el hombre se desvive y te colma de atenciones. En cuanto se les pasa ese estado psicótico y se convierten en seres fríos y extremedamente prácticos, capaces de cortar una relación de una manera radical y sin remordimieno alguno.Resetean sus recuerdos y no albergan siquiera rencor u odio, es simplemente indiferencia.

Mujeres españolas y del mundo entero, el conocimiento y la realización laboral son la clave de la libertad. Es la diferencia entre una ruptura traumática y otra menos. Es el abismo que hay entre aceptar un regalo o sentir que le debes algo. Una mujer independiente es tambien más atractiva al ojo masculino, porque verán en ella una compañera a la que admirar y no un adorno en el salón de casa.
Como me dijo hace poco una gran amiga, "hay mucha competencia". Una mujer completa es aquella que no necesita de la persona que ama nada más que a él mismo. No necesita que la protejan o cuiden como a una muñeca de porcelana, solo quiere que caminen con ella de la mano y no la suelten porque ella tampoco suelta y tirará del carro si es necesario.Una mujer que se ama así misma y se valora, posee más capacidad de amar a otros, y sus logros profesionales la harán aún mas bella, las marcas de expesión de su rostro le darán un aire interesante y no será esclava del paso del tiempo. Una mujer con vida profesional amplia sus horizontes y se relaciona con sus semejantes. Se realiza con sus metas cumplidas y enriquece sus relaciones personales al sentirse orgullosa de si misma.
Esto no está reñido con la caballerosidad de ninguna manera. Una pareja debe cuidarse mutuamente y como bien dije, no somos idénticos el hombre y la mujer. Pero si la separación llegara, las balanzas estarían equilibradas.Con esto no pretendo frivolizar en la idea de la pareja o del amor. El dinero no nos da la felicidad absoluta ( aunque ayuda). Pero la autorrealización personal si.