Habían pasado varios meses, pero pensar en aquel nombre aún me erizaba la piel. Mis pies avanzaban inconscientemente por aquel angosto pasillo como si presidieran devotos una marcha militar rumbo al infierno.
Sin embargo, mi cabeza se revelaba ante aquella sumisión repitiéndome una y otra vez que no continuara por ese camino de perdición que me enfrentaría a un pasado que me empeñaba en olvidar.
El ambiente estaba cargado, espeso. Comencé a sentir un hormigueo en la palma de las manos y entonces supe que me iba a desmayar.
Miré al frente en un intento por divisar el fin de aquel sendero enmoquetado, pero lo único que ví fue una hilera de cuadros derretidos por el calor. Sus figuras se fundían en muecas demoniacas que bisbiseaban a mis espaldas, incrustándose aquel runrún en mi nuca, como si sus estridentes voces surgieran del mismísimo averno para consumirme entre sus llamaradas.
Al torcer la esquina, la enfermera hizo un gesto al policía que me custodiaba, indicándole que él no podía continuar.
Quise escapar muy lejos de allí, pero los férreos tacones que sentía retumbar a mis espaldas disiparon cualquier descabellada idea de huir.
Aquella figura blanca e impoluta que me escoltaba jamás lo permitiría y seguramente como represalia, acabaría postrada en algún duro colchón y sedada como un animal, como una loca.
Supongo que un verdadero demente no admite al principio su enfermedad, por lo tanto entre aquellas cuatro paredes nada me diferenciaba de ellos. A ojos de cualquiera -incluso de los propios enfermos- yo era una más, y cuanto más me empeñase en defender lo contrario por más desquiciada me tomarían. " En efecto Doctor, la paciente dice estar perfectamente cuerda, un claro síntoma de su agravada perturbación ", parecía que pudiera escucharles conspirar.
Por fín llegamos a lo que parecía una sala de espera. Una suave brisa me devolvió el color a mis mejillas y aunque las ventanas estaban enrejadas, sentí una reconfortante sensación de libertad. Mi celadora me cogió bruscamente del brazo y me sentó en un desgastado sofá que parecía me fuese a engullir.
Estaba realmente incómoda sepultada en aquella tumba de cuero viejo. Me sentía cada vez más minúscula y ella cada vez me parecía más endiosada. Que fácil debía ser estar en su cómoda situación, donde nadie cuestione su salud mental, aunque pudiera estar más desquiciada que ninguno de los enfermos que estaban allí. Erguida como un palo con cara inexpresiva y actuando con esos ademanes bruscos, casi desdeñosos con los que atendía a todos los pacientes, como si de seres inferiores se tratasen.
Me preguntaba que pensaría de mí. Si sentiría curiosidad por saber qué me había llevado a aquella indeseable situación o si por el contrario le era totalmente indiferente.
Ofelia Ramirez, así se llamaba según su acreditación (y garantía de cordura ) que pendía oscilante de un cordón azul que rodeaba su grueso cuello. Su tosca piel parecía aún más pálida con aquella luz que descubría un rostro belludo y redondo, como un melocotón maduro cubierto de pelusa.
Ojeaba una revista desinteresadamente sin perderme de vista ni un solo segundo. Me sentí humillada ante tales precauciones de seguridad. ¿ Quién se pensaba que era yo, una terrorista o algo por el estilo ?
Sus rechonchas manos ásperas y de uñas carcomidas continuaban pasando páginas sin prestar ninguna atención a su contenido. Era mucho más atractivo observar cada uno de mis torpes movimientos en los que sin éxito intentaba evitar los prominentes muelles del sofá.
Me fijé en sus dedos desnudos, que humedecía con su picuda lengua para ayudarse a deslizar las hojas. Estaban llenos de callosidades lo que me llevó a pensar que no siempre fue celadora del Hospital Psiquiátrico.
Quizá en su juventud trabajara afanosamente en la granja de la familia y una noche tormentosa con el corazón deshecho, decidiese dejar todo para venir a la ciudad y empezar de nuevo.
Definitivamente Ofelia disfrutaba con aquella situación y no se molestaba en ocultarlo. Era solitaria y estaba amargada por los sinsabores. Eligió un trabajo así para descargar su frustración sobre otros aún más desafortunados que ella, a los que les imponía a fuerza de empujones, su aplastante autoridad dentro de aquel Hospital.
No era una mujer horrenda, su ajado aspecto más bien se debía a que hacía años que se había abandonado por completo. Tenía el pelo negro salpicado de alguna que otra cana y lo llevaba muy prieto con una antiestética ralla al medio y recogido en un moño, como si quisiera matar todo atisbo de femeninidad.
Los surcos de su frente parecían dunas arenosas, deshidratadas y hastiadas de tanto padecer. Para Ofelia ya no había una segunda oportunidad y ella era consciente. Su juventud había desparecido así como lo hizó aquel primer amor bajo la tempestad de un mar enfurecido. Su lozanía tampoco volverá. Su piel seguiría mustia mañana por la mañana y su estrecho talle ahora no era más que un bloque de carne agostada e infértil.
Cuando quisé darme cuenta de mi ensimismamiento, Ofelia estaba chistándome para atraer mi atención y agitaba nerviosa la revista enrollada como un catalejo. Parecía que estuvise espantado los zumbidos de una colmena de abejas rabiosas. Al verla delante de mi haciendo aspavientos, me sobresalté por completo y me dirigí a ella con un tono apocado, casi mudo.
- Discúlpeme, estaba pensando en mis cosas- dije quitándole hierro al asunto.
- Eres una impertinente Marita. Da gracias a que tu madre trabajaba aquí, que si no ibas a saber lo que es bueno...- me contestó amenazante mientras continuaba agitando la revista dando golpecitos sobre la palma de su mano a modo de advertencia.
- Precisamente porque mi madre es quien es, debería usted tratarme con un poco más de respeto, ¿ es necesario todo esto ? - le pregunté acrecentada mientras le mostraba mis manos.
Entonces echó a reír con una carcajada escandalosa, casi ordinaria y una vez consiguió levantar su pesado cuerpo de la silla se acercó a mi tanto que incluso pude percibir aquel apestoso olor a naftalina, a armario olvidado, a muerta en vida.
- Ni aunque tu querida madre fuera Ministra, te iban a librar de estas esposas mocosa. ¿ A caso no sabes porqué estás aquí? No pensarías que vas a salir tan fresca después de haber cometido un asesinato, ¿verdad? - continuó riendo, casi atragantándose con sus propias babas.
¿Asesinato? Ofelia parecía estar desvariando. Yo había acudido voluntariamente a la consulta de la Doctora para que me ayudara con mi reciente amnesia, provocada por un desafortundado accidente de tráfico en el que me golpeé la cabeza. Pero nadie había comentado nada sobre ningún muerto. Aunque aquel policía, las esposas y tantas precauciones a mi llegada, ¿ a caso sería cierto? Haz memoria Marita, por lo que más quieras...
- Te espera mucho, pero mucho tiempo entre rejas o entre las acolchadas paredes de este hospital, asi que vete preparándote- sugirió entre discretos susurros, asegurándose de que nadie pudiera escuchar aquellas amenazas. Su pestilente aliento continuó infectando mi piel unos minutos más.
Aún atónita, limpié de mi cara con el dorso de la mano todos los restos de sus salivazos. Ella volvió sobre sus demoledores pasos y se acomodó de nuevo en su silla, a la que se le escapó un quejido al sufrir su pesada envergadura.
Aquella mujer desconocía el significado de la profesionalidad. Me había sentenciado sin darme el benficio de la duda. Como si tuviera algún tipo de asunto personal contra mí.
En aquel momento fuí verdaderamente consciente de que estaba metida en un gran lío, mucho más de lo que me había imaginado. Sentí un miedo atroz ante lo que estaba por suceder.
Mi corazón latía apresuradamente y comencé a respirar con dificultad. La ropa me estorbaba, me asfixiaba. Estaba sufriendo un ataque de ansiedad, pero prefería morirme allí mismo antes que pedir ayuda a aquella serpiente que seguramente se deleitaría viéndome agonizar.
Comencé a visualizar a Ofelia cada vez más y más borrosa hasta que su voz quedó atrapada a miles de kilómetros de distancia, volviéndose inaudible.
Las palpitaciones aumentaban y comencé a sentir dolor en el brazo izquierdo.Me preguntaba una y otra vez como había llegado a aquella sala de espera. En que momento mi vida se complicó tantísimo como para verme envuelta en un asesinato. Pero por más que cavilaba no lograba remontarme al principio de todo. Lo único que me venía a la mente era ese nombre y una terrible jaqueca. Aquel maldito nombre.
Entonces me desmayé y caí desplomada al suelo como un peso muerto.
Cuando volví a la realidad me encontraba recostada en un diván. Mis manos ya no estaban apresadas y mi primera reacción fue llevármelas a la frente donde palpé un enorme chichón. Sentía que la cabeza me iba a reventar.
No era de extrañar aquel desfallecimiento, había sufrido mucho estrés debido al accidente, y el no recordar absolutamente nada de los últimos meses me tenía muy confundida y me impedía descansar.
Intenté aliviar el dolor de mis muñecas masajeándome las marcas que habían quedado sobre mi piel. Miré a mi alrededor y contemplé con asombro las paredes de aquel despacho, llenas de títulos enmarcados y cuadros escogidos con muy buen gusto. Había estanterías plagadas de cientos de libros, un Vademécum, manuales y obras de la literatura clásica.
Achiné los ojos para poder enfocar y leí: "Esperanza Arroyo Valverde, licenciada en medicina psiquiátrica por la Universidad de Salamana", conté más de veinte titulaciones, diplomas y especialidades en las que la Doctora debía ser una auténtica entendida a juzgar por aquel escaparate de conocimientos. Trastornos de personalidad, esquizofrenia, paranoia y psicosis. Aquellos tecnicismos que tantas veces había escuchado a mi madre ahora sonaban totalmente diferentes ya que podían ser parte de un diágnostico que arruinaría mi vida para siempre. Pero yo no estaba loca, todo había sido fruto de una terrible confusión.
Intenté sosegarme. En cierto modo me alegraba de estar en aquella habitación espaciosa de decoración mucho más agradable y fuera del alcance de los ojos inquisitivos de Ofelia, pero aún así aquella sensacion de ahogo no desaparecía.
Ni siquiera era consciente de que delito exactamente se me imputaba, e intenté autoengañarme pensando que quizá fueron especulaciones absurdas de aquella vieja bigotuda que pretendía asustarme.
Entonces me vino a la memoria aquella frase que me persiguió durante toda mi indócil adolescencia: " La mayoría de las veces que nos suceden cosas malas, nos las hemos buscado hija, has de ser prudente siempre". Retumbaron en mi interior aquellas juiciosas palabras que mi padre en vida me dijo tantas veces y que otras tantas yo obvié. Yo sola me había metido en aquel laberinto desde el mismo día en que él entró en mi vida. "Maldigo el día en que te conocí Adam Backer, te maldigo a ti", susurré entre dientes.
En quel momento me dí cuenta de que había estado acompañada todo el tiempo. La doctora apareció por detrás del diván y como si fuera una quinceañera pegó un brinco y se sentó encima de una maciza mesa de roble que debía ser antiquísima.
A mi madre le fascinaban las antiguedades y algo entendía gracias a ella. Aquello era una pieza única y valiosa, lo cual me sorprendió ya que el resto del centro era muchísimo menos ostentoso. La Doctora sin duda alguna tenía gustos caros y se los podía permitir sin ningún problema.
- Hola Marita, ¿ Cómo estás ? ¿ te están tratando bien ?- preguntó jovialmente, aunque a mi tal questión me pareció una tomadura de pelo.
- Hola Doctora, bueno pués creo que la amabilidad no es una de las mejores cualidades de la enfermera Ofelia...- mascullé con un gesto de desagrado que no me esforcé en disimular ante el cual ella me respondió bajando la mirada.
- Doctora, no entiendo muy bien porqué estoy aquí, estoy muy confusa- confesé avergonzada.
- Marita, precisamente por eso estás aquí, para aclarar tus ideas sobre todo lo acontencido en los últimos meses. Tu madre, que sabes que es amiga mía desde hace muchos años, está muy preocupada con todo es asunto. No te impacientes, pronto comprenderás el bien que te va a hacer esta terapia. Será lento, pero nos ayudará a esclarecer los hechos. Nosotras creemos en tu inocencia.
- ¿ Inocencia ? ¿ Ha visto estas marcas de esposas Doctora ? No hablan de inocencia precisamente...¡ Yo no he matado a nadie ! - grité mientras me desencorvaba y gesticulaba exageradamente. Me convertí por unos segundos en un calco de la vieja Ofelia cuando ahuyentaba a la rabiosa colmena. Pero aquello me trajo sin cuidado y continué vociferando, como si de esta manera mi voz fuera a salir despedida muchó más potente, cargada de razón. Ella ni siquiera se inmutó ante mi reacción.
- Permíteme que te dé un consejo: numeritos de estos son precisamente los que te han traído aquí con ese par de esposas. Deberías ser la chica inteligente de la que tu madre me ha hablado siempre, relajarte y mostrarte serena. Sé que no estás loca, pero recuerda no es solo serlo, sino parecerlo.
Empecemos por el principio Marita, ¿ quieres hablarme de ese tal Adam Backer del que tanto renegabas hace unos minutos? - me sugirió mientras acomodaba su abundante melena detrás de la oreja.
- Doctora, no me va a creer pero no recuerdo nada absolutamente de él. Mi memoria está en blanco. Solamente sé que ese hombre me arruinó la vida.
- Voy a ser franca contigo, de lo contrario nuestra terapia sería totalmente improductiva. Marita sufres un shock post-traumático. Tu mente no ha sido capaz de asimilar algo terrible que te ha sucedido y ha decidido borrarlo para evitarte sufrimientos. Pero el no canalizarlo a la larga podría ser mucho peor para ti.
Como sabrás, yo colaboro habitualmente con el Cuerpo de Policía Nacional, pero por supuesto el secreto de profesionalidad es mi prioridad. Yo vivo para mis pacientes. Como te he dicho anteriormente, creo en tu inocencia y es de vital importancia llegar al fondo de este asunto, ¿me comprendes?
Aquella mujer de piel de porcelana y labios escarlata me inspiraba cierta confianza. Era esbelta y alta. Años atrás perfetamente podría haber desfilado por una pasarela, pero seguramente prefirió inflarse a leer libros que le ayudaran a entender los entresijos de la mente de las personas. Debió ser una alumna modélica, aplicada y constante, justo lo que yo jamás había sido.
Llevaba una falda negra de tubo, una blusa de gasa blanca por dentro y se alzaba sobre unos zapatos de tacón cerrados negros que la estilizaban todavía más.
Al verla tan bonita y refinada no pude menos que deprimirme ante mi aspecto. Aunque ese era el menor de mis problemas en aquel momento, mi apariencia siempre me atormentó durante mi adolescencia.
Había bajado demasiado peso por los nervios y se me marcaban los pómulos. El buen color del verano había desaparecido, dando paso a un enfermizo tono grisáceo. Con la cara lavada, despojada de mis cremas y maquillajes, parecía una calavera envuelta en piel y con un par de ojos opacos. Esa no era la Diana que yo conocía, la auténtica se había quedado al otro lado de los muros del Hospital, aguardando mi salida. O quizás aquella muchacha andrajosa de pelo revuelto era yo realmente y había estada disfrazada todo este tiempo atrás.
La Doctora continuaba expectante aguardando una respuesta, un indicio que le hiciera saber que pensaba colaborar y teniendo en cuenta mi peliaguda situación era lo más inteligente que podía hacer. Aún sentía la presión de las esposas sobre mis muñecas resentidas y el yugo de la sospecha oprimiendo mi cabeza. No tenía alternativa posible.
- De acuerdo Doctora, ¿ Cuándo empezamos ?
capítulo 2
Aquella misma noche la pasé ingresada en el hospital. Lo que no sabía es que sería la primera de muchas otras en las que permanecería contra mi voluntad encerrada allí. ¿Que pensarían mis conocidos? ¿ Qué estaría ocurriendo al otro lado de esta fortaleza impenetrable ? No quería ni imaginar los chismes del barrio, las habladurías en la Universidad, entre mi círculo de amistades: "Vaya con la mosquita muerta, quien se lo iba a imaginar", chismorrearían. La gente disfruta con este tipo de noticias e incluso pueden ser mucho más crueles que las afiladas acusaciones de la enfermera Ofelia. Pero sin duda, quien más me preocupaba era mi pobre madre.
Me negué en rotundo a tomar sedantes antes de dormir pero practicamente me obligaron a ingerirlos, ya que eran órdenes directas de la doctora. Después de dos horas revolviéndome en la cama habría deseado tener un par más de aquellas pastillitas rojas que te dejaban sordo y tonto durate unas horas, aislada de los horrores que se producían de madrugada en aquel inhóspito lugar.
Para mi sorpresa,no hubo ni portazos, ni lamentos desgarradores. Lo único que rompía la calma reinante eran los ronquidos incesantes , los susurros de las enfermeras de guardia y muy de vez en cuando, algún forcejeo para reducir a algún enfermo que daba más guerra de la debida.
De noche y sin movimiento, el Hospital Psiquiátrico me parecía aún más aterrador de lo que me había imaginado. No entendía como mi madre había podido estar casi de 30 años allí sin perder el juicio. Esto me hizo pensar que quizá estar entre dementes era más agradable para ella que lidiar con otros asuntos caseros. Aquella reflexión se atragantó en mi garganta como un bocado de comida mal masticado que me costó bastantes minutos digerir. Jamás me había parado a pensar en que mi pobre madre hubiera sido tan infeliz.
Aunque el pasillo quedó en silencio a eso de las tres de la mañana yo continuaba escuchando tras el muro de mi imaginación los silentes alaridos de aquellas almas perdidas que vagaban sin rumbo y sin control sobre sí mismas. Sentí pavor. Por nada del mundo quería acabar como ellos, con sus caras de idiotas y sus sonrisas desinhibidas. Yo no estaba loca y la Doctora Arroyo Valverde iba a ayudarme a demostrarlo, o al menos eso quería pensar.
Cuando estaba a punto de conciliar el sueño el sonido estridente de un teléfono me sobresaltó. No comprendía como alguien podía llamar a un hospital a esas horas de la noche y menos aún como no había alguna enfermera de guardia que hiciera callar a ese maldito aparato que acabaría por despertar a todos los enfermos de la planta. Me desarropé y salí muy despacio de la cama, casi de puntillas.
El suelo estaba congelado y las uñas de mis pies se tornaron púrpuras. Me froté insistentemente los brazos con las manos para intentar entrar en calor pero no sirvió de nada. Aquel aguzado frío que atravesaba los huesos como si fueran mantequilla, no era cosa del cambio de estación.
Pronto me di cuenta de que aquel persistente sonido salía del interior de mi cuarto. Allí mismo habia un teléfono, justo al lado de mi cama. Me senté para evitar caer desplomada al suelo nuevamente y me dispuse temblorosa a atender la llamada. Descolgué el teléfono lentamente, lo acerqué a mi oido y escuché una entrecortada respiración al otro lado de la línea. Entonces sin saber muy bien porqué, pregunté: "¿ Adam, eres tú ?" . El vaho expulsado de mis entrañas dibujó un rostro sin nombre que desapareció al rozarlo con mis entumecidos dedos.
Cuando quise darme cuenta estaba chillando descontroladamente empapada en sudor mientras guerreaba contra cuatro hombres que intentaban esquivar mis patadas y reducirme con unas correas. Cerré los ojos y deseé despertar, pero aquello no era un sueño, era muy real. Ahora era yo la que alarmaba al resto de enfermos en mitad de la noche. "¡Sé quien eres Adam, te he descubierto. Por fin sé quien eres realmente!", bramé mientras continuaba retorciéndome como un pez agónico fuera del agua.
Podía imaginar claramente sus expresiones morbosas y sus ojos chispeantes comentando a mis espaldas al día siguiente en el comedor: "La que gritó es la nueva, sí, la asesina. Dicen que está como una auténtica regadera" . Pobres infelices, locos. ¡Yo no era como ellos! No había perdido la chaveta, simplemente había olvidado todo lo que sucedió. Pronto los efectos de la inyección surtieron efecto y después de aquella molesta presión vino un profundo y placentero sueño, donde ni Adam ni aquellas voces enloquecidas podían perturbarme.
De nuevo aquel aroma a naftalina. Se hacía insoportable,mezclado con la lejía y el olor pútrido de su piel. Un auténtico reclamo para la guadaña que solía husmear frecuentemente en los hospitales, olisqueando la debilidad, la desesperanza.
Un carraspeo matinal al otro lado de la puerta acabó por despertarme y sentí ganas de vomitar. No podía abrir los ojos y temí haberme quedado ciega. Parpadeé temerosa un par de veces y sentí un gran alivio ya que aunque la vista aún era borrosa, atiné a distinguir una corpulenta figura deambulando por mi habitación.
Escuché un zumbido sobrevolando cerca de mi oido derecho. Una vez más y otra. Una decena de moscas revoloteaban a mi al rededor como si yo fuera un sucuento trozo de tarta recién horneada. Intenté ahuyentarlas a manotazos pero fue inútil. Pronto me di cuenta de que no había ningún insecto en aquella habitación de hospital. Era la muerte que me rondaba desde anoche.
- Estás hecha un asco niña, ¿pero tu te has visto? Pareces una calavera y creéme, no te gustaría saber que hacemos aquí con las tiquismiquis que no se alimentan como es debido, me captas, ¿verdad? - dijo Ofelia mientras subía tanto la ceja derecha que pensé que acabaría saltando de su cara como un resorte. Yo simplemente callé, pues no tenía ánimo de discutir.
En algo tenía razón Ofelia, mi aspecto era deplorable. En pocas semanas había envejecido 10 años. Mi pelo estaba estropajoso -nada que ver con la cuidada melena castaña de la doctora- y mi piel apagada, tiznada por debajo de mis cansados y hundidos ojos, que parecían estar camuflados en la penumbra. Mi andrajoso atuendo tampoco era muy favorecedor, pero sabía que aquel aspecto enfermizo e inerme me haría pasar desapercibida ante los cientos de ojos que me examinaban minuciosamente escudriñando en mi cualquier indicio de culpabilidad.
Había muchos recuerdos que se habían desvanecido en mi memoria, pero estaba segura de que ni en mil vidas olvidaría mi primera mañana en el Hospital Psiquiátrico.
En un centro de salud mental, la rutina y el orden son la base para una posible recuperación del enfermo. Adaptarse a ello no era una tarea fácil y para más inri, al ser una enferma custodiada las medidas de seguridad se magnificaban hasta el punto de suponer una total pérdida de la intimidad y por supuesto, de mi libertad.
Aquella mañana Ofelia me levantó antes de las 9 de la mañana y ella misma fue la que me acompañó y entregó ropa limpia. Fue bochornoso tener que desnudarme delante de ella, despojándome de cada prenda de mi ropa como si me arrebatasen un trozo de mi ser y lo tiraran por el desague mezclado con el agua sucia. La luz del baño era muy ténue, como si se fuera a extinguir de un momento a otro. Pero a pesar de la falta de visión, aprecié perfectamente la suciedad acumulada de años entre los grisáceos azulejos de la pared. Aquella triste bombilla columpiándose en el techo me trajo recuerdos lejanos y confusos. "El viejo Franklyn se habría encargado de cambiarla en un periquete", pensé en voz alta.
- ¿ Franklyn ? ¿ Y eso es un nombre ? Deja de decir sandeces y espabila, tengo muchas cosas que hacer-me ordenó tan autoritariamente, que no me atreví a rechistar.
Obedecí y miré al techo intentando no pensar en lo humillante de toda aquella situación mientras restregaba mi cuerpo enérgicamente con una esponja enbadurnada en jabón.
Estuve durante más de cinco minutos frotando con furia mi escocida piel hasta el punto de sentir que se me iba a caer a tiras de tanta fricción. Intentaba arrancar de mí no solo la mugre de mi cuerpo, sino también cualquier posible señal de culpabilidad.
Permaneció de pie como un pasmarote durante todo mi aseo, examinando descaradamente cada parte de mi cuerpo joven y desnudo. Me sentí impotente e indefensa. Quise gritar y decirle lo mucho que la repudiaba. Sin embargo, ni una sola queja salió de mi boca ya que comprendí que Ofelia no era el tipo de enemiga que te gustaría tener dentro de un Hospital Psiquiátrico.
Después del aseo, vinieron las pruebas médicas. Me pesaron, midieron y tomaron la tensión. Como ya sabía, mi peso estaba por debajo del normal y aquello alarmó a la auxiliar, que rapidamente me extrajo dos tubos de sangre para analizar. Su profesionalidad le impidió decir nada, pero sus ojos me confesaron lo que pensaba: "Otra huesuda más, como se empeñan en destrozarse la vida las niñas de hoy en día...maldita televisión", pensó apenada.
Me quedé unos segundos observando su expresión de preocupación mientras miraba mi ficha médica. "Azucena Ruiz, auxiliar de enfermería " decía en una chapita con letras negras que comenzaban a borrarse y que pronto dejarían su nombre a la imaginación de quien las leyese. Era una buena mujer, y lo más parecido que iba a tener a una madre dentro de aquellas cuatro paredes.
Azucena rondaría los cuarenta y cinco años. Era divorciada y supuse que no tenía hijos, quizá porque la naturaleza quiso castigarla con un problema de espalda que le obligaba a caminar encorbada.
Debió pasarlo francamente mal en el instituto, cuando aquel grupo de chavales de cuarto la hostigaba con piedras y palos porque no podía enderezarse.
" ¡Malhecha, camina recta!, ¿ no nos has oido? Pasadle por la joroba una moneda, da buena suerte", se burlaban de ella sin que nadie hiciera nada para evitar los insultos y los tocamientos diarios a los que se vió sometida. Pobre Azucena, sus ojos hablaban de todo lo que había sufrido y callado tanto tiempo.
A pesar de su malformación andaba ligera y con gracia. Tenía buen tipo y una voz melodiosa, envolvente como el canto de una sirena. Quizá por esa razón su ex marido se enamoró de ella, por su hermosa voz que le gustaba escuchar antes de dormir y al despertar " Buenos días mi amor, ¿qué quieres de desayunar?", se levantaría pizpireta directa a la cocina y con una sonrisa dibujada en sus labios. Sin embargo, sus bien dotadas cuerdas vocales no fueron suficiente para retenerle entre sus brazos.
- ¿ Qué edad tienes hija ? - me preguntó mientras rellenaba algún tipo de formulario.
- Veintidós hice hace pocos meses- contesté con seriedad, como si estuvieran haciéndome una entrevista de trabajo.
- Aún eres una niña... pobrecita. Mi hija Marianela tiene tu misma edad. Más tarde os presentaré en el comedor- dijo con naturalidad mientras continuaba concentrada en su informe.
- Gracias - fue lo único que atiné a decir. Me dejó muy chocada escuchar de su boca, con tantísima franqueza, que tenía una hija y que además estaba ingresada en este mismo hospital. O quizá estaba sacando conclusiones erróneas y realmente no era paciente sino que era una empleada, como su madre. A pesar de mi curiosidad, preferí callar y no pecar de indiscreta. Al fin y al cabo, Azucena era la primera persona que de verdad me hacía sentir agusto y protegida en aquel lugar.
La misma Azucena me acompañó al comedor donde se encontraban el resto de los pacientes acomodados en varias mesas de grupos de cinco, haciendo un total de 25. Al atravesar la enorme puerta la actividad de la sala se paralizó y quedaron todos inmóviles, como si fueran los protagonistas inmortalizados de un cuadro de Velázquez. Me parecía ridícula aquella estampa. Un puñado de hombres y mujeres de todas las edades petrificados ante la llegada de la nueva, toda una expectación.
Me llamó la atención una anciana desdentada y arrugada como un higo chumbo. Tenía la boca abierta, llena de cereales reblandecidos flotando en leche que se escurría por las comisuras de sus agrietados labios. Al otro lado de la habitación, un hombre con cara de bobo seguía urgándose en el orificio de la nariz con mucho esmero, como si estuviera buscando un tesoro perdido en las profundidades de una cueva.
Se me empezaron a revolver las tripas solo de pensar en desayunar con aquellos seres salidos del circo de los horrores. No me sentía capaz de afrontar aquella prueba que me planteaba la vida, y di un paso para atrás. Noté en mi espalda la protectora mano de Azucena insuflándome los ánimos que tanto necesitaba y avancé hacia la única silla vacía que había, en la misma mesa que la vieja mellada.
Una vez me hube sentado, el tiempo volvió a avanzar en El Hospital Psiquiátrico. Reanudaron sus ocupaciones y me supuso un gran alivio pasar de ser el centro de atención de todas las miradas a ser practicamente invisible a sus ojos.
Creí conveniente no olvidar las buenas maneras, y teniendo en cuenta que podía estar sentada al lado de individuos peligrosos e impredecibles, opté por presentarme.
- Buenos días, me llamo Marita. Encantada de conoceros - dije timidamente y sin saber exactamente la razón, me sentí completamente estúpida al pronunciar esas palabras. La mayoría continuaron en su mundo sin ni siquiera levantar la cabeza del plato. La mujer mayor continuaba con la boca abierta, sin tragar los cereales que ya parecían papilla y una muchacha paliducha y desgarbada se quedó mirándome fijamente.
- Discúlpales...muchos de ellos no se enteran de nada. Me llamo Marianela, pero puedes llamarme Neli- sonrió la joven dejando entrever sus desgastados dientes. No tenía un aspecto muy saludable, pero no parecía estar loca. "Sé que no estás loca. Pero no es solo serlo, sino parecerlo", se me vinieron a la memoria las palabras de la doctora.
Vestía un camisón blanco de varias tallas más grandes que la que le correspondía, y sus ojos lloraban lágrimas secas. Parecía estar sumida en una tristeza muy profunda, de la que no podía despertar.
- Hola Neli, ¿ llevas mucho tiempo aquí metida ?- fue lo primero que se me ocurrió preguntar.
- Pues desde los 15 años y ahora cumpliré 23 en pocos meses. Me harán una bonita fiesta de cumpleaños con globos y todo si sigo a rajatabla el tratamiento- me contó sonriente mientras daba vueltas y vueltas al tazón de cereales sin probar bocado.
- Me alegro mucho por ti- mentí descaradamente, pues ambas sabíamos que no sería capaz de cumplir aquel trato. Sus traqueteos nerviosos con el desayuno, de un lado para otro, delataban que Neli tenía una enfermedad muy difícil de sanar. Entendí entonces la recriminante mirada de su madre cuando comprobó mi peso por debajo de lo normal. Azucena tenía que sufrir mucho viendo este armazón sin chichas que era su hija.
- Estos que ves aquí son Carlos, la viejita Chisquia y Carmencita, que hoy está triste y no quiere hablar, pero habitualmente es muy dicharachera, ¡no te vayas a creer!
Carmencita hizo una mueca que no se parecía mucho a una sonrisa, pero entendí que fue un gesto amistoso hacia su amiga que intentaba animarla. La joven iba en una silla de ruedas y le costaba coordinar los movimientos de sus brazos. Derramó la leche un par de veces debido a los tembleques de sus agarrotadas manos, pero los demás hicieron caso omiso de su justificada torpeza y ni siquiera las enfermeras acudieron a ayudarla. Pensé que quizás ella prefería valerse por sí misma y no sentirse dependiente de los demás, lo cual demostraba mucha fortaleza.
- ¡Abuela Chisquia, cierre la boca que le van a entrar moscas! - rió Neli mientras le hacía una carantoña a la anciana que terminó por cerrar la boca bruscamente desparramando la leche por toda la mesa.
El único hombre de la mesa reaccionó de manera extraña ante la frase de Neli, pués comenzó a rascarse desaforadamente el cuerpo. Se frotaba con tanto desespero que terminó por levantarse las costras de las manos y comenzó a sangrar. El corazón me dió un vuelco al observar que le faltaban los dedos de su mano derecha y que en su lugar tenía un muñón requemado que aún conservaba cierta movilidad.
Moscas...Recordé aquellos revoloteos de la habitación y me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo.
-¡No me toques sirvienta con tus mugrientas manos!¡Oshú como está el servicio!- voceó la abuela agitando las mano como si fuera una señorona abanicándose en un caluroso día de verano.
Neli, Carmencita y yo nos reimos al ver a la pobre mujer bañada en su propio desayuno. Carmencita contuvo su risa, como si se sintiese culpable por haber demostrado un poco de felicidad en su triste día.
Neli se levantó y limpió cuidadosamente a la abuela Chisquia que con muy malos humos le propinó un tortazo en la mano e intentó arañarla. Ella muy pacientemente, respondió con otra sonrisa.
- No sea cabezota abuela, es por su bien. ¡La viejita Julya también era de armas tomar...!- exclamé mientras ayudaba a Neli en su caritativa labor.
- ¿Julya era tu abuelita?
- ¿Quién?- pregunté extrañada.
-Julya. Acabas de nombrarla hace un segundo- dijo Neli mientras me miraba entre extrañada y divertida.
Ambas rompimos en una carcajada y dejamos el tema correr. No recordaba haber mencionado aquel nombre. Era cierto que la abuela Chisquia me transmitía una extraña sensación de familiaridad que no alcanzaba a comprender, como si me recordara a alguien que conocí en otra vida. Pero no lograba rescatar de mi memoria nada al respecto.
- Marita, no olvides que tienes a las 12.00 de la mañana cita con la Doctora Arroyo. Mientras tanto puedes ir con Marianela a que te enseñe la biblioteca, la sala de juegos o los jardines. Estoy segurísima de que te van a encantar- dijo Azucena para después darse le vuelta y desaparecer entre los enfermos.
Neli me apresó la mano con sus huesudos dedos y me guió como a un corderito hasta los jardines interiores del Hospital.
El contacto con su piel fría me incomodaba y mi primera reacción fue la de desprenderme de aquel amasijo de piel y huesos que se entretejía entre mis dedos como una enredadera. Pero el olor a lirios frescos que flotaba por los alrededores hizo que me olvidara de todo.
Marianela tiraba eufórica de mi dando brincos de alegría. Estaba emocionada por tener a una nueva amiga de su edad y se aferró a mi como quien se lanza sin pensárselo dos veces al último tren. No paraba de señalar con su índice lo árboles, la rosaleda y la fuente con 3 gaviotas en movimiento que gobernaba el centro del jardín. Todo le entusiasmaba y es que aquel rinconcito verde era el único pedazo de mundo real que tenían en El Hospital. "¡Mira Marita, Juan Salvador Gaviota nos saluda con su aleteo!, ¿Puedes verlo, verdad?". Era la microscópica maqueta de un bosque encantado. El comienzo de una pronta recuperación, del camino a la libertad: El Jardín de los Deseos Cumplidos.
Capitulo 3
Golpeé la puerta con los nudillos tres veces y esperé la señal. Seguidamente escuché su voz desde el interior de la consulta invitándome a pasar. Tomé aire y me adentré cerrando la puerta tras de mí.
La Doctora Esperanza estaba radiante. Su melena, como siempre perfectamente peinada y su tez impecabe, maquillada tan discretamente que parecía que no llevara nada artificial. Esta vez lucía un traje de chaqueta azul marino y una camisa blanca de cuello masculino hecha a medida y con sus iniciales bordadas en hilo celeste en uno de los puños.
- Buenos días Diana. Gracias por tu puntualidad. Siéntate porfavor- dijo señalándome el diván que ya conocía.
Estoy al tanto del incidente de esta noche. No quiero darle mayor importancia, es normal que la primera noche en este lugar te ponga los nervios de punta. Parece ser que tuviste una pesadilla que te alteró mucho, ¿ recuerdas algo?
- Absolutamente nada doctora- contesté a la par que negaba con la cabez
- "Sé quien eres Adam. Te he descubierto, por fin sé quien eres realmente". ¿ Te suenan de algo esas palabras Diana ?- me preguntó mientras caminaba de un lado para otro y con las manos detrás de la espalda. No contesté.
- Marita escúchame, sino me dejas no podré ayudarte. ¿Quién es para ti Adam Backer?- me insistió una vez más sin apartar su mirada de la mía.
- Ya se lo dije, no lo recuerdo. Alguien que me hizo mucho daño.
- ¿ Cómo puedes saber eso si ni siquiera recuerdas quien es ?- al preguntarme aquello tuve claro que la doctora no se creía del todo mi pérdida de memoria.
- Es sencillo doctora. Solo con escuchar ese condenado nombre siento que la vida se me escapa y que el aire no llega a mis pulmones de ninguna manera.
- Entiendo. Trabajaremos sobre esto. Si te digo Adam y lugar ¿qué te viene a la mente?
- Nueva York- contesté sin ser dueña de mis propias palabras.
- ¿Recuerdas haber estado en Nueva York alguna vez?
- Claro que sí. He estado varias veces doctora, he vivido allí. La última vez que visité la ciudad fue hace pocos meses. Viajé con una compañera de la Facultad, Patricia Carpintero, a la que a penas conocía en aquel momento pero que tenía tantas ganas de viajar como yo.
- Me parece muy interesante el tema de Nueva York Marita, es una ciudad increible. Creo que puede ser revelador en nuestra terapia y que puede ayudarte a recordar. Un trampolín a tus memorias que no se han desvanecido, están ocultas en algún lugar de esta cabecita- me dijo en tono animoso y me acarició el pelo. -Cuéntame todo. Comienza por el principio, sin prisas y con todo lujo de detalles. Hasta lo que pienses que es una tontería puede ser crucial. ¡Soy todo oidos!- exclamó mientras hacía ese gesto ya habitual en ella de apartarse el pelo por detrás de la oreja.
- Recuerdo que fue un viaje muy improvisado. Lo decidí de la noche a la mañana y poco me importaba viajar sola, pero en el último momento conocí a Patricia. Ambas teníamos, por motivos muy diferentes, necesidad de salir de Madrid.
Aterricé en tierras americanas, agotada y sin saber a ciencia cierta cual sería el techo que me salvaguardaría aquella noche. Viajar a la aventura Doctora, puede ser muy estresante, sobre todo cuando el tiempo juega en tu contra y la noche esta cayendo sobre Nueva York.
- Me imagino que tiene que ser aterradora esa ciudad de noche para dos muchachas de vuestra edad- sintió con la cabeza mientras se rozaba la barbilla pensativa.
- No se hace una idea Doctora, a pesar de su despilfarro en luces, Nueva York puede ser un lugar oscuro lleno de recovecos.
- Entiendo... ¿ Por qué esas prisas para viajar ? ¿ De quién huías Marita ?
- NO creo que estuviera huyendo Doctora, esta vez no. Más bien creo que intentaba encontrarme a mí misma- afirmé contundentemente.
- Prosigamos con el viaje, ¿ Qué ocurrió al aterrizar ? ¿ Cómo os desenvolvistéis para encontrar alojamiento allí ?
- Conseguimos contactar con nuestra futura e incierta Casera y aquello fue suficiente para dejarnos respirar. Unos amigos dominicanos de Patricia que frecuentaban su misma parroquia, fueron los intermediarios que nos pusieron en contacto con ella. Apunté cuidadosamente la dirección de la casa en el reverso de un panfleto publicitario y busqué -con la ayuda de un chico que trabajaba allí- la calle en uno de los mapas que adornaban las paredes del aeropuerto La Guardia.
Me quedé pasmada cuando aquel muchacho me informó sobre su localización. Estaba situada en el barrio de Brooklyn. ¡El mismo donde algunos taxis newyorkinos no quieren acceder ni por todo el oro del mundo! Nuestro destino en concreto había sido -dos años atrás- nido de toxicómanos, camellos y delincuentes. Pero actualmente-por ironías de la vida y por suerte para nosotras- estaba custodiado por patrullas de policía cada dos calles, resultando más seguro que el propio Manhattan.
Yo estaba algo escéptica a cerca de encontrar un medio de transporte que nos llevara a la dirección indicada por María -La Casera- pero sin duda alguna la cara de pánico de mi compañera de viaje, reflejaba una actitud mucho más pesimista que la mía. Estábamos tiradas sobre nuestras maletas mirándonos respectivamente y haciendo verdaderos esfuerzos para no perder los nervios. El viaje nos había dejado exhaustas y la situación era de todo menos alentadora. Francamente Doctora Arrollo, me ví durmiendo bajo el puente de Brooklyn, que por muy glamuroso que suene...¡no dejaba de ser un maldito puente!
- Prosigue Marita, porfavor- me pidió con entusiasmo no fingido.
- Levanté la mano varias veces con la esperanza de parar a algún intrépido taxista que quisiera llevarnos a esas horas de la noche al controvertido barrio, pero en cuanto oían de mi boca el destino salían despavoridos, algunos de ellos casi llevándome por delante.
Después de varios intentos fallidos encontramos a un hombre que conmovido por nuestra situación accedió a llevarnos a regañadientes. Nos metimos con todos nuestros bártulos en el taxi, le indiqué la dirección al conductor y nos pusimos rumbo a lo que sería nuestro hogar el próximo mes. Después de casi 45 minutos de trayecto el taxista aminoró la velocidad hasta parar enfrente de una gran casa de ladrillo rojizo de aparente sólida construcción, con verjas plateadas que la diferenciaban sutílmente del resto, tal y como nos había descrito María. Aún dentro del taxi divisé entre la negrura de aquel minúsculo jardín a una mujer de mediana edad y piel oscura. Llevaba una vieja bata de estar por casa llena de pelotillas y unos rulos de chillones colores perfectamente colocados en su grueso pelo.
-¿Quien era aquella mujer?- preguntó la Doctora.
- Supuse que se trataría de María. Se acercó a nosotras recibiéndonos con un cálido saludo, bastándome dos o tres palabras suyas para intuir que era dominicana. Conservaba -a pesar de la edad que debía tener- un cutis terso y lozano que cualquier mujer envidiaría. Abrió la puerta de entrada y emitiendo un sonoro grito -con un timbre de voz bastante molesto- reclamó la presencia de un hombre que corrió escopetado a la llamada de la dueña de la casa.
- Y ese hombre...¿ era su marido?- reguntó la doctora que estaba inmersa totalmente en mi relato.
- No, déjeme explicarle doctora. Aquel hombre era un inquilino más de la casa. Debía tener unos 60 años, bien aseado y piel color café. Tenía agujereadas las orejas y estaban adornadas por dos aros muy pequeños de oro que se balanceaban con cada uno de sus agitados movimientos. Su barba de dos o tres días y su oscuro pelo sin rastro de canas, le daban un aspecto desenfadado y juvenil y sus escuálidos brazos estaban adornados con tatuajes que habían perdido parte de su color por el paso del tiempo Aunque sus ojos pequeños y vivarachos brillaban intensamente, las arrugas y facciones de su rostro delataban una vida llena de sinsabores. Mientras escuchaba atento las indicaciones de María, me sonrió tiernamente dejando entrever una dentadura a la que le faltaban varias piezas, lo que encajaba perfectamente en el perfil de una vida deshecha por las drogas. Me conmovió desde el primer momento aquella manera de mirar tan propia de él. Su nombre...
¡Su nombre era Franklyn! ¡Ahora lo recuerdo! El bueno de Franklyn y sus bombillas fundidas...¡Es un auténtico manitas doctora!, tendría que conocerlo- reí satisfecha.
- Pero hija mia, ¿ qué hacías tú en semejante casa metida! Un barrio de drogadictos, viviendo con indigentes...No me cabe en la cabeza que tu madre permitiese que hicieras demejante viaje.- exclamó presa de la confusión. Yo me quedé reflexiva y en silencio, esperando algo que no sabía si iba a llegar. Respuestas.
- Fuí a buscar a Adam doctora- mascullé.
- ¿ Cómo dices Marita? No te he entendido. Habla más alto por favor- espetó con impaciencia.
- ¡Viajé a Nueva York en busca de Adam Backer!, ahora estoy segura de ello- dije exultante mientras me echaba las manos a la cabeza. No entendía como había podido olvidar algo así.
-Serenate Marita, por hoy es suficiente. Ve a pasear al jardín, mañana nos veremos a la misma hora- me sugirió sin dejar de tomar notas en su cuaderno y con cierto tono de preocupación. ¿ Qué diantres escribiría sobre mí ? ¿ A caso no se alegraba de mis progresos ?
Poco me importó aquel semblante tan serio que delató las arrugas de su ceño que hasta entonces habían permanecido ocultas tras esa apariencia de sobriedad. Salí del despacho de la Doctora Arroyo Valverde silbando, chascando los dedos al compás de la música y me dirigí hacia el comedor. Por el camino me encontré a la inocene Neli que llevaba un holgado vestido de florecitas lilas. Estaba esperándome impaciente a la vuelta de la esquina.
- Marita querida, ¿te gusta mi vestido? Tiene lirios pequeñitos, como los de nuestro Jardín de los Deseos Cumplidos. ¿ Estoy guapa ? - preguntó mientras dió varias vueltas sobre sí misma, sujetando el vestido con las puntas de los dedos para que luciera más.
- Pareces una auténtica princesa - dije con ánimo de complacerla pero sin prestarle la más mínima atención- Pero ahora es hora de ir al comedor, ¿de acuerdo?- la cogí de la mano y esta vez fui yo quien la arrastró por el pasillo hasta el comedor. Su delgadez, a pesar de que la disimulaba con ropas amplias, era extrema. Su esmirriado cuerpo parecía el de una niña de 12 años, pero su cara famélica acrecentaba sus arrugas de expresión y marcaba su enorme dentadura carcomida.
Por mucho que quiera ser disimularlo tras una inocente sonrisa, Neli se resistía a entrar en el comedor. La comida caliente humeando, los estridentes ruidos de los cubiertos rozándose con los dientes, la voracidad de algunos de sus compañeros y su falso reflejo en el espejo, eran su infierno particular.
- ¿Qué tal con la Doctora Arroyo? Es muy simpática, ¿verdad que sí?- sonrió- Me ha prometido una fiesta de cumpleaños increible si cumplo con el tratamiento, ¿te lo había dicho?
- Sí Neli. Es una noticia fantástica. Y sí, la doctora es muy agradable- le contesté mientras mi mente continuaba deambulando por las calles de Nueva York. El gesto de preocupación de la doctora, al final de nuestra segunda consulta, me tenía muy inquieta. Parecía que no se alegrase en absoluto de que comenzara a recordar y aquello era sospechoso y desconcertante. ¿ Me estaría volviendo paranoica?
Nos sentamos las últimas en la mesa y aquello pareció irritar a la abuela que no toleraba los malos modales de su "servicio". Chisquia sufría delirios de grandeza. Se creía una señora de la alta alcurnia de Sevilla. Solía hablar de sus hermosos caballos pura sangre, de sus majestuosos carruajes en los que se paseaba en la Feria de Abril y sus trajes de topos cubiertos de volantes y hechos a medida. Algunos eran conscientes de que aquello no era más que una gran mentira de una pobre anciana, pero nadie se atrevía a contradecirla, todo lo contrario. La escuchaban fervientemente e incluso la animaban a narrar sus historias una y otra vez: "Cuéntenos Doña su aventura con el Marqués de Santillana que cojeaba y como le rechazó por aquel apuesto hijo de los Duques de Montijo".
A veces la vitoreaban insitentemente hasta que importándole bien poco su artritis, se subía encima de una silla y taconeaba como si estuviera en un tablado flamenco. La veterana estaba tan llena de mala leche como de vitalidad.
Hoy Carmencita tenía mejor aspecto. Sufría altibajos debido al avance implacable de su enfermedad degenerativa que cada vez la devoraba con más ferocidad. Dos años atrás estaba preparando los preparativos de su boda con Joaquín, su novio. Y ahora estaba esclavizada en aquella silla de ruedas que le succionaba las ganas de vivir. Al enterarse de su enfermedad, rompió radicalmente su relación y puso tierra de por medio para que él no lograra encontrarla. No soportaba la idea de que viese sus piernas inertes y sus temblores constantes que cada día iban a peor. A pesar de el dinero invertido en medicina extranjera gracias a los pudientes medios de sus padres, el destino de Carmencita era tan claro como desolador. De ahí las cicatrices de sus muñecas que no se molestaba en ocultar.
La comida transcurrió tranquila, sin incidentes. Carlos continuaba sin ganas de interactuar con nosotras y sus heridas de los brazos comenzaban a cicatrizar.
- Disculpa mi falta de educación ayer Marita. No tenía un buen día...Pero hoy estoy muchísimo mejor de mis dolores. ¡Fíjate Neli!- exclamó a la vez que mostraba orgullosa a todos como sujetaba el vaso de agua sin derramarlo.
-¡ Bravo! - gritamos al unísolo Neli, Carmencita y yo.
-¡Shhhhhh! ¡Váyanse a festejar sus estupideces fuera de la mesa, Virgen Santísima!- nos recriminó la abuela por armar semejante algarabía. Aquello solo nos produjo aún más risa que fue difícil retener. No sé que habría sido de mí allí dentro, sin aquellos momentos fugaces de felicidad.
Mi segunda noche en El Hospital fue más tranquila. Tomé dócilmente mis pastillas y dormí del tirón hasta la hora de la ducha y el desayuno.
La mañana se hizo interminable. No veía el momento de continuar mi charla con la Doctora Arrollo después del triunfo del día anterior. Toqué la puerta y antes de escuchar respuesta alguna ya me había adentrado en su guarida.
- ¡Buenos días Doctora!- saludé y me acomodé en el diván con total confianza.
- Buenos días, te noto muy contenta, ¿a qué se debe tanto derroche de sonrisas?- cuestionó en tono curioso.
- Supongo que me he levantado con buen pie, será eso. Además hace un día precioso y el Jardín comienza a cubrirse de hojas crujientes y secas. Me encantá pasear y sentir sus divertidos chasquidos.- relaté mientras mi mirada se escapaba por la ventana, más allá de las murallas que estrangulaban al hospital.
- Es una sensación muy agradable, tienes razón. Central Park en otoño tiene que ser un espectáculo digno de ver. ¿Quieres continar contándome tu fascinante viaje? Me encantaría seguir escuchándote. Sino recuerdo mal, te quedaste en tu primera noche en la casa de María, La Casera.
-Háblame de Patricia, ¿cuando os conocistéis? Debías tener mucha confianza con ella para embarcarte en semejante peripecia- preguntó la Doctora.
- Patricia tiene 20 años. Fuimos juntas a clase el curso pasado, pero cuando me la presentaron meses atrás en la cafetería, mi sensación era la de no haberla visto en mi vida. Es muy alta, tiene una frondosa melena larga y de color negro, con un rizo pequeño bastante molesto que intenta domar a base de productos para el cabello en un intento de lucirlo liso. Sus enormes ojos oscuros y rasgados los suele perfilar con una línea negra que recorre su párpado de extremo a extremo y que no siempre atina a hacer con buen pulso. Tiene un rostro de lo más expresivo e inconscientemente moviliza de una manera pasmosa todos y cada uno de sus músculos faciales, haciendo imposible el disimular sus emociones en situaciones extremas. La discrección no es su fuerte y eso nos causó algún que otro importunio en el viaje.
- Tal como la describes tiene que ser una muchacha muy bonita. Cuéntame como fue tu primer día en la Casa de María.
- Desde muy temprano, me empezó a incordiar la luz que se hacía paso, sin impedimento alguno, a través del enorme cristal. En esos momentos hubiera matado por cambiarlo por una ventanita minúscula que diera al más oscuro de los patios de luces. Intenté cubrirme la cabeza con la manta -que desprendía un olor raro- pero fue en vano ya que la luz se filtraba por el tejido y las costuras.
Jamás hubiera predicho que viviría en aquellas condiciones tan austeras. Cuando pensaba que la situación no podía ir a peor una agitada conversación en el pasillo terminó por despertarme. Una de las voces, que comenzaba a exasperarse, me resultaba familiar. Era la de Franklyn quien dialogaba en medio del pasillo con una mujer, sobre sus respectivas tendencias políticas. El tema estaba candente debido a que las próximas elecciones a Presidente de los Estados Unidos serían en escasas semanas y habían creado grandes expectativas. La otra voz con la que interactuaba era la de Julya, la única fémina –por denominarla de alguna manera- de todos los arrendatarios. "Ahora sí te recuerdo viejita cascarrabias".
- Intuyo que era la otra inquilina de la casa, ¿me equivocó? ¿Cómo era esa tal Julya?- me cuestionó.
- En efecto Doctora. Julya, era la segunda de cinco inquilinos con los que compartimos techo. Ella había ahogado hace tiempo la delicadeza en alguno de los litros de cerveza que religiosamente consumía a diario. Sus 69 años – de los que hacía alarde muy a menudo- no la impedían mostrarse activa y dicharachera cual adolescente. Su pelo lucía engominado, de corte masculino y color rojizo, que conseguía a base de tintes que aplicaba con fervor cada 20 días. Sus atuendos –varoniles también- y su encorvada manera de menearse al andar –más parecida a la de un cowboy del oeste que a la de una anciana de casi 70 años- me hicieron sospechar a cerca de sus inclinaciones sexuales. Julia derrochaba vitalidad -al igual que la abuela Chiquia-. A pesar de las enfermedades que decía que padecía, conservaba energía suficiente como para tener atemorizados a todos los inquilinos de la casa y a medio barrio. Nadie olvidaba que décadas atrás ella fue quien manejo el cotarro de drogas y delicuencia en Broocklyn, y por ello era temida y respetada.
Pero tras aquella apariencia de mujer ruda y desprovista de sentimientos, se escondía una luchadora nata con un final trágico.
Aquella mañana llevaba una camiseta blanca de tirantes metida por debajo de unos vaqueros de cintura alta. Estaban amarrados con un grueso cinturón marrón, evitando así que se escurrieran de su esmirriado cuerpo, en uno de sus múltiples vaivenes.
La claridad de la camiseta dejaba intuir la ausencia de ropa interior, transparentándose casi por completo dos turgentes senos. Nadie hubiera adivinado que pertenecían a una mujer de dicha edad. Pensé que seguramente Julia –en su atolondrada juventud- fue pionera en operaciones de estética, tan frecuentes en la actualidad. Jamás conseguí saberlo con certeza, cosa que me enrabieta Doctora. Soy francamente curiosa.
- Marita, no dejas de sorprenderme con tus precisas descripciones sobre aquellos extravagantes personajes. ¿Como fue el momento en el que conociste a esa mujer tan peculiar?
-Como le decía, con aquel bullicio me era imposible dormir así que apreté los ojos fuertemente intentando evadirme pero fue inútil. Su elevado tono de voz malintencionado y sus risotadas me impedían permanecer ajena a su conversación que –dicho sea de paso- no alcanzaba a entender en su totalidad porque mezclaban inglés con castellano, resultando de aquella fusión, un lenguaje casi cifrado para oídos inexpertos.
Decidí levantarme, me lavé la cara y dejé durmiendo un rato más a Patricia que parecía no inmutarse con nada de lo que allí estaba sucediendo. Temerosa, abrí lentamente la puerta y asomé la cabeza para ver el percal. Alcé la vista y para mi sorpresa, el pasillo estaba completamente desierto. Lo que no me esperaba era toparme con dos ojos azules redondos y pequeños al agachar mi cabeza. Julya no paraba de observarme de arriba a abajo desde su metro cuarenta centímetros. Entonces me dedicó una mueca de asco y se dio la vuelta en dirección a su habitación. Opté por regresar a la cama mientras despotricaba para mis adentros sobre aquella condenada vieja.
- ¡Que mujer tan desagraciada Dios mío! A su edad y con el hígado destrozado a causa de su alcoholismo. ¡Una verdadera lástima! Pero muchas veces somos nosotros mismos los que nos buscamos las cosas malas. Rememoré a mi padre una vez más al escuchar aquellas palabras de la Doctora.
- Tiene toda la razón, eso mismo decía mi padre- le recordé con añoranza y cambio la expresión de mi cara tornándose triste.
- ¿Y el resto de inquilinos? ¿Eran tan particulares como Franklyn y Julya? -intentó desviar mi melancolía que no le paso desapercibida.
- Tenga paciencia doctora. Le sigo contando: Después de dos horas más de descanso, me levanté de la cama y busqué con la mirada a Patricia que ya no se hallaba en la habitación. Su lado de la cama aún estaba caliente. Afiné el oído y alcancé a distinguir su voz entre otras con las que charlaba animadamente en lo que parecía una presentación. Atravesé el pasillo hasta llegar al recibidor, donde se encontraba mi amiga acompañada de Franklyn y otro hombre desconocido para mí. Recuerdo perfectamente aquella triste bombilla que colgaba en la pared amenazando con fundirse, emitiendo intermitentemente suaves zumbidos como si una desdichada abeja estuviera volviéndose loca en su interior. La luz iba y venía al igual que la vida de la sentenciada abeja, que se apagaba por momentos. Franklyn se percató de esto y mojando sus agrietados dedos en saliva para evitar la quemazón, se dispuso a enroscarla con fuerza para asegurarse de que hiciera contacto. El zumbido cesó. Quedó patente que es un hombre habilidoso y servicial, quizá demasiado y de eso se aprovechaba María.
- ¿En qué sentido? ¿Tenían una relación sentimental María y Franckyn?
- Nada más lejos. Jamás se habría fijado en un desdichado como él que no tenía ni donde caerse muerto. María se movía por el interés. No tenía ningún tipo de remordimiento al disponer de sus servicios a cualquier hora del día y de la noche, acudiendo a Franklyn mucho antes incluso que a su propio marido. Parecía un hombre de carácter impetuoso, pero en presencia de su dueña, solamente era un muñeco de goma desdentado y endeble al que le latía el corazón demasiado deprisa.
- ¿Y el otro hombre que les acompañaba? ¿Quién era?- me interrogó la Doctora.
-Se llamaba David y en cuanto me divisó por el pasillo, se tomó el atrevimiento de examinar descaradamente cada parte de mi cuerpo, de una manera tan soez que me provocó cierta repulsión. Cuando llegó a mi busto se detuvo unos instantes como si una fuerza magnética le impidiera avanzar en su pervertida exploración. Su manera de mirar era tan descarada que me sentí como si estuviera desprovista de mis ropas, crucé los brazos sobre mi regazo a modo de coraza y entonces volvió la vista a su primera víctima.
Rondaría los 40 años y como la mayoría de los dominicanos que conocí, era faldero y muy deslenguado. Estaba apoyado en el marco de la puerta de su habitación con la actitud de un gallito de corral que se contonea vanidoso marcando su territorio. Vestía un pantalón corto y una camiseta de algodón de una talla demasiado pequeña, que marcaba su prominente y blandurria barriga. Sus ojos verdes eran inquietantes y no me inspiraban ninguna confianza. Lucía una línea de pelo bien trazada y muy fina que bordeaba su boca y se extiendía hasta su barbilla, proporcionándole una apariencia un tanto hortera. Sus cejas, extremadamente depiladas, confirmaban su falta de buen gusto y sus ganas de parecer más joven de lo que realmente era.
- Imagino que te sentiste muy violenta con semejante actitud acosadora. ¿ Su hostigamiento se acrecentó durante tu estadía? ¿ Se propasó contigo o con tu compañera?- preguntó delicadamente.
- Sí le soy sincera, no recuerdo haber tenido mucho trato con él. Creo que intentábamos evitarle.
- ¿ Que ocurrió después ?
- Respiré hondo y me uní a la conversación en un intento por integrarme en mi nuevo entorno. El nuevo, no contento con mi saludo general extendió su brazo y me estrechó su mano llena de callosidades durante unos segundos sin dejar de examinarme minuciosamente. Retiré la mano en cuanto pude y disimuladamente me sequé en el pantalón el sudor que me había transferido. Me costó esconder tras una sonrisa mi gesto de repugnancia ante aquel ser tan desagradable. Dos muelas de oro asomaron por los lados de maloliente boca al dedicarme una mueca y un guiño.
David no tardo mucho en ofrecerse cordialmente a llevarnos donde necesitáramos ya que tenía un vehículo propio. Ni por un segundo se me pasó por la cabeza hacer uso de tal proposición. Entretenidos con el palique, permanecían ajenos a quien nos espiaba sigilosamente desde la puerta entreabierta de su habitación. Ese par de canicas pequeñas y azules conseguían ponerme realmente nerviosa, me era imposible mantener fija la mirada. De alguna manera forcé el fin de la conversación y con un guiño de complicidad indiqué a Patricia que se dirigiese a la habitación.
-Adam Backer debía significar mucho para ti como para enredarte en una peripecia así. Por su apellido intuyo que no era español. Quizás vivía en Nueva York, ¿no crees? Quiero mostrarte algo Marita- me confesó mientras abría una carpeta marrón que llevaba mi nombre y apellidos.
- ¿Te dice algo este hombre? Míralo bien- me preguntó mientras me mostraba una fotografía.
- ¡Dios mío! ¡Es él, es Adam Backer!- afirmé contundentemente y me llevé la mano al pecho pues comenzaba a sentir un profundo pinchazo que me impedía respirar- ¿De dónde demonios ha sacado es Doctora?- le recriminé.
- Tranquilízate Marita porfavor. Tú controlas a tu cuerpo, no al revés. Respira profundamente.
En el reverso hay una dedicatoria: "Los Ángeles y yo te estamos esperando. Te amo Marita", ¿te sugiere algo?- continuó preguntándome a la vez que me mostraba la perfecta caligrafía de quien había escrito aquella nota.
- No recuerdo nada, lo siento.
- ¿Por eso viajaste a Nueva York? ¿Para reunirte con él allí y arreglar vuestra supuesta relación? En la nota sin embargo menciona la ciudad de Los Ángeles. No tiene mucho sentido, la verdad.
-Nada lo tiene Doctora. Nada- y rompí a llorar desconsoladamente. Me odiaba a mí misma por no poder recordar.
Capítulo 5
Me pasé gran parte de la mañana vagando por los jardines, estrujando mi cerebro para reecontrarme con mis recuerdos. Ver aquel rostro me había puesto el cuerpo del revés y para mi asombro, ni el odio ni la venganza me invadieron al contemplarlo.
Aunque el otoño se hacía paso y la humedad imperaba en el ambiente, aquel dulzón perfume a lirios frescos permanecería durante todo el invierno, haciendo del Jardín de los Deseos el lugar perfecto para escribir y pensar. La espesa alfombra de hojas marchitas invitaba a pasear sobre ella y los estallidos a cada paso te evocaban juegos de una dulce niñez que había caido también en el olvido.
No debía ser la única con aquel pensamiento pués Carmencita también paseaba ensimismada, haciendo rodar su silla con esmero y soñando con aplastar con sus inmóviles pies aquellas ojas secas que se rompían a su paso. Ojas muertas y quebradizas como sus dos piernas pero no como su tierno corazón que aún latía fervientemente.
Carmencita debía tener pocos años más que yo. Su melena rubia serpeteaba sacudida por el viento que se afanaba en alborotarla una y otra vez. LLevaba sobre su regazo dos o tres libros, seguramente novelas de amor o manuales de medicina que le acompañaban en sus largas tardes en el Hospital.
Sus mejillas estaban sonrojadas por el frío y llevaba parte de su aniñado rostro escondido bajo el cuello de su jersey de lana gruesa.
Llené mis pulmones de aire y la llamé desde la otra punta del Jardín sucesivas veces hasta que averiguó de donde provenía mi voz. Ambas nos dirigimos eufóricas al encuentro de la otra. Deseé echar a correr pero no lo hice. Anduve despacio a la par que ella hasta encontrarnos en la fuente de las gaviotas que esa mañana no funcionaba pues no aleteaban como de costumbre.
- Buenos días Carmen. Que alegría verte por aquí, ya estaba aburrida de tanto hablar conmigo misma- sonreí intentando agradarla.
- Buenos días Marita para ti también. Hoy me sentía con ganas de respirar aire puro, aunque empieza a hacer frío hay que reconocer que se está de maravilla aquí. ¿No crees?
-Totalmente de acuerdo. No sé que sería de nosotras sin este trocito de cielo. ¿ Cómo estás de tus dolores hoy? Tienes un aspecto formidable. Ese jersey rosa te queda que ni pintado- exclamé en un nuevo intento por agradarla. No pretendía ser compasiva con ella, solo quería entablar una amistad pero quizá tanto cumplido le hacía sentir incómoda.
-Cuando quieras te lo presto. No te vendría mal un cambio de look. Esas ropas tristes y viejas no creo que te ayuden en tu recuperación, es importante sentirse bien con la apariencia de uno mismo, ¿no te parece Marita? Además tu eres una chica muy guapa, no te costará sacarte un poco de partido- me sonrió sinceramente.
Carmencita me acababa de dar una buena lección desde su silla de ruedas. A pesar de que le sacaba varias cabezas de altura, me sentí empequeñecida y vulnerable después de escuchar sus apreciaciones sobre mi descuidado aspecto.
Una enfermera se acercó a paso ligero hacia nosotras y le dijo algo bajito al oido.
- Dile que no estoy. Que no quiero hablar con él. No... mejor aún, dile que me morí, eso es. Que estoy bien muerta- gritó rabiosa a la enfermera quien con gesto apenado se alejó por donde había venido.
- ¿Que ocurre? ¿Quién es él? -pregunté sin ser consciente de la falta de discrección que cometía. La muchacha se derrumbó y rompió a llorar.
- ¡Ay Carmencita! No llores porfavor, no pretendía hacerte llorar.- Me agaché para consolarla a lo que ella respondió apretujándome contra su cuerpo.
- Es Joaquín... ¡No puedo olvidarle Marita! Pero no es justo condenarle a cuidar a una inválida que pronto no podrá ni sostener un vaso de agua, que no podrá darle hijos y con la que jamás podrá volver a hacer el amor... ¡ No puedo hacerle eso!- continuó llorando a lágrima viva sin soltarse de mis ropas arapientas que apretaba entre sus puños temblorosos.
Trancurrieron varios minutos hasta que Carmencita se sosegó. Cuando por fin se hubo despegado de aquel abrazo que parecía eterno, observé que de nuevo llevaba los ojos pintados con una trizteza tan profunda e hiriente, que me encogió el corazón.
No era su devastadora enfermedad sino la ausencia de Joaquín lo que le consumía vorazmente las ganas de vivir.
A las doce en punto me encontraba llamando a la puerta de la consulta de la Doctora. A pesar de que continuaba muy desconcertada, tenía que reconocer que había hecho avances en pocos días gracias a su terapia.
- Pasa Marita, ponte cómoda. ¿ Quieres un té ?- me ofreció cortesmente con su habitual sonrisa escarlata.
- Sí, se lo agradezco. Dos terrones, porfavor.
- ¿Has pensando en Adam?- me preguntó sin rodeos mientras ojeaba el interior de una carpeta.
- Pues no le voy a engañar Doctora...Sí, he pensado mucho en él. Sigo creyendo que ese hombre me hizo la vida imposible. Pero desde que ví su fotografía... algo en mi interior ha aflorado y soy incapaz de detestarle como antes.
- No te preocupes. Todo irá tomando forma en tu cabecita, ya verás. ¿ Por qué no sigues contandome tu viaje ? ¿ Que ocurrió en el segundo día en la casa de María la avara casera?- me incitó a proseguir con mi narración.
- El primer día anduvimos merodeando por la zona, fuimos al supermercado y caímos pronto rendidas en la cama.
A la mañana siguiente, unos cánticos en el pasillo me arrancaron bruscamente de mi profundo sueño . No me fue difícil reconocer a Julya, ya que era la única voz femenina de la casa.
A juzgar por sus devaneos y sus torpes pasos en el piso -que retumbaban por toda la casa- diría que estaba totalmente ebria y aún no eran las 9 de la mañana.
El ruido de una lata al abrirse corroboró mi teoría. Sus finos labios se juntaban y separaban a la vez que pasaba su áspera lengua en busca de todo resto de alcohól que hubiera en su boca. Después eructó como si de un hombre carente de modales se tratase y volvió a beber, esta vez empinando la lata para asegurarse de que ni una gota se desperdiciaba en su interior.
- Franklyn... ¿ dónde dejó la cazuela compadre? - preguntó a voz en grito mientras soltó una carcajada malévola y asfixiada, similar a la de un fumador compulsivo. No tenía ese mortífero vicio, aunque si consumía hierba muy de vez en cuando para paliar los dolores de su artrosis que ya devoraba los huesos de sus agarrotadas manos.
No recibió respuesta alguna pero eso no le impidió seguir con sus conversaciones sin sentido mientras apuraba su lata de cerveza y continuaba con otra. Aquella desdichada alcohólica tenía toda la intención de hacernos imposible nuestra estancia en aquella casa de locos y no pararía hasta echarnos.
Me levanté de la cama, enjuagué con ímpetu mi cara con la esperanza de que todo aquello fuera una pesadilla pero no sirvió de nada.
Corrí el pestillo de la puerta y la abrí con sigilo. Esta vez lo primero que hice fue mirar hacia abajo no fuera que la vieja silenciosa estuviera esperando para darme otro susto de muerte. En esta ocasión el pasillo sí estaba realmente vacio. Anduve confiada hasta llegar a la cocina casi de puntillas para no llamar la atención. Me extrañó no encontrar la compra que hicimos el día anterior tal y como la habíamos colocado, pero decidí no darle mayor importancia.
Mis pies descalzos se estaban quedando totalmente congelados y el frío trepaba descarado por todo mi cuerpo.
Me senté en la mesa del comedor y me serví unos cereales con leche fría en una taza que había pululando por la cocina. Comencé a ingerir el desayuno con mucho apetito hasta que una repentina tos me interrumpió, consiguiendo que la leche se me fuera por mal sitio. Entoces noté una fuerte palmada en mi espalda que me hizo escupir parte de los copos de trigo que aún estaban dando vueltas en mi boca.
- Está podrida señorita millonaria. ¡Bien podrida! - exclamó Julia mientras se dirigía a su habitación sin contener su estrepitosa risa. Cerró la puerta con todas sus fuerzas no sin antes mirarme como si me perdonase la vida. Sus risotadas continuaron unos minutos más detrás de los finos muros de su habitación.
No podía creerme lo que acababa de suceder. Realmente esta mujer estaba completamente chiflada. Comencé a plantearme sino había sido un grave error haber viajado tan lejos de casa y en aquellas condiciones tan limitadas. Pero el deseo de verle era más poderoso que todos los impedimentos que hubiese en el camino.
Había perdido por completo el hambre después de mi desagradable encontronazo con Julya. La situación me había puesto nerviosa y sentía la necesidad de inhalar mi medicación del asma. Regresé a la habitación y después de unos minutos tensos rebuscando en la maleta, aspiré profundamente los polvos y los retuve en el interior de mis pulmones. El alivio fue inmediato.
Cuando empezaba a relajarme escuché pasos en la escalera. Era Franklyn que cargaba una enorme bolsa de plástico gris. Me miró y me saludó con un simpático gesto que le devolví con una amplia sonrisa.
Quien diría que aquel desgarbado hombre de paso cansado pero mirada enérgica había sido un muchacho normal con aspiraciones propias de la juventud. Me preguntaba que clase de desgracia le habría obligado a abandonar su particular sueño americano, desterrándole a aquel insignificante cuarto empapado de soledad.
Franklyn bajó de nuevo a gran velocidad, saltando los escalones de dos en dos. Al llegar a la puerta tropezó -debido a las prisas- con el molesto chucho de la dueña , que emitió un alarido de dolor al recibir el pisotón.
Aproveché que había dejado la puerta abierta y husmeé en su intimidad llevada por las ganas de saber más sobre aquel solitario hombre. Me sorprendió el orden que reinaba en su pequeña habitación donde dormía y vivía practicamente. En un lado de la cama había una carcomida mesa de madera y encima de ella, un marco de plata sucia con una foto familiar. No llevaba las gafas puestas y solo alcanzaba a ver tres figuras borrosas y sin identidad.
La curiosidad pudo conmigo y me acerqué con cautela para apreciar mejor quienes eran aquellos bultos que fueron tomando forma. Me quedé estupefacta al observar la fotografía entre mis manos.
A pesar de que los años habían castigado mucho su rostro podía reconocer esos ojos negros llenos de vida. Al lado del jovencísimo Franklyn estaban una mujer de belleza despampanante, cabello negro azabache y rasgos latinos. Entre ambos un niño de unos tres años sonreía mellado y rebosante de felicidad mientras abrazaba un mugriento oso azul.
Estaba tan ensimismada con aquella imagen que no me percaté de la presencia que aguardaba a mis espaldas.
- ¿ Qué hase aquí niña ? - me interrogó Franklyn con tono recriminante - ¿ A caso no sabe que la curiosidad mató al gato? Aproximó su envejecida cara hasta quedarse a centímetros de la mía. Podía percibir su fuerte aliento a coñac sobre mi piel, pero no sentí miedo ninguno. Me arrebató el marco de las manos como si fuera el tesoro más preciado de su vida y lo colocó de nuevo en su altar de madera podrida. Abochornada me dispuse a salir de su cuarto, pero la culpabilidad era aún mayor que la verguenza de haber sido sorprendida.
- Lo siento muchísimo, bonita familia - fue la única estupidez que se me ocurrió en aquel embarazoso momento y por su reacción me dí cuenta de que no había sido un comentario acertado. Sin mediar palabra alguna me apartó con delicadeza y cerró con llave su cuarto. Nunca más volví a entrar allí.
Cuando regresé a la habitación Patricia ya no estaba durmiendo y en el baño se escuchaba el trajín mañanero típico de alguien recién levantado.
Con la intención de hacer tiempo me dispuse a vaciar mi maleta -o al menos en su mayor parte- para así evitar que algunos vestidos con telas delicadas se echaran a perder. Le tocó el turno a uno negro de seda muy elegante que aún llevaba colgando la etiqueta.
- ¡ El día de la Independencia ! ¡Claro que sí!- dí un brinco llevada por la emoción.
- ¿La Independencia de qué Marita?- cuestionó la Doctora que estaba totalmente perdida después de mi interrupción.
- Doctora, El día 4 de julio es el día de la Independencia en EEUU, como bien sabrá. Adam iba a venir a Nueva York desde los Ángeles para encontrarnos ese día. Compré ese vestido de seda negra pensando en la ocasión. Pero desgraciadamente, ese vestido continúa con la etiqueta en mi armario- dije totalmente decepcionada.
- No seas tremendista Marita. Quizá en el último momento decidiste cambiar el conjunto. Ya sabes como somos las mujeres. Que no lo estrenaras no significa nada- intentó animarme mientras me propinaba una palmadita cariñosa en la espalda.
-Puede que tenga razón- asentí sin ningún tipo de convencimiento. En el fondo de mi corazón sabía que Adam Backer no cumplió su promesa de aparecer el 4 de julio.
- Prosigue con tu narración y no desesperes. Confía en mi y verás como pronto tus recuerdos comienzan a encajar como piezas de un puzzle.
- Está bien Doctora.
Recuerdo que alguién llamó a la puerta y que Patricia al oirlo salió del baño. Era María, La Avara Casera, como usted acertadamente le llamó.
LLevaba unas mallas color fucsia tan ajustadas que se le marcababa cada curva de su voluminosa anatomía. La celulitis cubría sus muslos dejándose ver a través de la fina tela que contrastaba con el color de su oscura piel, haciendo imposible que pasara desapercibida con semejante indumentaria.
Esta vez llevaba el pelo suelto y parecía aún más joven que la primera vez que la ví a pesar de las arrugas que se marcaban en su entrecejo debido al gesto de enfado que traía.
- Buenos días María, ¿ Cómo está ? - le preguntó cortesmente Patricia.
- Buenos días serán para usted lindura. Yo no he pegado ojo grasias a su alboroto de anoche. - añadió acusante mientras sus enormes ojos negros nos sentenciaban sin darnos lugar a ningún tipo de justificación. Su recriminante dedo índice apuntó hacia nosotras y su enorme boca se abrió sin llegar a articular palabra debido a la intromisión de mi compañera.
- Disculpe María pero no sé de que demonios me está hablando... - saltó Patricia cuyo rostró se empezó a desencajar de su sitio.
- Ayer de madrugaba no paraban de dar golpes en el piso, dejar caer cosas y andar de un lado para otro de la habitasión... mi dormitorio está justamente ensima del suyo y como comprenderán, mi pobre Rogelio no pudo pegar ojo en toda la noche y trabaja dose horas al día condusiendo un camión. Estas casas tienen las paredes bien finas y se oye todito. Les ruego mamitas que tengan más cuidado o tendrán que largarse de aquí. Esta es una casa desente. - finalizó María sin darnos opción a contestar ya que se dió media vuelta y salió de la habitación indignada y musitando consigo misma.
Quedaba claro que nuestra estancia en aquella peculiar casa del barrio de Broocklyn no iba a ser sencilla ni agradable. Lo más acertado sería intentar pasar el menor tiempo allí e intentar esquivar en la medida de lo posible a sus desequilibrados habitantes.
- Por hoy es más que suficiente. Buen trabajo Marita- me felicitó mientras me acompañaba a la puerta.
- Espere Doctora...¿ Puedo llevarme la foto, porfavor? - supliqué con la mirada y pegué las palmas de las manos a modo de ruego.
- Podría ser beneficioso... Está bien, aquí tienes. Pero traéla mañana, ¿entendido?- advirtió la Doctora Valverde mientras me despachaba rapidamente. Parecía andar apurada e inquieta.
Me dí la vuelta triunfante con la fotografía entre las manos y me fui al comedor con mis demás compañeros.
Capítulo 6
El aeropuerto estaba a punto de reventar. Voces mecánicas difundiéndose por megafonía, el ruido de las desgastadas ruedas de los equipajes deslizándose por el suelo y un batallón de transeúntes uniformados de azul recorriendo el recinto de un lado para otro como si de un simulacro de emergencia se tratase.
Aguardé impaciente tras la cinta de seguridad que marcaba la trayectoria a seguir por los viajantes como si fueran un rebaño de carneros desorientados. Decenas de rostros exhaustos cruzaban la Puerta de Llegadas desordenadamente y aturullados. Cientos de pupilas rebuscaban entre la multitud a sus seres queridos y familiares. Pero solo un par de ojos impacientes, los míos, le rastreaban a él.
Los aturdidos corderos continuaban esparciéndose por todo el perímetro y me empecé a inquietar al no divisarle por ninguna parte. Miré el reloj. Pasados tan solo dos minutos volví a comprobar la hora. El tiempo parecía haberse estancado en algún socavón del camino para jugarme una mala pasada.
Entonces supe que él no iba a aparecer y se hizo el silencio. Ya no percibía los avisos por el altavoz, ni los joviales recibimientos. Ni siquiera podía oirme a mí misma porque prefería no pensar ni en alto ni en bajo. Era menos doloroso no pensar en nada. No sentir nada. Adam Backer me había defraudado una vez más.
Me levanté empapada en un charco de sudor y lágrimas. La angustia era tan profunda que esta vez no tuve tan claro que se tratara de un simple sueño. Era un recuerdo tan mordaz y desgarrador que había conseguido arañar las paredes de mi alma, hiriéndolas tan profundo que era imposible que cauterizaran jamás.
Aún llorosa me levante sigilosamente para no alertar a la enfermera de guardia. Tanteé con las manos las paredes para no trastabillar con la silla pues mis ojos estaban cubiertos por lágrimas que me impedían ver con claridad.
Cogí los pantalones del día anterior y extraje la fotografía del bolsillo trasero. Contemplé pensativa su rostro angelical. No podía comprender como aquel hombre de mirada añil y transparente podía haberme causado tantísimo detrimento. Le odié con toda mi alma y rompí a llorar en silencio, engullí todo mi desasosiego con avidez e intenté no atragantarme con tantísimo dolor.
"¿Quién demonios eres realmente Adam Backer? ¿Quién...?"
Entonces me aferré con todas mis fuerzas a aquella fotografía y a su escueta dedicatoria, pues era la única prueba tangible que me mantenía anclada al mundo de los cuerdos.
