capitulo 1
Pedro y Ana eran amigos desde siempre. Y digo desde siempre porque desde el primer día que sus manos se rozaron al coger aquella pelota cubierta de arena mojada, sintieron que se conocían de toda la vida.Pedro era un niño despierto, cabezota y un manojo de nervios. Siempre andaba sucio y descuidado y se pasaba horas y horas en el parque trazando con una rama seca en la tierra todos los planes de futuro y viajes que le aguardaban.
Soñaba con salir de allí y recorrer mundo, llegar alto muy alto, tanto como las cometas de colores con las que imaginaba surcar el cielo y a las que tanto envidiaba, podían ir donde quisieran sin que nada ni nadie las retuviese. Pedro también quería ser propulsado muy lejos de allí hasta perder de vista los tejados de las casas de su barrio que eran para él los barrotes de una cárcel y que le estrangulaban cada día con más energía.
Ana rondaría los 12 años. No era ni guapa ni fea, inteligente y algo insegura. En el colegio sacaba buenísimas calificaciones, el estudio le ayudaba a no pensar en otras cosas que ocurrían en su casa...los libros y su imaginación la transportaban muy lejos de allí, tan lejos y tan alto como las cometas de Pedro.
El día que se vieron por primera vez Pedro estaba solo en el parque del barrio. El viento de aquella mañana era el propicio para hacer bailar su cometa entre las nubes y aunque a lo lejos amenazaban lluvia a él no le importaba en absoluto, todo lo contrario, le gustaban las cosas difíciles. Ana, que pasaba por allí todos los días después del colegio, se quedó detrás de un árbol observando con detenimiento.
No era propio de ella esa actitud, pero el rostro regordete lleno de churretones de aquel niño le llamó poderosamente la atención. Parecía simpático aunque sin duda estaba enfadado y no sabía porqué.Pedro se esforzaba por hacer volar su cometa de colores pero era imposible dirigirla, el viento soplaba cada vez con más fuerza y la empujaba hacia los árboles. Su ceño fruncido denotaba su frustración que casi rozaba la rabia por no poder conseguir su objetivo, sabía que como se enganchara estaría todo perdido pero aún así prefería arriesgarse a tirar la toalla. Ana seguía sin comprender porqué era tan importante para él, solo era un juego...
Comenzaron a caer pequeñas gotas de agua que se fueron posando en su cara y arrastraron la suciedad empañando sus ojos, pero aquello no era suficiente para que desistiera, el nunca se rendía.Entonces un violento golpe de viento empujó la cometa y quedó enganchada con las ramas que la atraparon y enredaron para no dejarla escapar.
- Mierda, lo que me faltaba- exclamó Pedro mientras daba una patada a su pelota medio desinchada que fue a parar por el impulso muy cerca del árbol donde Ana se encontraba.
Ella sintió que su corazón le dió un vuelvo dentro del pecho. Que verguenza, no podía ser descubierta bajo ningún concepto, ¿ que iba a pensar de ella? Tragó saliba, cerró los ojos muy fuerte y se repetió una y otra vez porqué tuvo que quedarse allí con lo tarde que era.
Por suerte él paso totalmente de la pelota y siguió concentrado en lo que realmente le importaba, sacar su juguete de aquella trampa de madera no sin antes asegurarse de que no había nadie a su alrededor.Dió varios tirones a la cuerda sin éxito hasta que una de las sacudidas acabó por rasgar completamente la tela que calló hecha pedazos.
La paciencia no era uno de sus fuertes y aquello le costó un buen disgusto.Pedro observó con la boca un poco abierta como aquellos retales se balanceaban con el ciento hasta caer al suelo lleno de barro. Comenzó a despotricar y a llorar lleno de coraje mientras se restregaba los ojos y buscaba su pelota.
Entonces Ana que le vió venir a lo lejos se giró rapidamente pegándose a la corteza del árbol y contuvo la respiración. Cada vez sus pasos sobre el barrizal se sentían más cerca y entonces Ana sin saber porqué sintió la necesidad de salir de su escondite y entregarle la pelota. Pedro se quedó totalmente pasmado cuando vió a aquella niña -no muy agraciada y de pelo alborotado- salir de aquel árbol con su pelota en la mano.
Por primera vez en su corta vida no supo que decir y solo alargó su mano hacia ella sin a penas mirarla, pues solo pensar que ella hubiera podido oirle llorar le producía una desconocida y bochornosa sensación que no le gustaba nada.
- Me llamo Ana, ¿y tú?- dijo con timidez en voz muy bajita. Al no obtener contestación alguna, tan solo aquel par de ojos miel clavándose en su mirada, añadió: -No llores, es solo una cometa, podemos hacer otra, ¿no?- sonrió de oreja a oreja mostrando sus dientes llenos de alambres.
- Yo Pedro, me tengo que ir- añadió muy seco mientras cogía su pelota y se alejó de allí muy desconcertado. Por unos instantes aquella niña con ortodoncia y andares patosos había hecho que olvidase que había fracasado haciendo volar su cometa.
Aquella noche, aunque ninguno de los dos lo sabía, ambos se acostaron pensando en el otro. Ana ni si quiera ceno por el disgusto de haber sido descubierta detrás de aquel árbol y Pedro mató la rabia jugando a los dardos en su habitación, saber que alguien le había visto llorar le exasperaba pero lo peor de todo sin duda alguna, es que no veía el momento de volver a encontrarse con ella en aquel parque del barrio.
lunes, 31 de agosto de 2009
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